Un paseo por Santo Domingo: languidez tropical, risas y pasión por la vida

Recorremos de punta a punta la capital de República Dominicana

Dominique AUZIAS y Jean‐Paul LABOURDETTE/Petit Futé
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Foto: Holger Mette / ISTOCK

Extracto da la guía sobre este país caribeño de la prestigiosa colección Petit Futé, que la editorial Alhenamedia lanza la semana que viene. 

El aire caliente y húmedo te envuelve envolverá tan pronto como dejas el aeropuerto. Esta sensación persiste a lo largo de la avenida de Las Américas, la autopista que lleva del aeropuerto a Santo Domingo, mientras que el azul intenso del mar Caribe lo acompaña a su izquierda. No lo dudes, estás respirando el Caribe en tus pulmones. 

Lo siguiente que que le asalta a uno es el impacto del caos circulatorio. Camionetas, coches con parachoques que se balancean unidos por trozos de cuerda junto a lujosos vehículos todoterreno, minibuses desbordados de pasajeros cuyas puertas abiertas dejan salir la música a chorro, vehículos de dos ruedas que se cruzan en todas las direcciones como abejas borrachas...

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En un primer momento, uno puede sentirse aturdido ante la inmensidad de esta extensa metrópoli de unos tres millones de habitantes o desconcertado por esta intensa actividad que, en una cacofonía indescriptible, parece no querer detenerse nunca a pesar del sol abrasador y el calor húmedo de los trópicos. Salvo al anochecer, cuando el tráfico es menos denso, todo es ruido: el rugido de los motores, el sonido de las bocinas, los últimos estribillos de moda que se escapan de cada vehículo, de cada tienda, de cada casa.

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Todo contribuye a una sensación de frenesí: desde los cables entrelazados sobre las aceras hasta los grandes carteles de colores, desde los pequeños comercios callejeros hasta las multitudes apresuradas. Santo Domingo es una ciudad desbordante de vida, agotadora, donde te ofrecerán mil cosas: pequeños limpiabotas, vendedores ambulantes de fruta, periódicos, accesorios para automóviles y teléfonos, guías turísticos aficionados que le asaltan en cada cruce: «¡Diario! ¡Flores! ¡Maní! ¡Mangos!». Una ciudad exuberante donde la calle es un espectáculo de colores: colores del mestizaje, de los vestidos, de las casas bajas, de los coches, del cielo...

Detrás de este ajetreo, descubrirá rápidamente el encanto de la capital de República Dominicana, hecha de languidez tropical, risas y pasión por la vida. La capital dominicana ha sabido conjugar los infinitos encantos de un glorioso pasado colonial con los de la vida moderna en una de las mayores metrópolis del Caribe. Contrasta el lujo de los palacios de mármol con la indigencia de los barrios populares; los empresarios enfundados en su traje y corbata con los niños desaliñados que pasean por las calles; el frío seco de los edificios con aire acondicionado y el calor húmedo de la calle; la luz vibrante del día y con la negra oscuridad de la noche debido a un suministro eléctrico irregular.

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Una ciudad de emociones y sensaciones que asaltan permanentemente los sentidos. Santo Domingo es un torbellino de vida, olores tropicales, ritmos contagiosos e irresistibles... Se vive a ritmo del merengue. Este estilo musical es el rey y el símbolo de un pueblo cuya despreocupación y alegría de vivir parecen no estar afectadas por ninguna amargura. Los latinos están de acuerdo en que la vida nocturna de Santo Domingo es sublime. Así es como se exacerba el gusto por la fiesta. El merengue se baila por la noche, aunque durante el día, la música sigue sonando en oleadas indomables. Sin embargo, desde julio de 2006, cuando se aprobó la ley que prohíbe la venta de alcohol después de la medianoche entre semana y a partir de las dos de la mañana los fines de semana, la vida nocturna se ha tranquilizado. Algunos lugares permanecen abiertos: los casinos, las discotecas de los hoteles y los garitos ilegales... Estos pequeños bares son la resistencia. En ellos, redescubrirás la dulzura y el ritmo dominicanos en la clandestinidad.


Santo Domingo es un mosaico de etnias y culturas, extrae su vitalidad de sus raíces indígenas, españolas, africanas y francesas, todas ellas bañadas por la influencia norteamericana. Esta ciudad sensual y polifacética es un canto diario al placer, a la fiesta, a la vida. Es un escenario donde las miradas y las sonrisas son otras tantas invitaciones al encuentro. Los dominicanos son ruidosos, alegres, excesivos y, sobre todo, joviales. El 60 % de ellos son menores de 25 años, lo que probablemente explica su tremendo apetito por la vida y su capacidad de no tomarse nunca nada en serio. Aquí, nada es un problema, nunca hay una emergencia y no existe la ansiedad. Como dicen aquí: «¡Tómalo suave!» y «¡Tómalo con calma!». El trato respetuoso no se usa apenas en las conversaciones, y son comunes los piropos, esos apelativos dulces como «mi amor», «mi amorcito», «mi reina» o «mi cielo».

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La capital tiene una superficie total de 104 km2 a lo largo del mar Caribe y desborda sus barreras naturales (el río Ozama en el este, el río Haina en el oeste y el río Isabela en el norte). Se están planificando nuevas zonas urbanas para hacer de Santo Domingo la mayor ciudad del Caribe y una de las metrópolis más grandes de América.

Una ciudad ortogonal. Como en toda la arquitectura de las ciudades coloniales españolas, los barrios están atravesados por arterias principales que se cruzan en perpendicular. Un buen truco para orientarse es memorizar las calles principales donde los dominicanos ubican las direcciones. Así todo resulta más simple: las calles Churchill, Lincoln, Máximo Gómez y Duarte atraviesan la ciudad de norte a sur; el Malecón, las calles Independencia, Bolívar, México, 27 de febrero y Kennedy la cortan de este a oeste, y se indican en la esquina de las intersecciones.

Las distancias son largas en Santo Domingo. Para el más mínimo trayecto, es necesario tomar un taxi, viajar en transporte público o subirse al metro con aire acondicionado. Los atascos son el pan de cada día de los habitantes de la capital, que está saturada de todo tipo de vehículos y camiones que se paran en medio de la calle para hacer entregas.

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Los centros de interés de la capital, que están muy alejados, se agrupan en diferentes distritos. Las dos zonas más populares para los turistas son la ciudad colonial, a orillas del río y del mar, y la moderna zona residencial de Gazcue, donde se encuentra la mayoría de los hoteles, restaurantes y lugares para salir. La ciudad continúa expandiéndose hacia el norte, donde se están creando nuevas áreas residenciales muy lujosas según el modelo americano: enormes barrios cerrados y vigilados como Arroyo Hondo.

Zona colonial

La zona colonial ha sido sometida recientemente a un proceso de restauración y es el distrito turístico por excelencia. Sin embargo, no se limita solo a los turistas ni es un parque de atracciones histórico, sino que también tiene vida local. Los colmados de la zona colonial no cierran por la noche y los lugareños se dan cita en ellos, según sus hábitos, para tomar una cerveza, un ron o un café. Cada rincón tiene sus historias, que han sobrevivido al tiempo. Se comparte con el extranjero de paso una atmósfera de nostalgia del pasado en las conversaciones o en las sonrisas, para bien o para mal.

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En la plaza de Colón te cruzarás con taxis careros y guías que no siempre son oficiales, pero en La Cafetera de la calle El Conde seguirá encontrándose con intelectuales dominicanos que han venido a intercambiar ideas o simplemente a disfrutar del café de la casa. La zona colonial es un museo al aire libre y alberga buena parte de la oferta lúdica, incluyendo la gran mayoría de los hoteles y restaurantes, por lo que es la opción ideal para seguir los pasos de los primeros conquistadores. Llegados a la orilla y mirando el horizonte ondulado, uno puede imaginarse las primeras carabelas…


El Malecón y el suroeste

El suroeste de Santo Domingo es bastante rico. Incluye las sedes de algunas empresas, ministerios, las universidades más famosas, así como los principales hoteles y casinos. El Malecón, que corresponde en los mapas a la avenida George Washington, transcurre a lo largo del frente marítimo en dirección oeste.

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Por las noches, los grupos de niños, las risas, la música tradicional o las emisiones de béisbol marcan el ritmo de la vida, entre amigos, en pareja y en familia. Da gusto caminar, comer, jugar y disfrutar del fresco con el sonido de las olas como música de fondo. El parque Mirador del Sur también ofrece un poco de fresco y sombra. Los dominicanos adinerados han comprado apartamentos de lujo en sus cercanías. Destaca en esta zona la plaza de la Cultura y sus museos. El barrio también cuenta con algunos centros comerciales.

Zona norte

Santo Domingo es una ciudad en perpetua expansión. El único espacio que le queda para seguir creciendo se extiende al norte de la zona colonial. Se trata de distritos muy variados, a la vez comerciales, residenciales y de negocios. En la parte occidental, hasta la orilla del río Ozama, se extienden los barrios populares, pobres y desfavorecidos. A medida que uno se acerca al centro de la ciudad, se accede a las áreas comerciales, con restaurantes elegantes y grandes centros comerciales, todo ello intercalado con grandes edificios o zonas residenciales compuestas por casas unifamiliares.

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Más al norte se halla el Jardín Botánico, el pulmón verde de Santo Domingo. Se podrá relajar, descubrir las orquídeas endémicas de la isla o correr junto a los ejecutivos de la alta sociedad dominicana a primera hora de la mañana. Un poco más adelante está el Zoológico Nacional y, aún más al norte, los barrios residenciales más elegantes y caros como Arroyo Hondo, un pedazo del sueño americano dentro de las fronteras de la ciudad.

Al este del río Ozama

El resumen dominicano por excelencia: caótico, colorista, ruidoso, animado... Las calles están llenas de vida. El este concentra los barrios de las clases populares, pero no solo eso. Estos pintorescos barrios cuentan también con el acuario, la playa y el puerto deportivo. Tienen paseos, grandes bares de estilo americano donde se puede disfrutar del béisbol, pequeños colmados y empanadas deliciosas. También se encuentran aquí las discretas cabañas para los amantes infieles.

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Todo ello conforma el ambiente del distrito. La Caleta es el único lugar de la ciudad donde se puede nadar y se encuentra en esta zona. También se puede bucear entre galeones hundidos o buscar almendras de mar frescas entre las rocas afiladas y la arena polvorienta. Encontrará el Faro a Colón y su museo. Si prefiere mantenerse al aire libre, podrá descubrir los lagos subterráneos de Los Tres Ojos. Su fauna y las pinturas rupestres merecen una visita.