Santa Pau o la vida en el medievo... y entre volcanes

Un paseo por villa más pintoresca del Parque Natural de la Garrotxa

Noelia Ferreiro
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Foto: Eloi_Omella / ISTOCK
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Un imponente castillo, un delicioso entramado de piedra y unos alrededores de naturaleza privilegiada en lo que algunos han bautizado como la Suiza catalana. Así se presenta, a grandes rasgos, la pequeña villa de Santa Pau. Una joya medieval en pleno Parque Natural de la Garrotxa, que tiene la peculiaridad de vivir abrazada por decenas de volcanes.

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Nada menos que 48 colosos de fuego, apagados desde hace miles de años, salpican esta comarca asentada en los pliegues interiores de Girona y tapizada de frondosos bosques (la mayor densidad de Cataluña) por los que discurren ríos que se desploman en cascadas o que se detienen en pozas que, en verano, son ideales para refrescarse.

Conos impresionantes

En este territorio protegido por su valor paisajístico y recorrido por más de mil kilómetros de senderos señalizados, se esconde Santa Pau, una auténtica joya de piedra con la que se retrocede al Medievo y desde la que podemos descubrir los conos más espectaculares del parque.

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Hablamos del volcán Croscat, el último que erupcionó en la Península Ibérica hace la friolera de 13.000 años, y del volcán Santa Margarita, coronado por una ermita en el centro de su cráter. A ambos se puede ascender en maravillosas excursiones que alternan el manto verde de sus faldas o con un impresionante paisaje negro de coladas.

Laberinto de piedra

Más allá de su entorno, Santa Pau seduce también por su conjunto monumental. Apenas un puñado de calles laberínticas que conforman la Vila Vella, declarada de interés histórico artístico en 1971. Aquí destaca la Plaza Mayor, pequeña y porticada, con arcadas y ventanales cuya diversidad de estilos dan cuenta de la evolución que tuvo el gótico en la comarca.

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Esta plaza, antiguamente llamada Firal dels Bous puesto que en ella se celebraba el gran mercado, acoge hoy la Fira del Fesols (Feria de la Judía) el penúltimo domingo de enero. Es el día más importante del pueblo, que se vuelca en la preparación, de diferentes maneras, de su tesoro gastronómico por excelencia.

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Y es que los fesols de Santa Pau son un producto con unas características únicas, debidas a la conjunción del agua con la tierra telúrica, lo que les otorga un sabor especial. Unas alubias diminutas que en invierno se comen con butifarra y en verano en una suerte de ensalada con olivas, guacamole y bacalao.

Comer y dormir

Así, al menos las preparan en Cal Sastre, un encantador restaurante emplazado bajo los soportales de la plaza, en el que Jesús Pont ofrece una deliciosa cocina de kilómetro 0, con productos de su propia huerta y vinos de la tierra. Su canelón con butifarra, setas y bechamel de trufas fue merecedor de un premio en la World Travel Market de Londres.

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Cal Sastre es también un bonito hotel con apenas ocho habitaciones decoradas con muebles antiguos y obras de arte. Un negocio familiar en el que el nombre y los elementos decorativos (botones, hilos, máquinas de coser…) rinden homenaje a la profesión del abuelo.

Este alojamiento se erige en el refugio perfecto para desconectar unos días en Santa Pau, donde la tranquilidad es la seña de identidad. “Molta pau a Santa Pau” se dice frecuentemente para referirse a su calma.

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Castillos, bosques… y el mar

Días en los que habrá tiempo de conocer su imponente castillo, el gran emblema de la población, que data de los siglos XIII hasta el XVIII y está dominado por la torre del homenaje. O para contemplar el Ayuntamiento, cuyo edificio fue en sus orígenes una residencia particular modernista, la única en este estilo en la villa. O para entrar en la iglesia gótica de Santa María, con una única nave y un sobrio campanario.

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Pero, sobre todo, para descubrir la soberbia belleza de La Garrotxa. La sierra de Sant Julià, en el norte del valle, o la Sierra de Finestres, al sur. O la famosa Fageda d’en Jordà, que es un bosque de hayas excepcional por crecer en un terreno llano, a baja altitud y sobre una colada de lava.

No hay que abandonar Santa Pau sin asomarse a su mirador principal. Se llama el Portal del Mar y bajo el mismo culebrea el río Ser entre la inmensidad verde. En los días claros, incluso, se ve la Bahía de Roses con un Mediterráneo algo bravo marcando la línea del horizonte.