Ni santa, ni llana, ni tiene mar: un paseo por Santillana del Mar

La villa cántabra tiene otros atributos, aunque no los contenga su nombre

Jesús Torbado/Silvia Roba
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Foto: Iván Jesús Cruz Civieta / ISTOCK

“Al entrar en ella parece que se sale del mundo”. Quien así habla es Benito Pérez Galdós, uno de los grandes descubridores de esta villa medieval a la que, a pesar de lo que pueda sugerir su apellido, le es esquiva el mar. El Cantábrico “no se digna a mirarla”, escribía el autor canario, fascinado, como cualquier viajero recién llegado, por la especial impronta de un lugar arrinconado, “distante de las ordinarias rutas de la vida comercial y activa”. “El pueblo más hermoso de España”, apostillaría después Jean-Paul Sartre. Todo en Santillana del Mar es monumental: desde sus calles empedradas hasta sus palacios blasonados, recuperados por los indianos que, al volver de América allá por el último cuarto del siglo XIX, los adornaron con muebles de maderas nobles, bibliotecas y jardines con plantas traídas de los más recónditos rincones del planeta.

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Pero antes de que ellos regresaran a su hogar, Santillana del Mar ya existía. La villa fue surgiendo, poco a poco, en torno a la Colegiata de Santa Juliana, del siglo XII, el mejor exponente románico de toda Cantabria. El elemento de mayor interés lo constituye el claustro, cuyas galerías primitivas están formadas por arcos de medio punto soportados por columnas pareadas o cuádruples. En total, cuenta con 43 capiteles: los más antiguos son historiados, con la lucha entre el bien y el mal como tema recurrente.

La torre del Merino y la de Don Borja figuran entre las construcciones civiles más antiguas de una localidad que es imprescindible recorrer a pie para admirar, despacio, la belleza de sus edificios. Ahí están las casas del Águila y la Parra, la de Leonor de la Vega, el palacio de Velarde, con sus pináculos, el de Peredo-Barreda y el de la archiduquesa Margarita de Austria, que acoge el curioso Museo del Barquillero. Pero… ¡caigamos en la tentación! O mejor dicho, en las tentaciones de Santillana, que son dos: comprar algún objeto en sus talleres artesanos y probar la típica tableta (bizcocho) con un vaso de leche, recuerdo de aquellos tiempos en que pastores y vacas paseaban por las calles a sus anchas. Si estamos en pleno invierno, lo que se impone es un buen cocido montañés, con alubias en vez de garbanzos, para entrar en calor.

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Arte antes del arte

“Después de Altamira todo es decadencia”. Picasso dejó para la posteridad esta frase tras visitar las Cuevas de Altamira. Dos kilómetros separan a Santillana del Mar del más importante exponente del arte prehistórico en el mundo. Sus habitantes grabaron con un buril el perfil de los animales que veían y los decoraron con pigmentos rojos y negros. El museo que hay justo al lado alberga una réplica exacta de las cuevas.