San Pedro y Miquelón, las islas junto a Canadá donde se levantan piedras y se juega a la pelota vasca

Dos curiosas rarezas situadas en el antiguo archipiélago de Las Once Mil Vírgenes

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: AegeanBlue / ISTOCK

A unos miles de kilómetros de la Europa continental, un pequeño archipiélago situado frente a las costas canadienses de la isla de Terranova, en América del Norte, constituye uno de los últimos vestigios vivos de la influencia vasca en aquella parte del mundo. Las islas de San Pedro y Miquelón son los principales estandartes de una fracción de la historia que ha dejado huella en unas tierras que no han querido olvidar su pasado.

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Chapelas y crêpes, la esencia de una extraña realidad territorial

En origen nombrado como de Las Once Mil Vírgenes, este archipiélago del Atlántico Norte conocido oficialmente en la actualidad como San Pedro y Miquelón, es una colectividad territorial perteneciente a Francia. Una rareza, dentro de las divisiones administrativas de este país, que sólo comparte esta declaración en el mundo con otro conjunto de islas situadas en el océano Pacífico.

Antiguamente departamento de ultramar, representa el único pedazo de tierras francesas existente en Norteamérica hoy en día, aunque realmente disfruta de una independencia bastante amplia, con un gobierno propio.

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La limitada extensión del archipiélago se distribuye principalmente en las dos islas que le confieren el nombre, a pesar de que está formado igualmente por otros islotes de menor entidad. No obstante, sus más de 100 kilómetros de costa no son nada desdeñables y el territorio que encierran sirvió ampliamente para servir de asentamiento a las comunidades de europeos que llegaron siglos atrás para aprovechar los ricos bancos de pesca de las aguas circundantes.

La caza de ballenas que ejercían los balleneros vascos en los inicios motivó a la creación de los primeros asentamientos cuyas poblaciones provenían esencialmente del País Vasco francés.

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Además de la caza de ballenas, la pesca del bacalao ha significado la otra gran actividad económica durante siglos en el archipiélago, a pesar de las duras condiciones marítimas de la zona – junto con la vecina isla de Anticosti, San Pedro y Miquelón es tristemente conocido por el enorme número de naufragios que se han producido en sus aguas -. La larga influencia de los marineros procedentes del País Vasco ha hecho que su cultura impregne la realidad de esta porción de territorio frente a Canadá, tan alejada de los lugares de donde nace.

Fruto de ello es el festival vasco que se celebra en las islas todos los años durante el verano, con los tradicionales levantamientos de piedras, cortas de troncos y los juegos de pelota. Además, aunque la bandera oficial sea la francesa, existe otro modelo que ostenta la mayor popularidad, presentando entre sus emblemas la ikurriña, la bandera del País Vasco.

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Un ejemplo de la buena sintonía de San Pedro y Miquelón con este pasado vasco es su colaboración en la construcción de la réplica del mítico ballenero San Juan, una de las primeras embarcaciones del País Vasco que faenó en Terranova. Hundido en la costa de Canadá en 1565 y descubierto cuatro siglos después, esta embarcación histórica está siendo vuelta a la vida gracias a La Factoría Marítima Vasca en Pasaia (Guipúzcoa).

Unas islas que van más allá de su pasado

San Pedro y Miquelón, las dos islas pobladas, así como el resto de islotes, forman un conjunto donde la naturaleza se deja sentir notablemente. La riqueza ornitológica de Grand Colombier, frente a la isla de San Pedro, o los ejemplos del resto del territorio como las colonias de pingüinos y frailecillos, las focas, las ballenas, los delfines y otras especies, hacen de este archipiélago un lugar ideal para poder estar en contacto directo con la naturaleza.

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Los paisajes de la isla de Miquelón – formada por tres tierras emergidas unidas por cordones de arena -, con parajes como la laguna de Grand Barachois, nos regalan preciosas imágenes boreales y representan la cara más espectacular del archipiélago.

Mientras, la isla de San Pedro sorprende por el poblamiento formado por casas de madera multicolor, donde se aglutina la mayor parte de la población. Los museos y la gastronomía local se llevan los honores en esta pequeña superficie del sur del archipiélago y apuntan hacia el rico pasado vasco que atesora esta curiosa y peculiar parte del mundo pegada al territorio canadiense.