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San Marino, el país del tamaño de un bosque

Incrustado en un pliegue perdido del norte de Italia, este micro-Estado, el más antiguo del mundo, presume de conservar su independencia, soberanía y libertad desde hace más de diecisiete siglos. Una proeza que no empaña el encanto de su entramado medieval y las tres torres que lo coronan.

San Marino, el país del tamaño de un bosque

San Marino, el país del tamaño de un bosque / Cristina Candel

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Es cuatro veces menor que la ciudad de Toledo, ocho veces más minúsculo que el Principado de Andorra, cien veces más diminuto que la Selva Negra de Alemania. La República de San Marino, con sus 61 km2, es el tercer país más pequeño del mundo. Apenas un botón encajado en un pliegue del noreste de Italia y flanqueado por las regiones de Emilia-Romaña y Las Marcas. Su superficie, que adopta una forma triangular con el vértice apuntando al mar, aunque sin tocarlo, y la base hacia las montañas, viene a ocupar algo así como el centro urbano de muchas capitales de provincia o incluso la extensión de algún bosque.

Torre Montale.

Torre Montale. / Cristina Candel

“Un territorio reducido, sí, pero con una fuerte identidad, un lugar que se ha servido siempre de la diplomacia para mantener su independencia y soberanía.” Quien habla, justo en la entrada que recibe al viajero con el lema “Tierra de Libertad”, es Sara Forcellini, toda una enciclopedia sobre la historia de este micro-Estado al que califica como “el más antiguo del planeta”. En este mapa nuestro en el que las fronteras vienen moviéndose durante milenios para alumbrar nuevas naciones, San Marino se mantiene inalterada desde el 3 de septiembre del 301. “He aquí el origen de su existencia, no sin cierta carga de leyenda”, explica Sara. Cuentan que nació gracias a Marino, un cantero de la isla de Rab (territorio de la actual Croacia) quien, huyendo de la persecución religiosa, se instala en el Monte Titano junto a un grupo de cristianos y en torno a una iglesia. Una comunidad que acabaría convirtiéndose en una república separada del Imperio romano.

Francesca Zaganelli, diseñadora y modista en 2Aghi

Es italiana, nacida en Bolonia, pero establecida desde hace cinco años en San Marino, a donde llegó por amor. “Típica historia, nada original”, bromea desde su tienda taller, a la que bautizó con el apropiado nombre de Due Aghi (Dos Agujas). Y es que, después de lanzar una pequeña colección de ropa, esta joven decidió apostar por una moda más sostenible. Hoy no solo diseña, sino que también produce prendas elaboradas con los tejidos sobrantes de las grandes firmas, de tal manera que alumbra, en sus propias palabras, “prendas únicas e irrepetibles”. Para ella, este micro-Estado “es algo así como El show de Truman en lo que respecta a la autenticidad y la libertad humana”. Eso por no hablar, según añade, “de la calma del entorno, la hospitalidad de las gentes y la rica gastronomía”.

Francesca Zaganelli

Francesca Zaganelli / Cristina Candel

Desde entonces, la historia ha dado muchos bandazos, pero este enclave casi místico, anclado en su propia esencia, se ha conservado hasta hoy como un fósil de arqueología política. En palabras de Forcellini, “es el único país que sobrevive según el modelo de polis griegas, manteniendo la estructura de las llamadas ciudades-estado que surgieron en la Antigüedad”.

Zona baja de Borgo Maggiore, San Marino.

Zona baja de Borgo Maggiore, San Marino. / Cristina Candel

Pese a ser “un monte traidor porque desde el mar parece un gigante”, la modesta altura del Titano (750 m) fue la barrera perfecta para todas las invasiones, incluida la del progreso. Para ello estaba la verticalidad de La Rupe, una escarpada ladera rocosa de caliza por la que hoy pasa el sendero que lleva su nombre, el preferido de los caminantes, con bonitas vistas a las colinas de Montefeltro y el Adriático. Pero más que un sistema de defensa natural, este monte exhibe un aura de espiritualidad que acaso le viene de constituir el punto de partida del país.

Contrada del Pianello, en el centro de San Marino.

Contrada del Pianello, en el centro de San Marino. / Cristina Candel

“Hay una sensación rocosa en nuestra identidad, unos rasgos sólidos que tienen que ver con nuestra relación con el monte. Como si se tratara de un imán, los sanmarinenses decidieron vivir aquí pese a las dificultades y nunca contemplaron la opción de marcharse”, señala Sara, mientras tomamos el funicular que remonta el Titano y conecta el coqueto municipio de Borgo Maggiore con el casco histórico de la capital. Es entonces cuando ingresamos en un evocador escenario de intacto sabor medieval.

Piazzetta del Titano, San Marino.

Piazzetta del Titano, San Marino. / Cristina Candel

Un armónico paseo

San Marino no es Italia, pero se le parece mucho. En el idioma, la gastronomía, la moneda. En esa arquitectura impecable que permite retroceder en el tiempo y sentir en cada viejo muro el peso de la historia. En esa cultura afín que le confiere el hecho de vivir incrustado en el país de la bota. Pese a su distinta evolución en el tiempo y sus notables particularidades, esta semejanza asalta en un simple paseo por el centro, donde todo resulta armónico: los arcos y los soportales, las murallas y los monumentos que exhiben una tonalidad dorada bajo el sol de mediodía.

Yuma Terenzi, vicepresidente de la Asociación Treno Bianco Azzurro

Como apasionado del ferrocarril eléctrico que, hasta 1944, conectaba San Marino con Rímini, este simpático sanmarinense fundó junto a otros compañeros este organismo “que vela por la preservación de la memoria histórica, la recuperación del material rodante y la creación de un archivo de documentación (fotografías, vídeos, dibujos, publicaciones y hasta tesis universitarias) acerca de esta reliquia”, explica, muy orgulloso de su gesta. Con el apoyo de esta asociación se logró restaurar minuciosamente uno de los coches, que hoy realiza en ocasiones especiales un trayecto de apenas 800 metros, ideal para los nostálgicos. “El sueño es volver a ver funcionar, al menos en un tramo, a este tren que tanto nos identifica”, asegura.

Yuma Terenzi

Yuma Terenzi / Cristina Candel

Avanzar por las callejuelas empedradas es toparse de pronto con la iglesia de San Francisco, la más antigua del país, y más adelante con la Piazzetta del Titano, donde está el Museo del Estado y su valiosa colección de joyas de los siglos VI y VII, entre otras reliquias pictóricas. También con la Piazzetta Garibaldi, así llamada en honor al líder de la unificación italiana, quien agradeció el refugio que le brindó San Marino en 1849 cuando huía de las tropas austriacas.

Cassa di Risparmio della Repubblica di San Marino, San Marino.

Cassa di Risparmio della Repubblica di San Marino, San Marino. / Cristina Candel

Un hecho que este pequeño país recuerda como un hito de su soberanía y una garantía de la protección de los ideales republicanos. Después, en la imponente basílica de estilo neoclásico encontraremos una escultura de San Marino en el altar, por delante del propio Cristo, como una muestra de un fervor al fundador que reta a las imposiciones católicas. Este espíritu de independencia que se respira en cada rincón también llevó a la concesión de la ciudadanía honoraria a Abraham Lincoln, en 1861, como un gesto de admiración hacia sus principios.

Piazza della Libertà, San Marino.

Piazza della Libertà, San Marino. / Cristina Candel

En agradecimiento, el presidente estadounidense que luchó por la abolición de la esclavitud dejó para la posteridad esta frase memorable: “Aunque su dominio es pequeño, este Estado es, sin embargo, uno de los más honrados en toda la historia”. Tarde o temprano, en el paseo, nos topamos con la majestuosa Piazza della Libertà. Aquí la vista se pierde en un paisaje de verdes colinas que ejercen de antesala de los Apeninos, antes de dar con el Palazzo Pubblico, sede del Parlamento, un solemne edificio neogótico en cuyo interior se replican constantemente los símbolos de la libertad. Por si fuera poco, enfrente se yergue una estatua que representa idéntica temática. “Es la hermana mayor de la de Nueva York, puesto que fue construida 10 años antes”, bromea Sara. Levantado a finales del siglo XIX, este palazzo abierto al público es el lugar donde constatar que San Marino es un lugar ajeno al resto del mundo. En este país sin ejército, la presidencia la ocupan dos capitanes-regentes para evitar la concentración de poder. Y lo curioso es que a estos jefes de Estado el ciudadano les puede pedir cita, como quien la pide en la peluquería, para exponer sus quejas y sus necesidades.

Cristina Marcellini, naturópata especializada en aromaterapia

Su abuelo era un amante de las flores y con él aprendió a distinguir los aromas que emanan de cada una de las especies del campo. Pero, con el tiempo, dio un paso más: se cultivó para emplear el potencial de las fragancias como una especie de terapia. “Cada olor tiene un mensaje, de tal forma que el perfume actúa como un recuerdo: activa un estado emocional que nos lleva a una vivencia pasada”, explica. Con esta sabiduría, hoy elabora perfumes en su taller artesanal del centro histórico, empleando solo las flores ligadas al territorio: lavanda, menta, romero y una extraña variedad llamada Ephedra nebrodensis. “Comúnmente, miro la totalidad de la persona y trato de crear empatía para ayudar a elegir un perfume adaptado a su personalidad”, resume.

Cristina Marcellini

Cristina Marcellini / Cristina Candel

Las Torres de San Marino

La ciudad amurallada, con sus pequeñas plazoletas, sus miradores sobre los tejados y sus terrazas al sol, es en sí misma una delicia a la que dedicar tiempo. Pero la imagen icónica del micro-Estado la ocupan las tres torres que se posan sobre los tres picos del monte Titano como si, con su inexpugnable silueta, quisieran rasgar las nubes. Guaita, Cesta y Montale, construidas entre los siglos XI y XIII, despuntan en el perfil urbano con un aire de cuento infantil. En la superficie, nada puede ser más hermoso que el llamado Passo delle Streghe (Paseo de las Brujas), que se extiende entre la primera y la segunda: un sendero rocoso y arbolado, a menudo envuelto por la niebla, en el que el viento sopla como un misterioso silbido.

Interior del Palazzo Pubblico, sede del Ayuntamiento de San Marino.

Interior del Palazzo Pubblico, sede del Ayuntamiento de San Marino. / Cristina Candel

Hay también en San Marino una reliquia de la historia que pervive como un recuerdo nostálgico. Se trata del ferrocarril eléctrico Bianco Azzurro, inaugurado en 1932 como una obra de ingeniería única y que, tras ser devastado por los bombardeos de la 2.ª GM, cayó en un triste olvido pese a contener en la memoria el más bello gesto de los sanmarinenses: la voluntad de dar amparo a unos 100.000 refugiados de la contienda en las casas, en los espacios públicos y en los propios túneles del tren, donde aún quedan los números rojos que marcaban el espacio de las familias. Hoy, una asociación lucha por recuperar esta línea ferroviaria que conectaba con la ciudad de Rímini. “Hasta hemos restaurado uno de los vagones, que 80 años después, aún sigue funcionando”, nos cuenta su vicepresidente, Yuma Terenzi, cuya infancia transcurrió jugando en las vías abandonadas.

Vista de la Torre Guaita desde la segunda torre, San Marino.

Vista de la Torre Guaita desde la segunda torre, San Marino. / Cristina Candel

Más allá del retrovisor de su pasado, San Marino se proyecta hacia el futuro. Se aprecia en iniciativas como las de Francesca Zaganelli y Cristina Marcellini, que os mostramos en los destacados de este reportaje, o en figuras como la de Atiqa, que llegó de Marruecos y hoy es una experta en la elaboración de pasta artesanal (tagliatelle, raviolis, cappelletti…) en el restaurante Spingarda. Todas ellas suponen un soplo de modernidad en el país que aspira a conservar su soberanía (y su belleza y su honestidad) como lo viene haciendo durante más de 17 siglos.

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