San Juan de Puerto Rico, 7 lugares imprescindibles de su casco histórico

La capital de Puerto Rico alberga uno de los cascos coloniales mejor conservados de toda América, resguardado por viejas murallas en el tercio occidental de la pequeña isleta donde tuvo lugar su fundación a principios del siglo XVI. El estilo neoclásico que llegó a predominar en él atestigua el sostenido triunfo de la arquitectura española bajo los soles tropicales del Nuevo Mundo.

Jaime González de Castejón

Puerto Rico, la cuarta isla en tamaño de las Grandes Antillas, dibuja sobre las cartas marítimas un rectángulo casi perfecto, de unos doscientos kilómetros de largo por cincuenta de ancho. Forma parte del collar de islas alargadas que cierran el Mar Caribe, situada en el centro, entre las más occidentales -Cuba, Jamaica, Haití y República Dominicana- y las más orientales -Antigua y Barbuda, Dominica, Martinica, etcétera-. La Historia oficial atribuye su descubrimiento a Cristóbal Colón, durante su segundo viaje, en el año 1493. Los taínos que la habitaban por aquel entonces la llamaban Boriquén. A principios del siglo XVI, el castellano Juan Ponce de León colonizaba la isla y fundaba el poblado de Caparra, que fue al poco tiempo trasladado a una pequeña isla paralela a la costa norte, situada en la boca de una amplia bahía, sin duda el mejor puerto natural de cara al Atlántico. Rebautizada como San Juan en honor al Bautista y enseguida como San Juan de Puerto Rico, el nuevo nombre reflejaba, según algunos cronistas, la mucha riqueza de oro que se había hallado en la isla, aunque, según otros, se debió a lo bueno, cerrado y seguro contra las tormentas que era su puerto. Desde allí, las naves de Ponce de León zarparon en busca de nuevos territorios para colonizar en nombre de la Corona española, descubriendo el continente norteamericano a través de la península de La Florida, que inicialmente se consideró como otra más de las islas que poblaban el Mar Caribe.

El jardín tropical favorito de los norteamericanos

Hoy, San Juan de Puerto Rico es, junto con La Habana de Cuba, una de las ciudades latinoamericanas donde con más cariño se recuerda la herencia española. Su dilatado puerto, con un total de dieciséis muelles modernos, se ha convertido en una de las ensenadas de atraque para los cruceros más grandes del mundo, la mayoría procedentes de Miami y Nueva York. Cuando alguien habla del Viejo San Juan, no se está refiriendo a un santón que le resulta familiar, se trata de una traducción literal del inglés Old San Juan con que los norteamericanos designan al casco histórico. En los planos turísticos encontraremos una mezcla de vocablos en inglés y en español, las dos lenguas oficiales de la isla de Puerto Rico, Estado Libre Asociado a los Estados Unidos. Desde 1898 Puerto Rico pasó a convertirse en territorio estadounidense bajo el Tratado de París que culminó la Guerra Hispanoamericana por la que también España perdió Cuba. Las leyes del turismo han hecho de la isla el paraíso particular de los norteamericanos. Con una renta per cápita de las más altas de Latinoamérica, los puertorriqueños, que obtuvieron la ciudadanía norteamericana en 1917, aseguran que su isla tiene lo mejor de ambos mundos: el bolsillo yanqui y el corazón latino.

Los bastiones que protegieron al casco histórico

La muralla que protegía a la ciudad colonial que se estableció en el tercio occidental de la pequeña isleta le sirvió como protección ante el inevitable crecimiento urbano. Aunque la capital puertorriqueña creció hasta convertirse en una ciudad de un millón y medio de habitantes, la fisonomía arquitectónica del Viejo San Juan apenas ha variado desde finales del XIX, en gran parte debido a esa posición aislada y bien defendida, pero también gracias a las medidas de protección con que se empezó a cuidar y restaurar como una de las joyas históricas más preciadas de los Estados Unidos. Se mantiene muy limpia y tranquila, y sus edificios se han coloreado pulcramente con tintes que combinan un blanco luminoso con tonos pastel que a menudo se tornan intensos: albaricoque, rosa fresa y rosa pálido, lavanda, amarillo madreselva y amarillo yema, verde esmeralda, y azules de todos los tonos. Aun así, no debe esperarse del Viejo San Juan el sabor colonial de otros rincones más recoletos. San Juan de Puerto Rico no paró de remodelarse, se construyó a lo grande, y aquella sensación de amplitud domina todavía la perspectiva urbana. La Corona española invirtió grandes esfuerzos en el diseño de un imponente sistema defensivo. El Cuerpo de Ingenieros Militares de España trabajó concienzudamente desde principios del XVI hasta finales del XIX, levantando murallas, baluartes, fuertes y fortines, fosos, trincheras y zanjones, garitas, troneras, polvorines e innumerables baterías de cañones, escuelas de artillería, cuarteles para oficiales y sus familias, almacenes, cocinas, establos, aljibes para recoger el agua de lluvia, todo ello pensado para resistir cualquier ataque marítimo o terrestre. Los muros se construyeron más altos y más gruesos que nunca, a prueba de las más pesadas municiones. Gracias a ello y a su fabulosa posición estratégica, San Juan pasó a figurar como el puerto militar español más importante de las Américas, manteniéndose a lo largo de los siglos prácticamente inexpugnable. Incluso el pérfido Francis Drake hubo de darse por vencido en su intento de asalto de 1595. Aunque su complejo sistema defensivo abarcaba toda la isleta, la parte que circunda la ciudad colonial fue restaurada como Sitio Histórico Nacional y reconocida como Patrimonio Mundial por la Unesco en 1983. Incluye, además de buena parte de la muralla original, dos imponentes fuertes militares, más una tercera fortaleza de construcción anterior pero transmutada en palacio de gobierno. Un par de millones de turistas lo visitan cada año. Las características garitas cilíndricas de la muralla representan hoy el mayor símbolo de San Juan, e incluso de toda la isla, con sus inconfundibles siluetas destacando sobre encendidos atardeceres marítimos. Aunque no forman parte del Sitio, pueden descubrirse más restos históricos de fortines y muralla a lo largo del resto de la isla, que ha sido colonizada por modernos rascacielos y hoteles norteamericanos a pie de playa.

La herencia colonial

Y si en 1983 la Unesco incluyó el Sitio Histórico en su listado, tres décadas después, en el año 2013, el Viejo San Juan, la ciudad más antigua de los Estados Unidos y sus territorios, acaba de ser catalogado Monumento Histórico de los Estados Unidos (National Historic Landmarks) con el objeto de convertirlo en la principal referencia turística del Caribe y como un primer paso para que la totalidad del distrito colonial sea reconocido Patrimonio Mundial por la Unesco. Se han destacado las construcciones emprendidas entre 1519 y 1898, es decir, todas aquellas correspondientes a la colonia española, como la colección más grande de edificios, representativa de los cuatro siglos de cultura española arquitectónica política y religiosa. Nos encontramos ante una cuadrícula urbana de siete por siete calles en la que predomina la arquitectura neoclásica y decimonónica en torno al pequeño núcleo donde prevalece la esencia colonial, con casas que recuerdan el estilo tradicional del sur español, con sus balcones de madera o de hierro forjado, y sus patios interiores de frescor a los que se accede cruzando sólidos portones. La mayoría de las calles conservan el encanto de su adoquinado tradicional, y como el tráfico rodado se mantiene muy activo, algunas se han bordeado de pivotes o bordillos pintados de amarillo para impedir su estacionamiento.

El callejero del Viejo San Juan se adaptó a la morfología de la isla, subiendo y bajando las pendientes que lo acercan o alejan del mar, y reservando, entre el Fuerte del Morro y la almendra urbana, una amplia extensión de verdes praderas a salvo de toda construcción. Conservando aquel espacio libre,la vieja ciudad ha sabido compaginar el verdor de sus praderas con los intensos azules oceánicos y la serenidad de las aguas de la bahía; combinando la tranquilidad de los paseos que bordean la cara exterior de la muralla con el trasiego de sus calles y callejuelas y el trajín del malecón donde destaca el perfil de los inmensos buques que prolongan la urbe como rascacielos horizontales flotantes. Es toda esta mezcla de contrastes la que hace que el Viejo San Juan no parezca una ciudad colonial pequeña y manejable sino una metrópolis cosmopolita y muy viva, aunque pintada de vivos colores.

Pistas gastronómicas

La cocina tradicional puertorriqueña combina una variación de influencias criolla, con orígenes africanos y procedentes del legado de los primeros indígenas de la isla -los taínos-, más la huella española, aquí más marcada que en otras latitudes caribeñas. A todo ello hay que sumar las nuevas tendencias internacionales, con el resultado de una interesante cocina de fusión repleta de sabores sorprendentes. La mandioca, la yuca y la yautía, el maíz, la batata, el ajo y la cebolla, los gandules, el plátano verde y el coco figuran entre los ingredientes que suelen combinarse con los frijoles, el arroz, el pollo, la ternera, el cerdo y la gran variedad de productos del mar. Las suculentas frutas tropicales, un café delicioso y el ron autóctono de fama internacional completan el menú.

La arquitectura de Ponce

Fundada en 1692 en el centro de la costa meridional caribeña de la isla, Ponce se ha convertido en la segunda ciudad mayor de Puerto Rico. A pesar de su antigüedad, en Ponce triunfó la arquitectura del XIX y primer tercio del XX, por lo que visitarla constituye un delicioso repaso de todas las tendencias europeas que fueron implantadas en aquellos tiempos frente al Caribe. Son más de quinientos los edificios históricos que han sido meticulosamente restaurados, desde la catedral de Guadalupe de 1830 hasta el majestuoso palacete Serralles de 1930, fruto del éxito con que aquella familia se dedicó a la industria del ron. Entre medias se despliega un listado de elegantes mansiones neoclásicas y casas particulares, el ayuntamiento, el teatro y el casino decimonónicos, un artístico Parque de Bomberos, y dos mercados con mucho carácter.