Samaná, la última joya del Caribe

Kilómetros de playas de arena blanca, palmerales infi nitos, aguas transparentes, hoteles con encanto y gentes que le harán sentir en casa desde el primer momento. Bienvenidos a Samaná, la tierra más virgen de República Dominicana, el secreto mejor guardado de la isla. Una península creada para el placer de sentirse parte de la naturaleza más salvaje.

María Bayón

Los viajeros más inquietos descubrirán el turquesa inigualable de la bahía de Samaná antes de que el avión se deslice por la pista de su nuevo y fl amante aeropuerto. Es inconfundible, el agua parece haber encargado a algún excéntrico pintor que tiña sus costas, y éste, dispuesto a sorprender a propios y extraños, quiso diluir en el agua mil toneladas de azules imposibles. Ya en tierra, el aire se vuelve mucho más dulce, los olores de la isla atrapan la imaginación, el merengue calienta todos los sentidos y la suave amabilidad dominicana conseguirá deslizarle sin ningún esfuerzo hasta el lugar que usted elija para pasar unas vacaciones inolvidables. En Samaná todo resulta fácil.

La región más virgen de la República Dominicana ha conseguido crecer de espaldas al turismo de masas, manteniendo todavía intacta la riqueza de sus costumbres, defendiendo hasta la más simple de sus supersticiones y conservando sin ostentación la innata alegría de vivir que tienen los isleños.

Celebrar la vida parece constituir el principal lema de Samaná y pronto descubrirá mil razones para hacerlo. La furiosa belleza de la península embriaga desde el primer momento, y el sol, siempre presente, parece bendecirla cada día, desde sus salvajes costas de arena blanca, en las que es posible pasear tranquilamente hasta perderse, hasta sus vastos palmerales, donde el coco, principal riqueza de la isla, se convierte en el amo y señor del horizonte.

En un futuro no demasiado lejano, el nuevo aeropuerto de Samaná provocará la edifi cación de grandes complejos hoteleros, civilizará sus costas y, con un poco de suerte, no manchará de gris-globalización la orgía colorista que a fecha de hoy aún puede disfrutarse en Samaná. Sus habitantes, acostumbrados a conformarse con muy poco, esperan este futuro desembarco con impaciencia y temor, decididos a luchar por la natural belleza de su tierra.

La capital de esta península es Santa Bárbara de Samana, construida en el año 1756 por el brigadier español Francisco Rubio Peñaranda, por entonces gobernador de la isla. A comienzos del siglo XX un incendio borró todo rastro colonial y hoy es una ciudad moderna y coqueta que crece paralela a su bahía y al enorme puente -construcción del dictador Trujillo- que sigue la línea del horizonte y ofrece diversión ininterrumpida a niños y mayores. Más arriba, por encima de sus muchos restaurantes de comida criolla, puede observarse un anacronismo urbanístico, una pieza fuera de lugar. Es un templo blanco, traído de Inglaterra para albergar a la comunidad metodista. El nombre con el que los isleños han bautizado al intruso -La Churcha , del inglés " church "- les dará una idea del humor dominicano.

La mezcla es una constante en Samaná, como también lo es su particular reverencia por la historia. Todo el que ha pasado por allí ha dejado algo por contar, y todo el que se queda interpreta el cuento a su manera. Prueba de ello está en su rica gastronomía criolla, que es mezclada sin pudor con las más inesperadas variantes. Esto ocurre en Santa Bárbara con el único restaurante asiático-precolombino, que cualquiera en la península puede recordar.

El principal atractivo turístico de la ciudad de Santa Bárbara reside, sin embargo, en la costa o, para ser más exactos, en la visita que ésta recibe cada año durante los meses de diciembre a marzo: la de las ballenas jorobadas, un desfi le inaudito y sorprendente que atrapa a expertos y profanos desde hace años. En la bahía de Santa Bárbara zarpan los botes -de todos los tipos, desde los más modestos hasta embarcaciones de lujo- que transportan al maravillado viajero hasta este espectáculo natural.

La segunda ciudad en importancia de Samaná está ubicada al norte de la península. Las Terrenas es el enclave más moderno del lugar y cuenta con una extensa colonia de extranjeros, especialmente franceses. Se nota sobre todo en el comercio: aquí están las mejores tiendas y las pastelerías más sofi sticadas, pero también en la arquitectura del lugar, mucho más rica y cuidada. Las coloniales casitas de colores contrastan poderosamente con los más humildes hogares de los isleños.

En cualquiera de sus variantes, la música siempre está presente en la existencia de los dominicanos; tanto, que la última moda entre los jóvenes es improvisar discotecas en los lavaderos de coches -ellos utilizan la palabra inglesa, " car wash "-; allí bailan y beben hasta el amanecer, regalando pasos de merengue a todo el que quiera soltarse la melena. La hospitalidad dominicana y su buen humor natural convierten la visita en toda una experiencia.

Playa Rincón es otro lugar cuya visita resulta imprescindible. No en vano pertenece al selecto club de las diez playas más bonitas del mundo, un lugar para perderse y no pensar, para detener el tiempo y meditar sobre lo útil que a veces resulta no hacer nada, sólo dejarse llevar por la exótica belleza del enclave y tratar de interiorizar un paisaje que nos devolverá la sonrisa en las frías mañanas de invierno.

Se puede llegar a este rincón de la geografía dominicana en barco, pero una opción muy atractiva es hacer el viaje en quad, una forma divertida y distinta para disfrutar de la naturaleza. La playa está cerca de Las Galeras, un núcleo turístico en el que todavía predomina el sabor dominicano, en el que los grandes hoteles todo incluido conviven pacífi camente con pequeños colmados y coloristas puestos de artesanía. Entre ellos curiosean indolentes los viajeros sin prisa, mano a mano con los nativos, empapándose de la hospitalidad de la isla y notando cómo poco a poco el buen humor se apodera del momento.

Otra excursión muy interesante es al Salto del Limón, una cascada natural que sorprende sobre todo por el bello paisaje selvático que la rodea. Acceder a la apetecible laguna de agua dulce no es patrimonio exclusivo de los más aventureros, pero sí conviene señalar que su acceso a pie sólo es recomendable para los que se encuentran en una magnífi ca forma física. Los demás mortales pueden subir a caballo; otra experiencia digna de recordar, ya que los saltos del camino también harán mella en su musculatura. En cualquiera de los casos, la belleza del salto bien merece el esfuerzo y la recompensa espera fi nalmente en el agradable pueblo de El Limón. Tras el ejercicio, no hay nada mejor que relajarse en alguna de las muchas casas dominicanas, que ofrecen una deliciosa comida criolla a buen precio y una conversación interesante totalmente gratis.

La gastronomía también representa una manera perfecta de conocer un poco más a fondo el carácter dominicano. Los isleños, afables por naturaleza, están encantados de regalar el paladar a todos los visitantes y muchos le explicarán sin dudarlo los mejores trucos de su suculenta comida criolla.

El pollo y la carne de res constituyen las auténticas estrellas de la mesa, y las salsas que las acompañan son verdaderamente exquisitas. Lo mismo que sus innumerables y exóticas frutas, un lujo para el paladar. El marisco también es un placer incomparable, y en esta península, además, es todo un modo de vida. Samaná es un pueblo de pescadores y en todas sus costas son numerosas las barquitas que ofrecen víveres recién salidos del mar. La langosta atlántica que se captura en esta región del país tiene mejor carne que la caribeña y, en general, ocurre lo mismo con todo el marisco. No deje de probar el sabroso lambí o el ceviche de pescado. Tarde o temprano caerá en la tentación y, acompañada de una fría cerveza Presidente -bebida de fabricación autóctona-, la experiencia le resultará inolvidable.

Perderse en las aldeas es otra forma de coleccionar momentos para el recuerdo. La alegría que se respira en todos los actos, incluso los más cotidianos, es contagiosa y las costumbres de la isla constituyen una fuente inagotable de anécdotas. Visite una gallera y déjese sorprender por la adrenalina que puede desprender una pelea de gallos. Sus dueños los cuidan como si fueran caballos de carreras y, aunque el espectáculo puede resultar algo brutal para los más sensibles, a nadie deja indiferente.

La música y la fiesta están presentes en todo momento y las dominicanas, coquetas como ninguna, se acicalan cada sábado como si fuera el día de su boda. No es extraño verlas pasear por los pueblos con la cabeza repleta de rulos de colores, una forma de reinvindicar en público la atención que prestan a su imagen. Cuando cae la noche, la bachata y el merengue llenan el ambiente y hasta los más tranquilos se dejan conquistar por el ritmo. Para comprobarlo basta con salir a dar una vuelta por el pueblo más cercano. Lejos de la música occidental que ofrecen los hoteles, los isleños beben y bailan hasta el amanecer en improvisados chiringuitos demostrando que para pasarlo bien basta con tener ganas.

La península de Samaná constituye un lugar inolvidable, un destino diferente, todavía virgen, todavía auténtico y siempre sorprendente. Una tierra secreta llena de escenarios impactantes, que regala al visitante la rara oportunidad de desconectar de verdad, de disfrutar como los viajeros de antes, sin prisas, sin obligaciones, dejándose llevar tan sólo por la curiosidad y por el placer.