Salzburgo: Los rincones secretos de Mozart

Salzburgo, que vio nacer al genial músico hace ahora 250 años, y Viena, donde acabó sus días, son las dos ciudades que, con su constante juego de concordancias y divergencias, marcaron la vida y el destino de Mozart. Por ello, las dos urbes austriacas se han volcado completamente en la celebración de numerosas manifestaciones y actividades culturales para rendir un merecido homenaje a una de las figuras más universales que ha dado la Historia.

Juan Antonio Llorente

El 27 de enero de 1756, en pleno absolutismo ilustrado y a poco de estallar la Guerra de los Siete Años que mantuvo en jaque a una Europa dividida, en el número 9 de la Getreidegasse de Salzburgo veía la luz a las ocho de la tarde un niño que, al ser bautizado en la catedral al día siguiente, recibía los nombres de Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theofilus y que, por su apellido, Mozart, y por el último nombre de esa relación -Amadeus en su acepción latina-, impuesto en honor a su padrino, el senador y comerciante Joannes Theofilus Pergmaÿr, ha pasado a la Historia con mayúsculas, transcendiendo al capítulo musical. Lo proclamaba el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt en el homenaje del pasado 27 de enero, a dos siglos y medio exactos de su nacimiento, refiriéndose a él como "quien se escapa a todo juicio (...). Si tratamos de analizarlo, debemos reconocer modestamente que nuestro sistema de medida no se corresponde al suyo, porque viene de otro planeta, y no vive más que en su obra". Lo que no invalida, en absoluto, las palabras de Luis Cernuda: "Si alguno alguna vez se preguntase: la música, ¿qué es? Mozart, dirías, es la música misma...".

Amadeus era hijo de Leopold Mozart y Anna María Pertl, con quien tuvo siete descendientes, de los cuales sobrevivieron él y María Anna Walpurga, Nannerl, intérprete precoz del clave y cuatro años mayor que su hermano. Escuchándola tocar, despuntaron las inclinaciones musicales de Amadeus, que con 5 años, además de conocer los secretos del teclado y de iniciarse en el violín como autodidacta, escribía sobre el pentagrama sus composiciones más elementales. Es fácil imaginar a aquel niño disfrutando con sus amigos cerca de su modesto domicilio en el tercer piso de la finca, hoy museo que custodia sus primeros instrumentos, retratos y correspondencia familiar.

Podríamos seguir sus pasos en una ciudad que ha permanecido según él la dejó, como reconocía la Unesco al designar en 1996 su centro histórico como Patrimonio de la Humanidad. Jugaría el futuro genio en la Plaza del Ayuntamiento, Altesrathaus, que desde 1616 exhibe la estatua de esa Justicia que tan poco parcial se le mostró. O a las espaldas de su vivienda, ante la magnífica Colegiata de la Universidad, la obra más espectacular de las realizadas para la urbe por Johann Bernhard Fischer von Erlach, que con sus incursiones en la arquitectura, la escultura y el paisajismo dio carácter a Salzburgo y a Viena, empeño en que le secundaría su hijo Joseph Emanuel.

Atravesando el Viejo Mercado (Alter Markt), que preside la estatua barroca de San Florián tras un trabajo de forja del siglo XVI, acompañaría a su madre a los oficios de la Catedral, donde reposan los restos de San Ruperto, fundador en el siglo VII de la villa sobre el poblado romano de Juvavum, clave en la ruta que atravesaba el Imperio de norte a sur. Ruperto consiguió para Salzburgo (ciudadela de la sal), coronada por una plaza fuerte donde se erige la Fortaleza de Hohensalzburg, los privilegios que se acrecentarían con el tiempo hasta que, en el siglo XIII, sus obispos recibiesen además la dignidad de príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico, que trascendía sus fronteras hasta adentrarse en Italia.

Para reconstruir el templo catedralicio, devastado en 1598 por el fuego, el arzobispo Markus Sitittkus encargó a Santino Solari la ejecución de los planos de Vincenzo Scamozzi, alumno predilecto del mítico Andrea Palladio, dando como resultado el soberbio edificio de portada neobarroca y un interior que equilibra sobriedad y opulencia. Como la vecina Residenz, morada oficial de sus dignatarios, según acreditan los escudos de la fachada principal, rematada para el príncipe arzobispo Wolf Dietrich von Reitenau (1587-1612) y ampliada a finales del XVIII. Es en este lugar, que tanto gustaba al niño Mozart cuando deslumbraba a la audiencia allí congregada, donde en 1816 se firmó el acta de adhesión a la Casa de Austria de Salzburgo, hasta entonces dependiente de Baviera, y donde en 1867 Francisco José y Sissi agasajaron al emperador de Francia Napoleón III y a su esposa, la española Eugenia de Montijo.

En ocasiones, Amadeus y su madre, atravesando la Kapitelplatz en la que hoy se compite en gigantescos tableros de ajedrez, llegaban, algunos pasos más allá, hasta la tumba de algún pariente en el cementerio de San Peter, adosado a las faldas del Monschberg. Aunque al niño le llamaban más la atención sus catacumbas -en su entrada ahora reposan juntos los restos de Nannerl y de su amigo y también músico Michael Haydn (1737-1806)-, que tantas leyendas desataban entre los salzburgueses, situadas a los pies de la impresionante ciudadela -de las mejor conservadas de Europa-, que fue mandada erigir en el año 1077 por el arzobispo Gebhard, aunque su aspecto definitivo sea con el que se concluyó en el siglo XVII.

De vuelta a casa, atravesarían los laberínticos patios de la Abadía de San Pedro, para cuya iglesia, románica y rococó al tiempo, escribió Mozart en 1783 la Misa que, cada verano desde hace medio siglo, programa allí el festival. Abandonando el recinto a la altura de la Iglesia de los Franciscanos, una de las más antiguas de la ciudad, donde románico y gótico conviven con el barroco altar de Erlach, llegarían a casa enfilando el actual Callejón de Sigmund Haffner.

Estos paseos los hacía Amadeus acompañado. Con sus amigos sólo le estaba permitido corretear por el Judengasse (Callejón de los Judíos) hasta la explanada que, con el tiempo, convertida en plaza tras la edificación del Carolinum Augusteum, ocuparía desde 1842 la estatua del músico realizada por Ludwig Schwanthaler. Los momentos mágicos se producían cuando él y Nannerl iban con su padre hasta la fuente del abrevadero de los caballos, obra de Erlach, que tanto les gustaba. Allí su mirada se dirigía hacia la oquedad que los trabajadores perforaban en la roca. La Siegmundtor por la que algún día, les contaba Leopold, saldrían en busca de nuevos horizontes. Porque su padre, animado por las dotes musicales de sus vástagos, decidió sacrificar su trabajo como segundo maestro de capilla de la Corte y dedicarse a ellos. Salzburgo, hoy capital de la región austriaca del mismo nombre, con 150.000 habitantes, era entonces una pequeña ciudad de 10.000 almas partida por el Salzach, el río de la sal, el oro blanco cuyo comercio enriquecía a sus máximas autoridades. Un hermoso feudo a cuya vista renunciaba Amadeus cada vez con más frecuencia, a veces por largos períodos, para adaptarse a un régimen de viajes que lo convirtieron en eterno nómada. El primero, a Múnich, con su padre y su hermana, días antes de cumplir los 6 años; el último, a Praga, dos meses antes de su muerte, para asistir al estreno de su Clemenza di Tito. De los 36 años de su existencia, casi una tercera parte, según documenta Josef Heinz Eibl en Mozart, crónica de una vida, estuvo ausente de sus domicilios de Salzburgo y Viena. Primero en el entorno bávaro y austriaco para, poco a poco, extender el radio de acción. Maguncia, Francfort, Lieja, Bruselas, París, Londres, Rotterdam, La Haya, Amberes... fueron algunas de las ciudades incluidas en el primero de los grandes viajes junto a su padre y su hermana cuando tenía 7 años, del que regresaron a punto de cumplir los 11. A los 20, Mozart era un viajero convencido capaz de afirmar: "Un hombre de talento vulgar seguirá siéndolo tanto si viaja como si no, pero un hombre de talento superior (condición que no puedo negar de mí, aun a riesgo de parecer inmodesto) se hundirá si permanece siempre en el mismo lugar".

En el otoño de 1773, al finalizar su tercer viaje a Viena, los Mozart se trasladaron a la otra orilla del Salzach, y el Amadeus adolescente y músico comenzó a descubrir otros puntos de su ciudad en caminatas que comenzaban y morían en su nuevo hogar, en la casa del Maestro de Danza de la Hannibalplatz (actual Makartplatz), rematada en su lado superior por la Iglesia de la Santísima Trinidad, obra de Von Erlach. Cuando encontraba un hueco en su actividad compositiva -en menos de ocho años en ese domicilio escribió centenar y medio de las 626 obras que firmó en su vida-, dirigía sus pasos a la Linzergasse para, atravesando el arco al comienzo de la calle, iniciar la subida del Kapuzinenberg. Siguiendo las capillas con tallas multicolores del Vía Crucis, como años más tarde haría Stefan Zweig al fijar allí su residencia, llegaba al monasterio de la orden que da nombre al lugar para desafiar con la mirada desde allí a la fortaleza del otro lado del río, antes de descender pasando por la Iglesia de Sant Johannes en Imberg.

Los días de mayor nostalgia continuaba Linzergasse arriba hasta la Iglesia de San Sebastián para, atravesándola, topar con la tumba de Paracelso, el alquimista suizo muerto en Salzburgo en 1541. Descendiendo los escalones entraba al cementerio en el que ahora se halla la modesta sepultura de su padre y de Constanze, su esposa, para observar el Mausoleo de Wolf Dietrich von Reitenau, el arzobispo que -junto a su pariente y sucesor Marcus Sitticus y Paris Lodron, que siguió a éste- más hizo por convertir su ciudad en la Roma del norte. Amadeus sentía dolor y fascinación a partes iguales por Reitenau, recluido desde 1612 hasta su muerte cinco años más tarde en la fortaleza, acusado de escándalo por ser padre de al menos una docena de hijos (sobrevivieron diez) con Salomé Alt, una judía por cuyo amor hizo construir en 1606 el Palacio de Altenau, conocido como Mirabell tras la barroquización efectuada por Lukas von Hildebrandt. En sus salones rematados con ricos mármoles, Mozart había tocado junto a su padre y Nannerl, y a sus jardines regresaba cuando quería soñar, rodeado de estatuas mitológicas, de las que le impresionaba el Pegaso de bronce de la fuente en la entrada principal, remozada en el siglo XIX por Peter de Nobile en estilo neoclásico.