Salzburgo, la ciudad de Mozart

La música impregna cada rincón de esta urbe austriaca que vio nacer al genial compositor y que es una de las capitales mundiales de la lírica.

Noelia Ferreiro
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Foto: bluejayphoto / ISTOCK

Fue un niño prodigio, un genio irrepetible, un caso único en la historia. Wolfang Amadeus Mozart, el músico que interpretó melodías con cuatro años, que se convirtió en un virtuoso del violín con apenas seis y que compuso sus primeras obras antes de los diez, es el hijo predilecto, la seña de identidad de Salzburgo, la ciudad austriaca que lo vio nacer un buen día de 1756.

Una ciudad encajada entre majestuosas montañas y atravesada por el río Salzach, que ya antes del genial compositor, estaba consagrada a la lírica. No sólo fue el lugar donde se representó la primera ópera al norte de los Alpes, sino también un escenario vivo durante la Edad Media en el que se desarrollaron numerosas funciones dramáticas.

El río Salzach a su paso por Salzburgo. | DieterMeyrl / GETTY

Con Mozart, sin embargo, se convirtió en la capital mundial de la música clásica. Un título que en nada empaña las otras múltiples facetas culturales (que las tiene también) por las que se reconoce a Salzburgo: desde las resonancias literarias a cargo de Stefan Zweig y Thomas Bernhard, hasta los ecos cinematográficos de la edulcorada Sonrisas y Lágrimas, la tercera película más vista de la historia.

La obra mozartiana impregna cada rincón de esta bonita ciudad a la que, por su patrimonio barroco de marcada influencia italiana, se le conoce como la Roma del Norte. Salzburgo se siente orgullosa de su genio universal y lo recuerda constantemente. Museos, conciertos e incluso su propia fundación. Hay hasta un Mozart City Tour que recorre, de manera guiada, los puntos más importantes relacionadas con el compositor.

Casa natal de Mozart en Getreidegasse, Salzburgo. | A_Lein / ISTOCK

Así, seguir su rastro implica comenzar en la que fuera su casa natal en el número 9 de la calle Getreidegasse. Una vivienda burguesa en la que los objetos personales, los documentos, los retratos… invitan a un viaje al siglo XVIII para imaginar cómo era la vida cuando este niño alborotaba los salones. Después habrá que acercarse a la Residencia de Mozart, en la plaza Makartplatz, donde la familia se instaló en 1773. Aquí, en esta otra casa convertida en museo, se puede admirar su fortepiano original, así como descubrir anécdotas interesantes sobre el músico en un espectáculo multivisión.

La plaza de Mozart (Mozartplatz) es, cómo no, otra de las paradas. En ella, además de la vivienda de Constanze, la que fuera su viuda, un monumento al genio preside el lugar desde 1842. Se cuenta que esta escultura, que fue moldeada en Munich, no llegó vacía a la ciudad: en su interior hueco parece ser que se escondió tabaco de contrabando para esquivar los impuestos.

Mozartplatz en Salzburgo. | altmodern / ISTOCK

Seguir la ruta mozartiana pasa por hacer una parada en los dos cafés clásicos de Salzburgo: el Café Tomaselli y el Café Fürst. En el primero (al que los expertos refieren como “el único café vienés fuera de Viena”), porque allí acudía a menudo el padre de nuestro protagonista a jugar a las cartas. En el segundo porque es el lugar donde nacieron los mozartkugeln o bombones de Mozart, unas bolas de chocolate negro rellenas de mazapán, pistacho y pasta de avellanas, que se siguen elaborando de manera tradicional.

Tan deliciosas como calóricas, forman parte de la huella del músico que puede verse por toda la ciudad. Existen helados de Mozart, patitos de goma de Mozart para el baño y hasta el Mozarteum, la academia de música que lleva su nombre y que es una de las más prestigiosas del mundo.

Bombones Mozart. | OldGreyMan / ISTOCK

Ya en la noche, este viaje temático tendrá un colofón perfecto: el Mozart Dinner Concert en el restaurante Stiftskeller St. Peter, el más antiguo de Europa Central. Una cena en la que músicos con trajes típicos de la época interpretan piezas del compositor en un fabuloso ambiente. Es la forma de empaparse de su obra si no se tiene la suerte de coincidir con el Festival de Salzburgo, en verano, que es tal vez el más significativo para la música clásica. En él no falta, por supuesto, la música eterna del genio.