Sálvora: las islas del fin del mundo

En la bocana de la ría de Arousa, es el archipiélago más apartado de los que integran el Parque Nacional de las Islas Atlánticas, frente a las rías gallegas. En su naturaleza privilegiada se dan la mano leyendas prodigiosas y sucesos heroicos.

Alfredo Merino
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Foto: ALFREDO MERINO

Hay que estar muy al tanto de los asuntos naturales de nuestro país, haberlas visitado o ser gallego, por supuesto, para saber de qué se habla al escuchar el nombre de Sálvora. Este puñado de islas e islotes esparcidos a poco más de una milla de la península de O Barbanza se esconde entre las implacables oleadas que les envía el mar y la leyenda. Golpeo de blanca espuma y mitos cósmicos, que mueve el azote de un viento incesante, es el áspero bálsamo que acuna un puñado de rocas salvajes surgidas del océano como guardianas de la gallega ría de Arousa.  

Junto a la capilla de Santa Catalina está el antiguo O Almacén, hoy museo. | ALFREDO MERINO

La calima de salitre que flota sobre sus acantilados se mezcla con la bruma de magia e historia, que en estas tierras son la misma cosa, llevando al que las conoce justo hasta el borde del fin del mundo. Un fin del mundo que durante tanto tiempo estuvo no muy lejos de aquí, en el mítico Finis Terrae de la Galicia desbordante mitológica. 

La misma buena salud ambiental de este pequeño archipiélago es un prodigio, después de los tiempos de especulación rampante que se vivieron en torno al cambio de siglo, cuando el azote del turismo urbanizable y destructor estuvo a punto de apuntillar al mínimo archipiélago. Por fortuna, pudo sortear este envite y su naturaleza es hoy uno de los lugares menos alterados del continente europeo. Mucho tuvo que ver su inclusión en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas, declarado en 2002.

ALFREDO MERINO

Tiran mucho las leyendas varadas en sus escolleras, pero antes de navegar por ellas, conviene centrar esta feroz porción de tierra firme. Último grupo de islas del parque nacional, al que también pertenecen los archipiélagos de Cíes, Ons y Cortegada, las Sálvora son las más apartadas de todas ellas. Mucho tiene que ver en este feliz aislamiento la política de los responsables del espacio natural gallego, quienes han impuesto rigurosos límites a la cantidad de personas que pueden acceder a la isla principal, la única que admite visitas. Al contrario que Ons y, sobre todo, Cíes, el númerus clausus de turistas es ferozmente custodiado por la guardería del parque nacional, evitando las aglomeraciones de aquellas. 

Estos hórreos recuerdan a las heroínas del rescate del Santa Isabel.  | MARGA ESTEBARANZ

Con una extensión inferior a dos kilómetros cuadrados, Sálvora es la mayor y la que da nombre a un conjunto de tres grupos de islas: Sálvora, Vionta y Sagres, rodeados por un espacio marítimo protegido con una extensión cercana a 10 veces su superficie terrestre. La mayoría son simples peñascos de apenas un puñado de metros cuadrados, pero sus nombres desbordan tan escasa superficie, elevándose sobre las mareas y los temporales empeñados en ahogarlos. Duros e inmutables, los resisten sin que no pase otra cosa que el estruendoso oleaje que choca contra sus brillantes armaduras de percebes, lapas y mejillones. Asadoiro, Pernaprada, Pedra Vella, Insua Bela, Gavioteira, Curviña, dos Fornos, Cabeceiro se coronan todos los días con la espuma de los golpes oceánicos. 

arousa / ISTOCK

La mayor valía de la naturaleza isleña se esconde en sus fondos marinos, aunque en islas e islotes destaca una exclusiva biodiversidad, con presencia de especies tan destacadas y escasas como el cormorán moñudo y las gaviotas patiamarilla y sombría. Aunque sobre todo ello, lo que más llama la atención de quien se acerca hasta aquí es el aspecto salvaje de Sálvora, a pesar de haber estado habitada durante siglos. Y sobre la naturaleza excepcional se eleva un prodigioso pasado ribeteado con sucesos heroicos y mitos ancestrales.

De romanos a colonos

Los primeros registros históricos se remontan a la Edad del Bronce, existiendo constancia de la presencia romana. En el 899 el rey Alfonso II donó Sálvora al cabildo de Santiago de Compostela.

Siguió un tiempo en el que los piratas sarracenos, vikingos y normandos convirtieron la isla en base de sus razias por el litoral gallego. En el siglo XVI el mayorazgo de Sálvora pasó a Marcos Fandiño Mariño, patriarca de la familia Otero-Goyanes, cuyos miembros administraron durante largo tiempo la isla bajo un estricto régimen feudal. 

Viejos cañones han sido testigos del paso del tiempo en esta isla dominada por el mar y la leyenda.  | MARGA ESTEBARANZ

En aquella época llegaron los primeros colonos para cultivar las tierras del señorío, estableciéndose una aldea que llegó a albergar 60 vecinos. Su economía de subsistencia se basaba en la agricultura y la pesca, debiendo entregar a los amos la mitad de los cultivos y del ganado nacido en la isla. La media docena de caballos asilvestrados que vive en Sálvora es el testimonio vivo de aquellos animales, que además contó con bueyes, vacas y cabras.

En 1770, el coruñés Jerónimo de Hijosa construyó una fábrica de salazón de pescado, en un edificio convertido en pazo y hoy llamado O Almacén. La isla fue expropiada en 1904, aunque los Otero-Goyanes litigaron hasta recuperarla en 1958. La familia hizo lo que quiso, convirtiéndola en patio particular de su recreo y coto privado de caza, introduciendo especies tan extrañas como ciervos y jabalíes.

Las gaviotas patiamarilla y sombría forman parte de la gran biodiversidad de la isla, con importantes fondos marinos. | ALFREDO MERINO

La presión de la familia para recibir impuestos de los colonos, en un intento de perpetuar el régimen medieval, hizo que el último habitante abandonase la isla en 1972, quedando deshabitada excepto por los fareros, que permanecieron hasta 1997. 

La sirena Mariña 

Situado junto a la capilla de Santa Catalina, antigua taberna de la isla hasta 1960, O Almacén acoge un rústico museo que alberga dos dornas, pequeñas embarcaciones típicas de estas aguas, y una calesa restauradas, junto con multitud de objetos rescatados de la aldea abandonada. Al otro lado de la playa se erige una singular escultura. Obra del burgalés Ismael Ortega, la sirena Mariña fue esculpida en 1968 por encargo de Joaquín Otero-Goyanes, descendiente de los primeros propietarios de la isla, la saga de los Mariño de Lobeira. Es testimonio del pasado legendario de Sálvora.

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Lo cuenta la leyenda del caballero Froilaz, náufrago en la isla, que paseaba por la playa cuando se encontró una sirena. Enamorado, decidió casarse con ella, a pesar de que era muda. De su unión nació Martiño. La dicha no borró la preocupación del noble por la incapacidad de su esposa. Aconsejado por un abad, decidió asustarla para que recobrase el habla con el sobresalto. La noche de San Juan cogió a su hijo y en el momento de saltar sobre la hoguera, simuló que el crío se le caía a las llamas. Espeluznada, la madre profirió un grito, expulsando una espina de pescado que tenía clavada en la garganta, recobrando el habla. 

Una media docena de caballos asilvestrados vive en Sálvora.  | MARGA ESTEBARANZ

El primer faro de Sálvora se construyó en 1862 y el que sigue en pie, que data de 1921, quieren convertirlo en estación científica y albergue. La visita a la monumental construcción es una de las dos excursiones permitidas en Sálvora. Poco antes de llegar llama la atención un grupo de robustas piedras inverosímiles, son los bolos del Alto de Gralleiros. Sus formas y el viento que peina los tojos, retamas y laureles del entorno despiertan la imaginación. Sobre todo los viernes, cuyas noches suele aparecerse la Santa Compaña.

Aunque se sabe que el barco que devuelve a los turistas a tierra firme parte de Sálvora a primera hora de la tarde, no deja de inquietar la procesión que, aseguran, marcha a la aldea abandonada cuando llega la noche, para continuar a la Praia dos Bois y desde allí cruzar la mar hasta la isla de Noro. Y uno duda, por si acaso, si tirarse boca abajo dentro de un círculo dibujado en la tierra, única receta segura para no ser abducido por la espectral comitiva. Es lo que muchos de Arousa piensan que pasó con las víctimas de la segunda mayor tragedia marina de las costas gallegas. 

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Las heroínas de Sálvora

Sucedió el 2 de enero de 1921. Lo recuerda lo que queda de una solitaria cruz de mármol blanco que se yergue en el lomo de la roca más valiente de punta Besuqueiros. Una inscripción en su base señala que la colocaron los desconsolados padres de Carlitos Verdier y Escobar, joven muerto en el naufragio del Santa Isabel.

El que fuera conocido como el Titanic español, se hundió al chocar con la piedra Lapegar, capitana de los bajíos de Meixide, a un centenar de metros de Sálvora, falleciendo en el naufragio 218 personas y sobreviviendo solo 53 almas.

Aquel día una niebla como puré de grelos envolvía Sálvora. Por la tarde llovió con fuerza y el viento se hizo espantable. Pasada la medianoche, el viejo farero escuchó ladrar al perro y salió a ver qué pasaba. En mitad del temporal contempló una sombra negra que crujía en mitad de las escolleras. Un barco había chocado con las rompientes de Sálvora. Corrió a la aldea a dar la alarma, pero allí solo quedaban las mujeres y los niños, los hombres estaban en Aguiño y Carreira festejando el Año Nuevo. 

ALFREDO MERINO

Tres de ellas no lo dudaron. Cipriana Orujo, de 25 años; Josefa Parada, 16, y María Fernández, 14, salieron corriendo. Sin pensar en riesgo alguno y desafiando el bárbaro temporal, se echaron a aquella mala mar en una frágil dorna. Remaron cinco kilómetros en mitad de la tormenta y en sucesivos viajes salvaron la vida de entre 15 y 20 personas a las que remolcaron con cabos a tierra firme. Les ayudó Cipriana Crujeiras. 

Aquellas mujeres, “fuertes, cetrinas, adustas, con ojos como los de los hurones, mostraron el mismo valor que tenían en las faenas pesqueras de esta mar tan traidora, donde su arrojo era superior al de los propios hombres”, relatan las crónicas de la época. Su audacia fue reconocida por el rey Alfonso XIII, otorgándoseles la medalla de Salvamento Marítimo y otras condecoraciones. En Vigo fueron recibidas por una multitud que las aclamó como lo que habían sido: las heroínas de Sálvora. 

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Aquello no impidió que las jóvenes fuesen vilipendiadas. La envidia o los celos de los vecinos extendió el bulo de que habían robado las joyas y otras pertenencias de los cadáveres que el mar arrojó a Sálvora. Se llegó a levantar un expediente judicial, pero su inocencia quedó demostrada, a pesar de lo cual, su heroísmo cayó en el olvido hasta tiempos recientes.

ALFREDO MERINO

En 2014 fueron restaurados los hórreos de la aldea abandonada. Allí permanecen, inmaculados en mitad de un montón de casas arruinadas, luciendo los nombres de aquellas heroínas y el de Luis Cebreiro, el segundo oficial del buque de vapor Santa Isabel, quien también tuvo una actuación sobresaliente en el salvamento.

La visita hasta la aldea donde vivían aquellas audaces mujeres es la otra excursión permitida de Sálvora. A menos de dos kilómetros del muelle, pasa ante un sencillo cruceiro y por la Fuente de Santa Catalina, venero de presuntas virtudes medicinales.

La aldea se compone de ocho casas, en cada una de las cuales vivía una familia. Tenían dos habitaciones, cocina y cuarto de estar, y dormitorio. Una vivienda se ha rehabilitado, lo que permite comprobar la modestísima existencia que llevaban las familias, en ocasiones de hasta 12 miembros. Austeridad que no pudo difuminar el espíritu heroico y arrojo indomable que gastaban aquellas gentes.