Viajamos al sur del Sur: ruta por el salvaje Mar de Ross, la mayor reserva marina del planeta

En un desafío legendario que hizo correr ríos de tinta, Scott y Amundsen trataron de alcanzar el Polo Sur a través del Mar de Ross, hoy la reserva marina más grande del planeta.

Elena del Amo
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Foto: LUIS DAVILLA

"Se buscan hombres para viaje peligroso, sueldo escaso, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, regreso con vida incierto, honor y reconocimiento en caso de éxito”. No hay certeza de la autenticidad de este anuncio suicida, publicado supuestamente por Ernest Shackleton en el Times para reclutar tripulación rumbo a la Antártida. Real o no, sus escuetas líneas dan de lleno en lo descarnado de las exploraciones de aquellos días en que los barcos eran de madera y los hombres, de acero.

LUIS DAVILLA

A principios del siglo XX, el mundo asistió atónito a una carrera a contrarreloj por hollar el último trofeo geográfico que le quedaba al planeta. La Antártida ya figuraba de antes en los mapas. Incluso las naciones más poderosas habían sacado pecho financiando una ristra de expediciones a sus hielos. El Polo Sur geográfico —la latitud 90ºS— seguía siendo el reto a batir. No fue capricho que los primeros espadas de la época heroica de la exploración polar eligieran el mar de Ross para arrimársele. Esta inmensa bahía, descubierta en 1841 por el británico James Clark Ross y desde 2016 la reserva marina más descomunal del globo, es uno de los mordiscos que le falta a la Antártida para formar un redondel casi perfecto. Si desde Argentina o Chile queda mucho más a mano, por este flanco al sur de Nueva Zelanda se puede navegar más abajo de los 77ºS. Es decir, hasta más cerca del polo. Así se cubría un trecho mayor por mar, acortando el avance por tierra entre las trampas mortales de los glaciares y un frío de pesadilla.

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Tras haberlo intentado en otra incursión capitaneada por Robert Falcon Scott, Shackleton volvía a la carga con el polo durante su expedición Nimrod (1907-1909). En la latitud 88º23'S, a 180 kilómetros de la gloria, la falta de víveres le obligó a darse la vuelta. Al traste cuatro meses penosísimos a pie por el hielo junto a tres de sus hombres. “Pensé que preferirías un asno vivo a un león muerto”, le escribió el carismático irlandés a su esposa como excusa por no haber seguido adelante.

Duelo épico

Antes incluso de recibir a Shackleton con honores de héroe, en el propio Reino Unido y en Noruega se orquestaban paralelamente dos expediciones que, sin sospecharlo aún sus protagonistas, acabarían convirtiéndose en el duelo más épico de todos los tiempos: el del estirado capitán Scott y el pragmático Roald Amundsen por clavar antes que nadie su bandera en el mismísimo Polo Sur. El primero, oficial de la Marina Británica, se sentía con indiscutible derecho a ello tras los logros científicos de su anterior intento. Vamos, que el polo era suyo. Al noruego, por entonces, solo le interesaba coronar el Ártico. Pero cuando la prensa de 1909 aireó que los estadounidenses Cook y Peary acababan de alcanzar el Polo Norte —una gesta aún hoy en entredicho—, debió pensar que la posteridad rara vez recuerda a los segundos.

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Con total secretismo incluso para su tripulación, ideó un plan para hacer virar hacia el reverso del mundo la proa del Fram, el mítico barco que le había prestado para enfilar al norte su compatriota y no menos mítico explorador polar Fridtjof Nansen. Desde una escala en Madeira escribió a su mentor disculpándose por no haberle revelado su verdadero destino. Tuvo también la deferencia de mandarle un cable a su rival, Scott: “Permítame informarle que el Fram se dirige a la Antártida. Amundsen”.

Con pocos días de diferencia, partieron de cada extremo de la barrera de Ross, un campo de hielo flotante casi del tamaño de España. Para los hombres de Amundsen, curtidos en el Ártico, no es que la expedición fuera un paseo, pero casi. Fueron y volvieron en 99 días sin mayor dificultad gracias sobre todo a su habilidad con los esquís y los trineos de perros traídos con el Fram. A Scott, tan rígido en todo, servirse de vulgares canes —amén de írselos zampando como Amundsen para acarrear menos víveres y sortear de paso el escorbuto— le parecía indigno de un caballero. Se valió a cambio de ponis siberianos, que fueron sucumbiendo uno tras otro hasta acabar tirando él mismo con sus cuatro hombres del avituallamiento. Alcanzaron el Polo Sur, sí, pero 34 días después que los noruegos, y murieron todos, ateridos y hambrientos, en el infernal regreso a la costa donde les aguardaba su equipo.

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Del campamento de Amundsen no queda ni rastro. Las dos cabañas que erigió Scott en su par de expediciones, así como la de Schakleton, sí resisten en pie por la isla de Ross, uno de los objetivos de las singladuras de todo un mes que, con apenas 50 afortunados a bordo, organiza la empresa neozelandesa Heritage Expeditions.

Eso sí, solo se atreve a seguir la pista de estos exploradores de leyenda dos veces al año durante el fugaz verano austral. El resto del tiempo, el mar de Ross resulta inaccesible para el común de los mortales. Y es que, salvo en sus meses menos gélidos, los 14 millones de kilómetros cuadrados de la Antártida prácticamente se duplican con la banquisa de mar congelado que se le forma alrededor. Incluso en los relativamente benévolos enero y febrero, el capitán de estos cruceros de expedición habrá de adelantarse a las inclemencias para no quedar atrapado por el hielo que podría volver a formarse en cualquier momento. La Navidad de 2014 le ocurrió al Akademik Shokalskiy, y todo su pasaje hubo de ser evacuado en helicóptero. Las pruebas —¡qué distinto a los tiempos de Amundsen!— circulan por YouTube.

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Este antaño barco ruso de investigación marina comenzó a albergar cruceros de una vez en la vida tras desmembrarse la Unión Soviética. Sin posibles ya para investigar, acabó gestionado por el biólogo neozelandés Rodney Russ, consagrado a descubrirle las esquinas más remotas de las regiones polares a reducidos grupos de viajeros que tienen el riñón bien cubierto.

A pesar de los casi 20.000 euros por barba en el camarote más barato, la atmósfera del Akademik Shokalskiy y su gemelo, el rebautizado como Spirit of Enderby, respira un cierto ambiente Chernóbil. Con la marinería más rusa que una matrioska, sus mesas comunales para desayuno, comida y cena y el bar más espartano donde matar las infinitas horas de navegación, es todo menos un barco de lujo. El lujo, y a ese no le cabe ni un pero, es llegar hasta unos horizontes de belleza superlativa a los que apenas suele alcanzar un centenar de viajeros cada año.

Al sur del sur

Desde el puerto de Bluff, en el extremo sur de Nueva Zelanda, las dos primeras semanas de singladura tienen un itinerario más o menos definido. Luego ya, una vez en la Antártida, todo dependerá de lo que permita su clima de mil demonios. A merced de unos vientos pavorosos que algún grumete aterrado debió bautizar —por su latitud— como los Cuarenta Rugientes y los Aulladores Cincuenta, las jornadas de mar y solo mar quedan salpicadas por las incursiones en los archipiélagos de las Snares, las Auckland,  Macquarie y Campbell Island.

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Coto arrasado antaño por los balleneros y cazadores de focas y hoy apenas habitado por unos pocos investigadores y rangers, a estos ahora parques nacionales, Patrimonio de la Humanidad, los suelen comparar con las Galápagos. A desmano de cualquier lugar, son tan escasos los humanos que se dejan caer por allí que, igual que en el paraíso de fauna ecuatoriano, sus animales no nos identifican como un peligro. En consecuencia, ni se inmutan ante los marcianos en forro polar que les apuntan con sus cámaras.

Como aperitivo a caballo entre Nueva Zelanda y el continente helado, por estas islas subantárticas se avistarán las primeras colonias de pingüinos rey, de penacho amarillo y real infestando sus roquedos volcánicos y sus playas. O asomando la cabeza junto a las zódiacs para curiosear quién osa desembarcar en sus territorios. Habrá mañanas de caminar a dos pasos de los leones marinos, unas furias de grasa siempre extenuadas custodiando sus harenes de hembras, y tardes entre esos zurullos descomunales que se dirían los elefantes marinos, cuyos jóvenes, cual luchadores de sumo, entrenan estampándose unos contra otros para cuando les llegue el momento de pelear por las chicas contra un macho alfa de cuatro toneladas en canal. Y hasta un día entero ante la barbaridad de nidos de albatros reales a la vista durante el trekking más exigente de la travesía.

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Más al sur, todavía habrá que vérselas con el soplo huracanado de los Bramadores Sesenta para, ya en la Antártida, navegar sobre las aguas, a menudo lisas como un plato, del mar de Ross. Cruzada la línea imaginaria del círculo polar antártico, habrán empezado a aflorar los icebergs y no volverá a hacerse de noche. Por eso los desembarcos se harán a cualquier hora, incluso de la madrugada, en que tengan a bien permitirlo los vientos catabáticos del continente más frío, más montañoso e, increíble pero cierto, también el más seco. Porque, aunque polar, la Antártida es un desierto donde llueve menos que en el Sáhara y, por supuesto, no crece ni un árbol.

El jefe de la expedición, quien junto a su equipo internacional de conservacionistas habrá ido impartiendo charlas sobre la Antártida durante los días de mar, anunciará en inglés por la antediluviana megafonía del Akademik Shokalskiy cada vez que se den las condiciones de bajar a tierra. A diferencia de los barcos grandes que surcan otras zonas de la Antártida, al transportar apenas 50 pasajeros no habrá que hacerlo por turnos ni con límite estricto de tiempo. Bastará entonces enfundarse de ropa térmica hasta las cejas y, antes de subir a las zódiacs, desinfectar las botas y aspirar hasta el último velcro de los anoraks para que nada ajeno a esta naturaleza intacta se cuele en ella.

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Con suerte, podrá desembarcarse junto a los montañones negros del cabo Adare, donde el guirigay de un millón de pingüinos alfombra un escenario tan prístino como el origen de la creación. Y en el vecino cabo Hallett, entre un zafarrancho de glaciares enmarcado por cimas de 4.000 metros que desdibujan toda referencia. O, igualmente en la plataforma continental, junto a la base italiana de la bahía Terra Nova, cuyos científicos y meteorólogos presumen de preparar el mejor expreso de la Antártida.

Entre pingüinos

Más probables son los desembarcos en islas. En las de Franklin, Possession o Inexpressible Island volverán a sucederse las desgañitadas persecuciones de las crías de pingüinos Adelia, aún recubiertas de su desgarbado plumón de recién nacido, urgiendo a sus padres a regurgitarles de pico a pico el desayuno. Ellos, diligentes, planean sobre el buche lleno al salir cual torpedos del mar para, en fila india y sorteando a saltitos las rocas, llevárselo hasta los nidos, a veces en la playa, a veces en las montañas. Como a toda la fauna antártica, está prohibido acercárseles a menos de cinco metros. Sin embargo, no hay más que sentarse muy quieto y esperar a que sean ellos los que, con sus torponas carreras de solista en frac llegando tarde a la filarmónica, acudan a posar para las fotos.

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Entre un desembarco y el siguiente, el pasaje se agolpa ante los ventanales del puente del Akademik Shokalskiy cada vez que unos coletazos en el agua delatan la presencia de ballenas jorobadas, azules o de Minke. También será el lugar —porque en las cubiertas no se aguanta demasiado con el frío— desde el que espiar a los grupitos de pingüinos reposando sobre un témpano a la deriva, una foca leopardo o algún solitario pingüino emperador. Y a las bandadas de petreles jugando al escondite con las olas o a las orcas, con sus inmensas aletas, cazando en manada entre los parches de hielo.

Estos encuentros con la fauna es lo que algunos habrán venido a buscar hasta tan lejos. Otros se electrizan más si cabe durante la navegación hipnótica frente a los acantilados de hielo de la barrera de Ross, azulados e intratables como el murallón de un castillo congelado por un maleficio. Pero casi todos aguardan con emoción contenida el momento de penetrar en las cabañas que, con sus restos de provisiones apiladas, sus rudimentarios artilugios de investigación y los sacos de piel prolijamente estirados por las literas para combatir temperaturas feroces, resisten en la isla de Ross desde hace algo más de un siglo. En cabo Royds se levanta la que construyeron Shackleton y los suyos y en cabo Evans, la del segundo y fatal viaje de Scott. La de su primer intento al polo, en Hut Point, es sin embargo la que más impresiona. Sus paredes ahumadas dan fe de la mucha grasa de foca que debieron quemar para entrar en calor. Menos restaurada que las anteriores y a tiro de piedra de esa alucinación distópica que es la base estadounidense de McMurdo, en ninguna cabaña se masca con tal crudeza el sufrimiento de aquellas odiseas de cuando los barcos eran de madera y los hombres, a cambio, eran de hierro.

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Paz y ciencia

De escenario de rivalidades como la de Shackleton, Scott y Amundsen por alcanzar el Polo Sur, el continente helado pasaba en 1961 a convertirse en un símbolo de la cooperación internacional con la entrada en vigor del Tratado Antártico, que regula la actividad humana por debajo de los 60°S. El acuerdo entre la cincuentena de naciones adheridas ha hecho posible que, a pesar del interés por sus recursos y las reclamaciones territoriales de varios países, estas sean unas geografías de todos y de nadie consagradas, al menos de momento, a actividades pacíficas. Unas 70 bases científicas y militares se asientan en la Antártida. Desde la argentina Orcadas, la más antigua aún en activo, hasta la Amundsen-Scott, casi sobre el Polo Sur. O, como una miniciudad plantada en Marte, la estadounidense McMurdo de la isla de Ross, la más grande de todas, habitada incluso en pleno invierno, cuando los científicos de bases más modestas, como las dos españolas en las Shetland del Sur, las cierran a cal y canto y se vuelven con los fríos para casa.

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Bajo la banquisa

Cada año, durante el invierno austral, la capa superior del océano se congela hasta más de mil kilómetros alrededor de la Antártida. Al descender por la gravedad la sal del hielo, su concentración en el agua hace que, bajo esta inmensa banquisa, estalle una explosión de vida. Además de especies rarísimas, los millones de toneladas de krill, tan vitales para la cadena alimentaria de la fauna antártica, que vienen a buscar distintas especies de ballenas desde la otra punta del globo. Junto a la corriente circumpolar, esta costra de océano congelado produce un efecto refrigerante en mares de otras latitudes. Su tamaño viene menguando, al igual que el de muchos glaciares tierra adentro. A principios de año, la prensa desataba las alarmas al advertir que en la península antártica —la lengua de tierra que apunta a Suramérica— se habían casi rozado los 20 ºC. Cubierto en un 95 % de hielo y dueño del 70 % del agua dulce del globo, lo que ocurra en el continente blanco decidirá el clima del planeta.