Safari en las tierras que inspiraron la leyenda de 'Las minas del Rey Salomón'

Si hay un país en el África Austral que aúne la esencia de la sabana con las emociones más intensas, la atracción del mito y el misterio de las leyendas, ese es Zimbabue. Un lugar donde sentir el rugido del león es tan sobrecogedor como caminar por las que quizá fueran las minas del rey Salomón.

Carla Royo-Villanova
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La capital de Zimbabue, Harare, fue en origen uno de los bastiones fundados por las fuerzas vivas de Cecil Rhodes en sus ansias por colonizar África. El continente ya había atraído a aventureros pioneros ávidos por descubrir, pero también era foco de los más ambiciosos. Ninguno como Rhodes, quien, en nombre de su reina, aprovechó el espíritu colonizador británico en su propio beneficio. En 1890, en plena expansión de sus territorios, envió milicianos a fundar Salisbury, en honor del entonces primer ministro de la reina Victoria. Con este nombre justificaba otra de sus hazañas conquistadoras. Llegó a ser capital de Rodesia, pero lord Salisbury fue olvidado cuando en 1982 el gobierno, ya independiente del Reino Unido, cambió el nombre de la capital por Harare, esta vez en honor de un jefe shona.

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El aeropuerto internacional cuenta con la pista de aterrizaje más larga de África y su moderno edificio, torre de control incluida, es un homenaje arquitectónico a las ruinas del Gran Zimbabue. No en vano, estas ruinas clave del viaje dieron nombre al país tras la independencia conseguida después de más de diez años de guerra. Harare es ahora la ciudad más poblada del país y su centro administrativo, político y económico. Las calles son un simpático despropósito entre construcciones coloniales, deseos de modernidad y la precariedad que dejó la guerra. Los rascacielos se agolpan en el centro junto a edificios de la era británica; juntos conviven con mercados locales y venta ambulante a pie de acera. Bullicio, color y alegría, las calles del centro de Harare son un buen avance de lo que será el viaje, un apasionante contraste con un punto en común: su buena gente.

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Una gran avenida blindada por jacarandas da la bienvenida a Masvingo. Durante los casi 300 kilómetros de viaje desde Harare los verdes mopanes perfilan la carretera, dejando ver gigantes piedras graníticas, a veces amontonadas, otras solitarias. Al llegar a Masvingo el violeta de las jacarandas embellece edificios y locales comerciales. Estamos en otra de las grandes ciudades del país, pero Masvingo tiene algo que ninguna posee: la entrada a la leyenda.

De la historia a la leyenda

A 27 kilómetros al sur se encuentran las ruinas del Gran Zimbabue. Origen de África, semillero de leyendas y ahora nuestro destino. Desde que en 1929 Gertrude Caton Thompson abandonara el Gran Zimbabue, ninguna otra expedición arqueológica ha vuelto a estudiar este mágico lugar. Sus investigaciones concluyeron echando por tierra las racistas aspiraciones de Cecil Rhodes, pero también las románticas versiones del explorador alemán Karl Mauch. El complejo del Gran Zimbabue fue levantado por una etnia anterior a los shona. Sí, muy a pesar de Rhodes, fueron negros sus constructores y negros fueron sus habitantes.

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Uno de los primeros en escribir sobre el Gran Zimbabue fue Vicente Pegado, un capitán de la flota portuguesa que en el siglo XVI fue destinado a Sofala. Vicente Pegado escuchó hablar de las grandes ruinas de una civilización desaparecida, de las enormes construcciones en piedra y de las minas de oro que en un tiempo hubo. Sofala es en la actualidad una provincia de Mozambique, pero se encuentra muy cerca de las ruinas del Gran Zimbabue. El curioso capitán viajó hasta allí y de él son los primeros textos sobre las casas de piedra, verdadero significado de Zimbabue.

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Grandes muros y construcciones de piedra rectangular, casi perfecta, cortadas por la acción del frío nocturno y el contraste con el agua caliente que echaban sobre los grandes bloques de granito. Aquella civilización misteriosa colocó, una a una, cada piedra, sin argamasa ni ningún otro sustento, y así construyeron un lugar sagrado. Pegado escribió sobre los grandes muros circulares y la gigantesca torre cilíndrica dentro de uno de los recintos fortificados. Unos años después, Joao Barros, historiador también portugués, se interesó por el lugar y describió cómo las etnias locales aseguraban que aquel lugar había sido construido por demonios, pues el hombre era incapaz de hacerlo. Pegado y Barros escribieron sin saber que su legado sería origen de la leyenda de las minas del rey Salomón.

La reina de Saba

Tres siglos hubieron de transcurrir para que otra persona se interesara por nuestro destino. Karl Mauch recibió como regalo por su décimo cumpleaños un atlas de segunda mano. De origen humilde y mente inquieta, se sorprendió al ver en aquel libro que todo un continente estaba pintado de blanco. La curiosidad por saber qué se escondía en aquella inmensidad le llevó durante más de once años a estudiar árabe y otros idiomas, prepararse físicamente y aprender astrología, historia y otras ciencias que intuía imprescindibles para adentrarse en solitario en el corazón de África. Durante aquel largo aprendizaje leyó los escritos de Pegado y Barros, y su anhelo infinito por descubrir le llevó a imaginar que, en aquel lugar, sin duda alguna, estuvieron las minas del rey Salomón.

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Era Salomón hijo de David, aquel que venciera a Goliat. Su fama de hombre bueno, justo y sabio cruzó las fronteras más exóticas hasta llegar a oídos de una de las reinas más bellas y poderosas de la época: Makeda, la reina de Ofir, tan guapa como curiosa; su poder se pesaba en oro y su inquietud en piedras preciosas. Al saber de Salomón, quiso la reina conocerle en persona, organizando para ello un largo viaje hasta Jerusalén. No llegó con las manos vacías sino con elefantes cargados de oro, marfil, sándalo y piedras preciosas de su exuberante reino. El joven Mauch había leído también el Corán, el Antiguo Testamento y el libro sagrado de Etiopía, La gloria de los reyes. Sentía fascinación por la reina de Saba, y más aún por saber dónde se ubicaba su reino. Labró su propia historia: ni Yemen ni Sudán ni Etiopía; Ofir era Sofala y el Gran Zimbabue, desde donde la reina llevó los 3.960 kilos de oro y piedras preciosas hasta Salomón. Pero debía ir allí para demostrarlo y para ello necesitaba financiación.

El joven Karl Mauch consigue una entrevista con August Petermann, conocido cartógrafo alemán y director de la revista de geografía Petermanns Geographische Mitteilungen, fundada en 1855 y publicada hasta 2004. Avispado y cauteloso, Petermann le niega la ayuda, pero promete contar sus aventuras en su importante revista. Aquella promesa bastó a Mauch para emprender la ruta desde Inglaterra hasta el Gran Zimbabue, y embarcado como tripulante en un carguero llega a Durban en 1865. Caminó durante dos años hacia el norte y en un poblado entre Zimbabue y Botsuana conoce a Henry Hartley, un cazador inglés gran conocedor del África austral. Del explorador obtuvo la confirmación de la existencia de más de cuatro mil minas de oro en las proximidades de las casas de piedra.

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El legendario Ofir

Pero más suerte tuvo cuando en 1871 es capturado por los ndebele y conoce a Adam Render, esposo de una de las hijas del jefe de la tribu. El cazador alemán no solo le salvó la vida sino que le guió hasta la ciudad perdida del oro. Render había llegado unos años antes, y por casualidad, a las ruinas del Gran Zimbabue. Se topó con ellas mientras cazaba y fue el primer europeo del siglo XIX en verlas.

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Durante varios meses Render y Mauch exploraron cada rincón de las casas de piedra. Karl Mauch creyó estar seguro de haber encontrado la ciudad perdida del oro, las minas del rey Salomón, el territorio de Ofir y el palacio de la reina de Saba, réplica del que tuviera Salomón en Israel. Todo parecía coincidir con los escritos de Vicente Pegado y, desde luego, aquella joya arquitectónica no podía haber sido construida por ningún shona ni ndbele, a quienes consideraba primitivos y salvajes. La construcción se regía por las reglas arquitectónicas fenicias: muros curvados levantados con piedras sin argamasa y dinteles de madera de cedro libanés, exactamente igual que en el palacio de Salomón en Jerusalén.

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Escribió a Petermann asegurándole haber encontrado el reino de Ofir, ahora llamado Sofala, y el palacio de la reina Makeda. Le confirmó también que las más de cuatro mil minas de oro que le había enseñado Hartley eran sin duda las minas del rey Salomón. Ya de regreso a Alemania nadie dio importancia a los más de veinte años que había invertido en su hazaña. Enfermo, arruinado y alcoholizado, en 1875 murió tras caer por la ventana de su apartamento, pero nunca se confirmó el suicidio. La leyenda terminaría de forjarse tras la publicación en el año 1885 del que sería el libro más leído del siglo XIX, Las minas del rey Salomón. El best seller de Rider Haggard, que había leído los artículos de Pertermann, novelaba las aventuras de Mauch y describía la leyenda.

Por aquella época ya se encontraba en África el británico Cecil Rhodes, quien, aquejado por una enfermedad, había llegado a Sudáfrica para curarse en la plantación de su hermano. Su ambición infinita lo convirtió en el hombre más rico del mundo. Alguien como él no podía quedarse al margen de una leyenda tan increíble como la que describía Haggard y envió al Gran Zimbabue a dos fracasados arqueólogos, Theodore Bent y Carl Peters.

Rhodes financió su expedición a cambio de dos importantes consignas: la primera, demostrar que efectivamente la acrópolis había sido construida por hombres blancos, y la segunda norma era también muy clara, expoliar y robar lo que quisieran. Devastaron todo lo que pudieron, rompieron incluso dos metros del alzado de la gran torre cilíndrica creyendo que en su interior escondía un gran tesoro, y robaron ocho águilas de piedra jabón, hoy símbolo del país y que por fortuna pudieron recuperarse. Se encuentran en el museo del Gran Zimbabue junto a otros objetos encontrados entre las ruinas.

Los tres complejos

El Complejo de la Colina, de los tres reductos que componen el Gran Zimbabue, es el más antiguo; las piedras que formaban el salón del trono estaban forradas de oro. Se encontraron platos de cerámica china fechados miles de años antes de Cristo, clavos de oro, monedas árabes, objetos persas de la antigua Mesopotamia e incluso una escultura del faraón Tutmosis IV y cientos de piezas que dejaban claro que aquella civilización era milenaria pero muy sofisticada, con un nivel de comercio realmente asombroso.

El Complejo de la Colina estuvo dedicado a los reyes y a los dioses, y solo los sabios y sacerdotes tenían acceso. Está dominado por una gigantesca piedra con forma de águila en la sala del trono. El pueblo se ubicaba abajo, en la llanura. Siglos más tarde se construyó el tercer complejo o recinto amurallado, lo que Mauch creyó ser el palacio de la reina de Saba. De este recinto, cerrado por un muro ovalado de 11 metros de altura y hasta 6 metros de ancho en alguna de sus partes, se sabe que fue también el palacio de los reyes. Más de un millón de ladrillos sin argamasa conforman el recinto sagrado, compuesto por gigantes muros con formas redondeadas, laberínticos pasillos y salas circulares. Es aquí donde está la torre cilíndrica de la que se desconoce su propósito y significado.

Todo parece seguir siendo un misterio. De las ruinas del Gran Zimbabue hay datos a partir del siglo X y hasta el éxodo de sus habitantes en 1450, cuando se produjo La Gran Caminata. Casi veinte mil personas de la etnia de los shona llegaron a vivir aquí atraídos por la riqueza de la zona y el lago Kyle. El rey de los monomotapa tomó la decisión de sacar a su pueblo de ahí cuando el lago se secó y emigraron a territorios más prósperos. Lo que sucedió antes queremos que siga siendo leyenda, pero casi con toda seguridad fueron antepasados de los shona quienes disfrutaron del oro y las riquezas de la zona y supieron comerciar con ellas, viajando a lejanos lugares. Quizá en esos viajes aprendieran a construir como los fenicios. Lo que sí es seguro es que el Gran Zimbabue son las ruinas arquitectónicas y arqueológicas más antiguas, grandes y misteriosas de África.  

Los montes Matobo

Tomando ruta suroeste hacia Botsuana, en algo más de dos horas se llega a Matobo, uno de los grandes Parques Nacionales de Zimbabue. En el corazón sagrado de los ndebele emergen los Montes de Matobo, gigantes y milenarias formaciones graníticas que desafían al equilibrio. Por su orografía, sirvieron como hábitat y refugio perfecto para el hombre desde la Edad de Piedra.

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El arte rupestre del África austral tiene aquí su máximo exponente en las cuevas de Pomongwe y Nswatugi. Por este motivo las colinas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad. Y son en estas colinas donde descansan los restos de Cecil Rhodes, dominando el mundo, tal y como él siempre quiso. Dicen que desde estas rocas el dios Mwari habla con todas sus comunidades y que aquí viven espíritus ancestrales. Es un lugar sagrado donde aún hoy se celebran ritos para invocar o agradecer a los ancestros. Zimbabue es espiritual y mágico.

Entre estos castillos o kopjes graníticos, el Parque Nacional abarca más de 400 km2. La abundancia de damanes o tejón de Hyrax y el hecho de ser un espacio protegido ha permitido que prolifere una gran comunidad de leopardos. El rinoceronte blanco es otra de las maravillas de Matobo. Punto de mira de mafias y furtivos, apenas quedan 19.000 en toda África y, a pesar de estar protegidos, cada día de vida es un logro para ellos y para los ranger que los vigilan. Más escalofriante es la cifra de rinocerontes negros, cuatro mil en África y a punto de la extinción. En Matobo se ha conseguido asentar a algunas familias que con suerte veremos en el paseo. No se puede conocer Zimbabue sin estar al corriente de la tragedia que sufren rinocerontes y pangolines. El cuerno de uno y las escamas de otro, pura queratina, son mágicas soluciones curativas en varios países asiáticos y las cifras astronómicas que por ellos pagan convierten al furtivismo en una forma de vida. Vida y muerte, de nuevo los contrastes del país dorado.

Safari fotográfico

Un largo viaje espera hasta el Parque Nacional de Hwange. En algunos tramos de las carreteras de Zimbabue puede haber controles policiales; no habrá ningún problema si nadie les fotografía. Hwange es majestuoso, brutalmente intenso, la vida de cada animal se palpa y en cualquier momento uno puede ser protagonista de una gran aventura. Es el Parque más grande de Zimbabue y el que cuenta con mayor número y variedad de animales. La belleza de Hwange, su paisaje pintado con acacias, euphorbias, mopanes, tekas y camel thorns, sumado a la variedad de fauna, lo convierte en sublime. Aquí habitan los cinco grandes: elefantes, rinocerontes, leones, búfalos y leopardos. Estos últimos son más complicados de ver, pero no imposible.

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Los amantes de la ornitología tienen en Hwange momentos de gloria. Es fácil ver a la grulla coronada, uno de los símbolos del país; al turaco gris, a la carraca de pecho lila, de las aves más bellas del mundo, y también buitres y marabúes. La comunidad de elefantes es de las mejores de África. Comparten charcas con cocodrilos y caminan junto a las pintorescas y folloneras gallinas de Guinea. Familias de hipopótamos flotan felices en sus pozas, pero que ningún otro macho alfa intente colonizar la charca inapropiada.

Con ferocidad y sin compasión atacan al invasor. En Hwange veremos también jirafas, cebras, facóceros, kudus, miles de impalas, pero también a la bestia salvaje, o ñu, ese animal que Dios hizo con todo lo feo de África. En la gran charca de Nyamandhlovu quizá aparezca el antílope ruano, o el sable, o el Steenbok, el más pequeño del Parque. Los babuinos juguetean o descansan a la sombra de las acacias, los elefantes aprovechan para el baño y las cebras se miran en el espejo del agua. Lo único que pasa inadvertido en Hwange es el tiempo.

“El humo que truena”

Esta aventura apasionante, cautivadora y cultivadora de aprendizajes termina empapada de agua e historia. Las cataratas Victoria, con 1.708 metros de longitud y hasta 108 metros de caída libre, forman la mayor cortina de agua del mundo y son la última parada. Frontera entre dos países, Zambia y Zimbabue, las Mosi oa Tunya rugen su fuerza y cuentan parte de la historia del África del siglo XIX.

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Más allá de la brutal belleza de las aguas del Zambeze arrojándose al vacío, las Victoria representan la pasión de aquellos primeros colonizadores, aventureros y exploradores del África austral. Livingstone llegó a África para evangelizar y el continente lo transformó en un auténtico explorador que acabó luchando contra la esclavitud. En 1855 llega a las Victoria tras escuchar al rey Macolele hablarle del “humo que truena”, las Mosi oa Tunya. En honor a su reina les cambió el nombre; años más tarde, la reina Victoria prohibiría el mercado de esclavos a petición del misionero.

Es también aquí donde Cecil Rhodes quiso ser más fuerte que la catarata, dominar el continente y que todos alabaran su megalomanía. Hizo construir un puente metálico sobre los cañones del Zambeze. No llegó a verlo terminado, pero su espíritu ambicioso quedaría metalizado en las Victoria para siempre. Zimbabue deja claro que es el país del contraste. La generosidad de Livingstone contra la ambición infinita de Rhodes. La sosegada belleza de un delta contra la autoritaria fuerza del agua.