Rutas salvajes por Nueva Zelanda

Ahora que ya se puede visitar de nuevo Nueva Zelanda, después de la reapertura de sus fronteras por la covid-19, emprendemos un viaje por la naturaleza extravagante y los mitos y leyendas que convierten al país kiwi en destino soñado de los viajeros.

Alfredo Merino
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Foto: Lina Shatalova / ISTOCK

Este reportaje podría haberse llamado Una docena de razones para conocer Nueva Zelanda, o 20, o 35… cualquiera de ellas se quedaría corta. También podría haberse titulado Un viaje por Hobbit Land o En busca de la Tierra Media. Como sea, todos ellos intentan reflejar las irresistibles maravillas y la capacidad de inspiración del país kiwi para turistas y viajeros. Después de dos años de absoluto aislamiento con el mundo exterior por la covid-19, Nueva Zelanda ha reabierto sus fronteras a los visitantes; siempre vacunados y bajo ciertas medidas y restricciones, por supuesto. Pequeño precio que merece la pena pagar, por el retorno que se obtiene. La información puede comprobarse en uno de los recuadros incluidos en este reportaje.

Aroaki/Monte Cook y cruce de Ball Pass desde la cima Kaitiaki
Aroaki/Monte Cook y cruce de Ball Pass desde la cima Kaitiaki | ALFREDO MERINO

Paraíso soñado para quienes desean conocer lugares exóticos y diferentes a su entorno, Nueva Zelanda une a la lejanía respecto a nosotros su naturaleza excepcional y tan diferente a cualquier otra de las que conocemos. De puro inhabitual y extraño que resulta, el país kiwi parece pertenecer a otro planeta. Comenzamos un viaje por las irresistibles islas de las Antípodas. De la península de Coromandel, en la isla Norte, hasta los fiordos de la isla Sur se extienden centenares de kilómetros cuadrados de naturaleza virgen. Conviene recordar aquí que, con una extensión que es la mitad de la de España, solo son cinco millones de neozelandeses. 

En Nueva Zelanda, la naturaleza es religión y algo más. La selva de Te Urewera es el mejor ejemplo de ello. En 2014 fue el primer espacio natural del mundo que alcanzó identidad legal propia, con los mismos derechos y deberes que si fuera una persona jurídica.

Crucero en Milford Sound
Crucero en Milford Sound | ALFREDO MERINO

En el país de los kiwis no hay líneas eléctricas que corten el paisaje, ni un edificio mancilla los lugares naturales, nada de autopistas —excepto en el entorno de urbes como Auckland—, ni el menor rastro de un cartel publicitario, apenas dos líneas ferroviarias. Un territorio donde los visitantes, sean acomodados turistas o aventureros trekkers, acuden con el objetivo de vivir su propia road movie de naturaleza y leyendas. 

Bosques primigenios, ríos poderosos, cataratas, montañas de glaciares eternos, fumarolas, géiseres y estanques rebosantes de lava en ebullición, volcanes activos, fiordos, acantilados que brotan de playas antracitas y desiertos con semblanza de un Far West aquí más lejano que de cualquier otra parte, son elementos de un escenario digno del Génesis.

Primordial territorio que ha servido de inspiración a Peter Jackson, que lo eligió como escenario de las exitosas El Señor de los Anillos y El hobbit, basada en las obras homónimas de J. R. R. Tolkien. Han pasado veinte años desde el estreno de la primera de ellas y los paisajes de la Tierra Media y la Comarca, perdón, de la naturaleza de Nueva Zelanda donde se rodaron, se han convertido en atractivo imbatible del país. Su éxito se multiplicará a partir del próximo 2 de septiembre. Ese día está anunciado el estreno mundial de la serie televisiva de Amazon sobre El Señor de los Anillos, cuyos primeros capítulos corren a cargo del español Juan Antonio Bayona.

Avioneta sobrevolando el lago Wakatipu, con el Monte Aspiring en el horizonte
Avioneta sobrevolando el lago Wakatipu, con el Monte Aspiring en el horizonte | ALFREDO MERINO

Auckland, volcanes y barcos

El origen volcánico de estas islas situadas en el suroeste del océano Pacífico invita a empezar por su geotermia. Auckland, por ejemplo, alberga en su territorio más de 50 edificios volcánicos. Entre todos destaca Maungakiekie/One Tree Hill (la Colina de un Solo Árbol) o, en lengua maorí, Te Totara-i-ahua (El Totara que está solo). Este cono volcánico, referencia de la cultura de los primeros habitantes de la isla, es hoy un parque urbano en cuya cima se eleva un obelisco, monumento a los maoríes. 

Desde sus 196 metros se contempla la ciudad más grande del país, que se extiende en un área de 360 kilómetros cuadrados y alberga a un millón y medio de habitantes, casi un tercio de la población kiwi. Asentada en torno a un dédalo de bahías y canales que son responsables del ascendente oceánico de una nación que presume de tener más de dos embarcaciones por habitante. 

Jetboat en los cañones del río Shotover
Jetboat en los cañones del río Shotover | ALFREDO MERINO

Aunque si lo que se quiere es una altura de referencia, hay que marchar al downtown, donde se alza la Sky Tower. Con una altura de 328 metros es la estructura independiente más alta del hemisferio Sur y la construcción número 28 más elevada del mundo. Aunque por lo que es conocida es porque aquí está el Sky Jump. Paradigma de los deportes de riesgo, es un salto de 192 metros, que se realiza atados a un cable, lanzándose desde la techumbre de la antena y alcanza 85 kilómetros por hora. Unos segundos después, se aterriza en una diana pintada al pie de la torre. 

Quienes no se atrevan a tan adrenalínica experiencia, pueden conformarse con el no menos excitante paseo por la azotea del edificio, donde el cable que ata a quienes salen al exterior no impide que se les hiele la sangre en las venas mientras caminan a centímetros del vacío.

Vista aérea del lago suspendido Thomson en el Parque Nacional Fiordland
Vista aérea del lago suspendido Thomson en el Parque Nacional Fiordland | ALFREDO MERINO

A pesar de sus dimensiones, Auckland no es la capital de Nueva Zelanda, esta es Wellington. Urbe de carácter bohemio situada en el extremo sur de la isla Norte, alberga a poco más de doscientos mil habitantes y las principales instituciones gubernamentales. Destaca en su geografía Te Papa, Nuestra Casa o, más completo, Nuestro contenedor de cosas y gentes queridas que surgen de la Madre Tierra de Nueva Zelanda. Situado junto al puerto y la simbólica Civic Square, este museo nacional es lugar indispensable para sumergirse en la naturaleza, la cultura y la historia de las antípodas. 

Antes de abandonar la isla norte, Taupo es otro destino clave. A orillas del lago sagrado del mismo nombre, se localiza Wai O Tapu, agua sagrada en maorí. Zona geotermal en plena actividad, abundan en ella cráteres, géiseres, piscinas, charcos de lodo y fumarolas que conforman un espectáculo de formas, olores, colores y manifestaciones telúricas. La Casa del Diablo, el Cráter del Arcoíris, la Piscina de Champán, el Cráter del Trueno o el Baño del Diablo son las más espectaculares.

Bungee jumping sobre el río Kawaru
Bungee jumping sobre el río Kawaru | ALFREDO MERINO

Si en la isla norte se localizan los asentamientos más importantes, en la isla sur vive la naturaleza virgen. Primitiva, salvaje, extravagante incluso, Taranaki, Kakaramea, Punakaiki, Whirinaki… nombres extraños que señalan paisajes que parecen sacados de los Alpes Suizos, de la costa noruega, de los desiertos de Arizona o de las selvas americanas. A pesar de que apenas subsiste el tres por ciento de su extensión original, son los bosques tropicales lo más reseñable.

Whirinaki destaca entre ellos. Esta selva lluviosa presume de ser la única del mundo en albergar cinco grandes familias de podocarpos, primitivas especies arbóreas que pueden sobrepasar 60 metros de altura. Recorrer alguno de los senderos que pasan bajo ellos y entre espesuras de helechos arborescentes es un viaje en el tiempo.

Bosque de helechos arborescentes en Whirinaki
Bosque de helechos arborescentes en Whirinaki | ALFREDO MERINO

La cuna de los deportes de riesgo

También se puede considerar un viaje en el tiempo practicar algún deporte de riesgo en el lugar donde nacieron. Los inventores del salto elástico no cejan en su empeño de añadir deportes extremos a la lista de estas actividades. Algunas tan sorprendentes como el zorbing, mareante descenso dentro de una burbuja plástica, el freefall, vuelo controlado en un tubo de aire, y el swoop, salto colgado de un cable en el que se alcanzan 130 kilómetros por hora. 

Área volcánica de Taupo, en Waikato
Área volcánica de Taupo, en Waikato | ALFREDO MERINO

Queenstown es la capital de todos. En sus cercanías nació el más popular de estos deportes: el benji, bungy jumping o salto elástico. El lugar elegido fue el viejo puente de hierro sobre el río Kawarau, donde en 1988 A. J. Hackett decidió emular el salto ritual de los aborígenes de Vanuatu, que se lanzaban al vacío atados los tobillos con lianas. La empresa continúa con un éxito arrollador y lista de espera para realizar un salto de 43 metros.

Trekking sobre el glaciar Abel Tasman
Trekking sobre el glaciar Abel Tasman | ALFREDO MERINO

Sin alejarse de la ciudad a orillas del lago Wakatipu, el río Shotover ofrece otra actividad rebosante de adrenalina, el  llamado jetboat. Consiste en recorrer los estrechos desfiladeros en una lancha a 85 kilómetros por hora. Más relajante es la propuesta de Glenorchy. Cercano a Queenstown es uno de los más accesibles lugares entre los 150 en los que se rodó El Señor de los Anillos. En el mismo bosque en el que los espectros nazgûl persiguen a Frodo Bolsón puede realizarse un inspirador paseo a caballo.

El patio de juego de Edmund Hillary

Con una treintena de cimas por encima de los tres mil metros de altura, los Alpes neozelandeses nada tienen que envidiar a los Alpes europeos. Territorio de extensos glaciares, ocupa su cogollo el Parque Nacional Aoraki, también llamado Monte Cook, su mayor altura, con 3.764 metros. En esta región el personaje más popular de la historia de Nueva Zelanda templó sus armas. Hablamos de Edmund Hillary, un apicultor que en 1953, en compañía del sherpa Norgay Tenzing, alcanzó por primera vez la cima del Everest. El billete de cinco dólares neozelandeses, el más reconocido del país, lleva su esfinge. 

Nueva Zelanda salvaje
ALFREDO MERINO

Al pie de su montaña predilecta, un museo refiere la apasionante vida de este explorador nacido en Auckland. Hacia lo alto, innumerables posibilidades para practicar trekking y alpinismo. Aunque la mayoría de los visitantes se contentan con un cómodo vuelo en helicóptero hasta el glaciar Franz Josef, el más extenso del lugar.

El obligado viaje hacia el sur del país hace que no pase por alto una parcela del exótico mundo kiwi: las explotaciones ganaderas. Es habitual recorrer decenas de kilómetros de carreteras que cruzan un paisaje de interminables granjas donde pastan miles de cabezas de ganado. Todo comenzó cuando en 1773 el navegante James Cook soltó una pareja de ovejas en Queen Charlotte Sound. Ambos murieron al poco, pero desde entonces la ganadería ha prosperado en las antípodas hasta cifras que marean. 

Nueva Zelanda salvaje
ALFREDO MERINO

En la actualidad Nueva Zelanda tiene 26 millones de ovejas y otros tantos de vacas, más de cinco de cada una por habitante. Además, los kiwis se han afanado en la cría comercial de otras especies. Avestruces, emúes, alpacas, llamas, búfalos, cabras de angora… hasta ciervos, especie de la que el país es el principal productor mundial, un animal del que se comercializa su carne y sus cuernos, apreciado ingrediente de la medicina oriental. El Agrodome, singular parque temático agrícola, es el mejor lugar para dejarse sorprender por el universo granjero de los kiwis.

En el remoto sur se encuentra la que está considerada la excursión más espectacular del mundo: Milford Track. Se trata de una caminata de cinco jornadas que concluye en el no menos legendario Milford Sound, o, si se quiere, Piopiotahi, nombre maorí de un fiordo donde el epíteto es obligado. Basta decir que el escritor Rudyard Kipling lo denominó “la octava maravilla del mundo”.

Nueva Zelanda salvaje
Ooriya Ron / ISTOCK

Corazón del Parque Nacional de Fiordland, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1990, la leyenda asegura que este brazo del mar de Tasmania, encajado entre montes cuyas paredes de más de kilómetro y medio de altura caen a pico a las aguas, fue tallado con su hacha por Tu-te-raki-whanoa, la divinidad maorí que creó esta parte de la costa neozelandesa. 
Recorrer sus 14 kilómetros a bordo de un crucero permite salpicarse con la espuma de la cascada Lady Bowen, practicar kayak entre delfines y también admirarse con las focas y pingüinos del lugar. Asombroso epíteto final a una visita inolvidable a las antípodas.