Una ruta por el Vístula, el río más salvaje de Polonia

El río Vístula es otro de los grandes símbolos de Polonia con Chopin, Copérnico y la Virgen de Czestochowa. Un cauce de más de mil kilómetros que cruza el país de sur a norte dejando paisajes bucólicos, tierras fértiles y ciudades históricas, en definitiva, pequeñas joyas que se han conservado en las orillas naturales de uno de los ríos más salvajes de Europa.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Al Vístula se le considera el río nacional de Polonia. No en vano, sus 1.092 kilómetros de longitud lo convierten en el más extenso de todos los que desembocan en el mar Báltico y uno de los más largos de Europa. Los polacos hablan de él como el gran símbolo de su país, pues ha sido fuente de riqueza desde la Edad Media, época en el que constituía el camino natural para transportar productos como el trigo de las tierras fértiles de Polonia, el vino húngaro, el ámbar báltico o la sal, muy apreciada por sus propiedades para conservar los alimentos.

Ricardo Salvador

Hoy, perdida ya esa actividad comercial fluvial que no su carácter agreste y salvaje, sí conviene saber que el río no es navegable durante todo su recorrido, a pesar de contar con algunas esclusas en su curso, aunque sí hay tramos muy bellos para hacerlo en los entornos de Cracovia y Varsovia, y sobre todo en el tramo entre Torun y la desembocadura en Gdansk.

Tres cursos mágicos

Antes de iniciar el viaje conviene saber que en el Vístula se distinguen tres cursos: el Vístula Alto, desde su nacimiento entre los Beskides y los Sudetes hasta la Pequeña Polonia, atravesando Auschwitz —donde empieza a ser navegable— y Cracovia hasta Sandomierz; el Vístula Medio, que culmina en Plock tras pasar por la capital, Varsovia, y el Vístula Bajo, donde el río desemboca en un bello delta a orillas del Báltico. No es recomendable recorrer el Vístula en un solo viaje, visitando todas sus ciudades históricas, pues requeriría de muchos días de desplazamientos, pero el tramo entre Varsovia y Gdansk puede ofrecer una idea clara de lo que es y el río tiene suficientes atractivos turísticos para una semana de recorrido, combinando el viaje en coche y alguna excursión en barco.

La ciudad de Torun es conocida como la Cracovia del Norte. | Eduardo Grund

Es en el Vístula Medio donde se despliega el Vístula más salvaje, que conserva sus orillas naturales. Tras recorrer los paisajes calcáreos de la Alta Silesia, los altos de Lublin y la meseta de Sandomierz, el cauce alcanza Varsovia. El Vístula en la capital ya es muy ancho y divide la ciudad en dos zonas opuestas: la orilla izquierda, que nos traslada a la Polonia elegante y romántica de Federico Chopin de los siglos XVII y XVIII, con sus palacios y edificios de la ruta real desde la Plaza del Castillo hasta el Parque Real de Lazienki, iluminados normalmente en esta época navideña con más de cuatro millones de bombillas led y cientos de elementos decorativos, mientras que la orilla derecha —el barrio de Praga— propone todavía el ambiente de los barrios obreros de finales del siglo XIX y principios del XX. El río dividió también en 1944 dos zonas de influencia militar, pero fue en el barrio de Praga donde se asentaron las tropas soviéticas enfrente de la vieja ciudad ocupada por los nazis. Por eso este barrio, muy popular ahora entre los varsovianos, muestra algunos antiguos edificios que no fueron bombardeados en la contienda.

El Gran Arsenal de Gdansk, que alberga en su segunda planta la Academia de Bellas Artes. | Eduardo Grund

Destaca la impresionante iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, de estilo ruso bizantino, en este barrio donde rodó Roman Polanski la mayoría de las escenas de su premiado filme El pianista.

En la actualidad, el Vístula en Varsovia ofrece excursiones de observación de la naturaleza, sobre todo de aves, y de kayak por el río, aunque los que busquen una visita-sorpresa pueden acercarse, por tren, a la fortaleza de Modlin, en un bello enclave a orillas del Vístula y del Narew, que fue construida por orden de Napoleón y se convirtió después en refugio de los ejércitos de cuatro países: Francia, Rusia, Alemania y la propia Polonia.

El castillo de Malbork es el castillo de ladrillo más grande del mundo. | Eduardo Grund

La Cracovia del Norte

Abandonando el curso medio del río, Torun asombra ante los ojos del cualquier visitante. Esta es la ciudad natal del astrónomo Nicolás Copérnico, el primer hombre en sostener que el Sol era el centro del universo y que la Tierra se movía en el cielo como un planeta más, pero también la fama de esta gran urbe medieval que llegó a contar con más de 50 torres le viene por su arquitectura. Tanto es así que muchos especialistas han considerado a este destino la Cracovia del Norte, pues escapó de la Segunda Guerra Mundial sin demasiados destrozos. De ahí que sus murallas, de más de un metro y medio de grosor, se hayan mantenido muy bien conservadas junto al Vístula, sobre todo en uno de los casi tres kilómetros que ocupaban en sus orígenes.

Los museos son una gran baza para disfrutar por el Vístula. | Eduardo Grund

El mejor punto para observar la belleza de esta fortificación es desde el otro lado del río en la isla de Kepa Bazarowa, hoy lugar donde los habitantes de Torun disponen de una playa para tomar el sol en verano y un mirador para divisar el skyline de la ciudad. Desde esa isla partía un célebre puente medieval, del que hoy solo quedan sus cimientos bajo el agua, que conectaba directamente a la ciudad desde los muelles, el puerto desde donde partían los barcos con el grano hasta lugares tan alejados como Londres.

Vista de Varsovia al anochecer, con el Palacio de Cultura y Ciencia iluminado de colores. | Eduardo Grund

Hoy quedan dos puertas más en las murallas, la Puerta del Monasterio y la Puerta de los Marineros, por donde siempre entraba el rey de camino a la catedral en un recinto donde puedes asombrarte observando una torre inclinada para estudio de la física, una torre con la letrina más elevada del continente o la primera escuela de la Armada del Reino. Este edificio se ubicó en Torun a pesar de encontrarse a casi 200 kilómetros del mar y lo ocupa en la actualidad el Hotel Bulwar. Junto a los muros históricos de este establecimiento de cuatro estrellas llaman la atención las marcas de las inundaciones del Vístula a lo largo de la historia, siendo la mayor de 10,74 metros en 1570.

Al fondo, el Palacio de Cultura y Ciencia de Varsovia. | Eduardo Grund

La trompeta de Dios

Buscando las raíces de Torun hay que situarlas en 1233, cuando los caballeros teutones fundaron este enclave para convertirlo en un nudo estratégico comercial del Vístula. Durante casi dos siglos la poderosa Orden dirigió sus destinos, hasta que en 1454 los vecinos se rebelaron y la ciudad pasó a manos de los reyes de Polonia.

De ese brillante pasado resalta poderosamente un templo, la catedral de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista, con la campana medieval más grande de Polonia (7,5 toneladas), conocida como la trompeta de Dios, que hacia 1500 anunciaba el fin del mundo, y un gran reloj en su pared exterior con una sola manilla, conocida como el dedo divino, visible desde muy lejos para los marineros que se acercaban a la ciudad en sus barcos por el río.

Interior del castillo de Malbork. | Eduardo Grund

En el interior de la iglesia hay que buscar una misteriosa pintura negra de 1478 que muestra el sufrimiento de Jesucristo en lo más alto del muro de la nave sur, cuyo significado se asocia a la peste negra que azotó el país en la Edad Media o a que simplemente la obra no fue terminada, y por otro lado, en una de las capillas laterales de la misma nave, se puede ver la pila gótica donde fue bautizado Copérnico en 1471 con una placa conmemorativa de 1580. Como no podría ser de otra forma, la figura del ilustre astrónomo aparece en cualquier rincón de Torun. En hoteles, bares, la Universidad, tiendas, donde se venden los pierniki, las famosas galletas de jengibre que se degustaban en el siglo XIII, y sobre todo en la plaza principal que preside el Ayuntamiento.

Allí se alza el monumento a Nicolás Copérnico, tallado en 1853 por el escultor Friedrich Tieck, muy fotografiado con el fondo de la hermosa torre de la casa consistorial, de 42 metros de altura, a la que se puede subir para disfrutar de la más hermosa panorámica de Torun. También se puede visitar la casa del astrónomo en el número 15 de Kopernika, interesante en el exterior, puesto que es un buen ejemplo de las viviendas de los mercaderes de la Liga Hanseática.

Una de las calles peatonales de Gdansk, con el Museo del Ámbar al fondo. | Eduardo Grund

Por el bulevar Filadelfia, que transcurre en paralelo al río Vístula para ciclistas y peatones, y una vez atravesado el puente Kwidzyn, que fue traído pieza a pieza de una localidad cercana para instalarlo en Torun en los años 20 del pasado siglo, se vislumbra cómo el río se desplaza hacia el norte en la última parte de su curso por las tierras del Bajo Vístula.

A poco más de 40 kilómetros de Torun se alza la ciudad de Chelmno, origen del gran Estado Teutón, al ser regalado por Konrad, el duque de Mazovia, a los caballeros que en un principio quisieron que fuera su capital, honor que recayó finalmente en Malbork. La ciudad de Chelmno destaca por su Ayuntamiento renacentista, situado en medio de una amplia plaza, y por la iglesia de la Anunciación de la Virgen María, que custodia una reliquia de San Valentín, un trozo de su cráneo del tamaño de un dedo, que locales y visitantes veneran de tal manera que este destino ya luce en su publicidad el nombre de la ciudad de los enamorados.

Chelmno, a la que se conoce como la ciudad de los enamorados porque custodia una reliquia de San Valentín. | Eduardo Grund

De Grudziadz a Gniew

La ruta continúa por ese Vístula salvaje, que aglutina en sus orillas numerosos graneros como los de Grudziadz, los más famosos, con 26 edificios de ladrillo alineados en esta villa que tenían fines defensivos, aparte de la propia función enfocada a la alimentación. Todavía hoy, como antaño, los campos de trigo crecen en ese rincón polaco, aunque la producción agrícola se ha diversificado más en esta ruta gastronómica, con otros manjares que produce el valle, como las ciruelas, las manzanas, las uvas, las coles y la colza, que embellece algunos campos con su brillante color amarillo.

Más adelante surge Gniew, con su imponente castillo vigía de los caballeros teutones, una fortaleza iniciada en el año 1283 con cuatro torres en los ángulos y una sólida torre del homenaje, por la que también suspiraron los caballeros de la Orden de Calatrava.

Estatua de Nicolás Copérnico al anochecer en su ciudad natal, Torun. | Eduardo Grund

En verano se celebran en su interior festivales, torneos y banquetes medievales, y campus para jóvenes fans de la famosa saga de Harry Potter.

Un poco antes de alcanzar el delta del Vístula, conviene desviarse solo unos kilómetros por su afluente, el Nogat, para alcanzar Malbork, donde se levanta el castillo de ladrillo más grande del mundo, Patrimonio de la Unesco desde 1997.

Ampliado y embellecido a partir de 1309, año en que la sede del Gran Maestre de la Orden Teutónica fue transferida de Venecia a Malbork, este antiguo monasterio fortificado del siglo XIII llegó a ser el ejemplo más acabado de castillo medieval construido en ladrillo durante los 150 años que permaneció en poder de los caballeros. Pasó a manos de los reyes polacos durante tres siglos, luego fue dominio prusiano a finales del siglo XVII para ser meticulosamente restaurado en el XIX y a principios del XX con técnicas que hoy se han convertido en normas en materia de restauración. Tras los graves desperfectos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en su iglesia, una joya medieval reparada con los pocos restos que quedaron de ella, el castillo ha vuelto a lucir todo su esplendor tanto en su fachada exterior como en su interior laberíntico.

Río Motlawa a su paso por el puerto de Gdansk. | Eduardo Grund

La renacida Gdansk

El viaje por el Vístula culmina en Gdansk, la histórica ciudad de Walesa y el sindicato Solidaridad. Este punto clave en el inicio de la Segunda Guerra Mundial parece como si hubiera salido de un mal sueño tras ser devastado por alemanes y rusos en el crudo conflicto bélico y ahora brilla con toda su belleza arquitectónica. No hay más que darse un paseo por la ciudad vieja y, sobre todo, por la Vía Real de la antigua Danzig prusiana para disfrutar de ese delicioso camino real, flanqueado por las prósperas casas de los mercaderes y presidido por su imponente Ayuntamiento y la fuente de Neptuno. El lugar está repleto de terrazas, cafés, museos e históricos edificios de los ricos alemanes adornados con vistosas fachadas —no deje de ver la Corte del Rey Arturo— que muestran un encanto peculiar, mucho más en Navidad, cuando se instalan los puestos tradicionales de su feria para celebrar el Fin de Año.

Castillo de la Orden Teutónica en Gniew. | Eduardo Grund

La calle más bonita y comercial es Mariacka, situada junto a la iglesia de Santa María, que guarda en su interior un bellísimo reloj astronómico, con sus viejas escalinatas para acceder a las viviendas y sus pequeñas tiendas en los sótanos donde se vende ámbar y bisutería junto a otros puestos al aire libre. La callecita fue reconstruida piedra a piedra como todo el casco antiguo y con tanto acierto como el de la capital Varsovia, aunque no recibiera finalmente el premio de la Unesco, pero afortunadamente nada ya recuerda el triste escenario de la contienda.

Dando un paseo a partir de las dos puertas históricas de la vieja ciudad (la Puerta de Oro y la Puerta Verde) merece la pena visitar sus célebres muelles. El más antiguo mantiene la grúa medieval de madera mejor conservada de toda Europa, pues era capaz de levantar barcos para reparar a más de 20 metros de altura. Está situada junto al río Motlawa delante de la Isla de los Graneros, un espacio olvidado enfrente del casco viejo que está siendo reconstruido actualmente. Los muelles más modernos se encuentran más cerca de la desembocadura del Vístula y fueron testigos, con el sindicato Solidaridad a la cabeza, del cambio de la fisonomía política de la Europa del Este en el último tercio del siglo XX.

Hay tiendas especializadas en ámbar en el casco histórico de Varsovia. | Eduardo Grund

Los astilleros que llevaban el nombre de Lenin han perdido gran parte de su actividad, incluso en sus antiguos solares ya hay lugares destinados a la cultura que sirven para exposiciones y eventos musicales, pero la zona desprende todavía una atmósfera nostálgica que se puede entender con más profundidad si se visita el monumento en recuerdo de los trabajadores caídos de los astilleros en 1970 con su forma de tres cruces con anclas. Un enclave histórico y de reflexión que hay que recorrer, al igual que el Museo de la Segunda Guerra Mundial, con una original exposición que incluye tres carros de combate (estadounidense, soviético y nazi), recuerdos de familias que sufrieron la guerra, armamento, uniformes y representaciones de la vida cotidiana de quienes vivieron el conflicto y la ocupación, con recreaciones de viviendas y espacios urbanos. El museo costó más de 100 millones de euros, se inauguró en 2017 y está situado en Westerplatte, el antiguo depósito militar polaco junto al río Motlawa, muy cerca del lugar donde se inició la Segunda Guerra Mundial.