Ruta por las Islas Cícladas: de Santorini a Folegandros

Enclavadas en pleno mar Egeo y dispuestas de forma circular alrededor de la isla sagrada de Delos, las Cícladas son las que mejor reflejan la imagen que todos tenemos del archipiélago griego: pueblecitos de casas encaladas, callejuelas estrechas desbordantes de buganvillas y playas doradas de aguas cristalinas. El recorrido a bordo del velero a motor MS Galileo promete desvelar tanto las islas más icónicas —Santorini y Mikonos— como las menos conocidas: Poros, Poliegos, Folegandros, Paros y Siros.

Vista de las terrazas de Fira, Santorini.
Vista de las terrazas de Fira, Santorini. / Félix Lorenzo

Los tres mástiles del MS Galileo nos saludan imponentes al llegar a Marina Zea, el puerto ateniense de partida. Este imponente velero a motor clásico de 48 metros de eslora y brillante casco azul marino será nuestro hogar, que compartiremos con otros 46 pasajeros, durante 8 días. Durante el primer tramo de navegación —rumbo a Poros, donde hacemos una breve parada al anochecer— tenemos la oportunidad de disfrutar de una espectacular puesta de sol desde el solárium del barco. Este será nuestro mirador preferido durante el resto del viaje.

Ruinas de Delos.

Ruinas de Delos.

/ Félix Lorenzo

Pero la auténtica aventura comienza a la mañana siguiente. Tras toda la noche en ruta, amanecemos anclados frente a la isla desierta de Poliegos. Su nombre en griego significa “muchas cabras” y no tardamos en descubrir por qué. Asomados al pedregal que baja hasta la orilla, algunos ejemplares nos observan curiosos desde lo alto mientras nos damos un baño en esta playa de guijarros gigantes y agua transparente. Tenemos toda la playa para nosotros solos. 

Folegandros, la isla intacta 

Por la tarde proseguimos la navegación hacia Folegandros, donde nos aguarda una grata sorpresa. En Chora, la capital, la circulación de vehículos está prohibida, por lo que pasearse por ella es todo un placer.

Situada al borde de un acantilado de 200 metros de altura sobre el mar, al estilo de Santorini, se construyó para protegerse de los ataques piratas. La ciudad fue fundada por los venecianos en el siglo XII y su configuración como pueblo-fortaleza se ha mantenido intacta hasta el día de hoy. La parte más antigua, Castro, posee una arquitectura única, con estrechas calles encaladas, túneles, arcos y pequeñas viviendas elevadas, con contraventanas azules y balcones de madera.

Descubriendo las Cícladas de isla en isla a bordo de un velero a motor.

Descubriendo las Cícladas de isla en isla a bordo de un velero a motor.

/ Félix Lorenzo

Este asentamiento medieval lleno de escalones y pasadizos secretos no ha dejado nunca de estar habitado, a diferencia del resto de los castros de otras islas, por lo que es la mejor conservada de todas. Fuera de estas calles, la Chora es igual de encantadora y justo lo que esperamos de las Cícladas: callejuelas empedradas en las que florecen las buganvillas y las mimosas, plazas sombreadas por los toldos naturales que forman los árboles —la plaza Ntounavides es el punto de encuentro para descansar—, discretas iglesias bizantinas, pintorescas tavernas con sillas de madera de colores —con los sempiternos ancianos sentados conversando— y pequeñas tiendas de comestibles con la mercancía expuesta en la calle. Y, por supuesto, gatos por doquier.

Una de las imágenes más icónicas de Folegandros es la del camino zigzagueante que asciende hasta la iglesia de Panagia (Virgen María). Si las fuerzas y el calor lo permiten, vale la pena la subida de 20 minutos para obtener una vista de Chora desde arriba. Desde aquí incluso se puede vislumbrar nuestra próxima parada, la vecina Santorini, a tan solo 20 kilómetros.

Santorini, al borde del volcán 

Todavía no ha salido el sol cuando el MS Galileo se detiene en la laguna frente a la isla volcánica de Santorini. Aquí suelen coincidir varios megacruceros que descargan miles de pasajeros a la vez. Estamos de suerte porque hoy nuestro barco es el único. Tras un rápido ascenso en teleférico —la alternativa es subir unos empinados escalones (nada más que 600) a pie o a lomos de una mula— nos plantamos en Fira, la capital. Sus casitas con terrazas se asoman al borde del acantilado de 260 metros sobre el mar y gozan de unas magníficas vistas sobre la caldera.

Puerto de Ammoudi en Santorini.

Puerto de Ammoudi en Santorini.

/ Félix Lorenzo

Desde aquí arriba es más fácil imaginarse la magnitud de la explosión del volcán que destruyó los primeros asentamientos existentes y que hizo desaparecer gran parte del territorio de la antigua isla, dividiéndola en seis y transformándola en un archipiélago circular cuyo centro es la enorme caldera. Es domingo y la ciudad se despierta despacio. Las campanadas de la iglesia de Ipapantis ponen la banda sonora a nuestro recorrido por los enrevesados caminos repletos de escalones que serpentean por la ladera de la montaña entre lo que ahora son bares, cafeterías y pequeños alojamientos-boutique pintados de blanco o en tonos crema.

Aquí y allá asoman las cúpulas de las numerosas iglesias ortodoxas que nos regalan preciosas fotos con el cráter inundado de fondo. Cuando las calles se empiezan a llenar, nos dirigimos hasta Oia, a apenas 11 kilómetros de distancia, para intentar disfrutarla lo más vacía posible. Aquí es donde se encuentran las viviendas más codiciadas, las hyposkapha o casas-cueva, aquellas que en su día pertenecieron a los pescadores más pobres que no se podían permitir adquirir terrenos al otro lado de la isla, donde estarían a salvo de la furia del volcán Kolumbo en caso de erupción. Y aunque lleva 400 años dormido, sigue siendo uno de los volcanes submarinos más activos del mundo.

Paseando por Oia.

Paseando por Oia.

/ Félix Lorenzo

Las casas-cueva suelen estar pintadas bien de impoluto blanco bien en tonos terrosos o rosados, lo que las distingue de la arquitectura del resto de las islas. Estas viviendas se derraman como una cascada prácticamente hasta el mar por la ladera de la montaña. Las cúpulas azules de las más de 70 iglesias y las buganvillas aportan notas de color. Las calles enrevesadas suben, bajan y rodean las casas-cueva en caprichosos caminos en los que en cada esquina encontramos una postal. 

Al coqueto puerto de Amoudi llegamos por unos zigzagueantes y empinados escalones desde Oia y aquí no existe ningún teleférico que nos ahorre el esfuerzo. Vale la pena acercarse hasta el puerto de pescadores para tomar algo en sus rústicas tavernas prácticamente sobre el agua. La captura del día está expuesta para que elijamos lo que más nos apetezca y lo cocinen sobre las brasas, a pocos metros de donde comeremos. Si el cansancio no lo impide (hay que subir los escalones para volver a Oia), es interesante proseguir por el camino de piedras al borde del mar con vistas sobre la caldera para echar un vistazo a la mal llamada playa de Armonia (solo hay rocas y es difícil encontrar un hueco en el que colocar la toalla). Sin embargo, el agua, de un penetrante azul turquesa, invita a darse un chapuzón, eso sí, saltando desde lo alto de las rocas. Es la mejor manera de acabar la visita a Santorini antes de volver al barco para ver la puesta de sol desde la cubierta.  

Santorini al atardecer.

Santorini al atardecer.

/ Félix Lorenzo

Paros, la isla moldeada por el viento

Al día siguiente, tras una temprana parada para nadar y hacer paddle surf en la encantadora playa en forma de media luna de Krios, atracamos en Parikia, el puerto principal de Paros y capital de la isla. Como disponemos de algunas horas, alquilamos un coche para recorrer la isla a nuestro aire, al más puro estilo road trip. Nuestra primera parada nos lleva al norte de la isla, a Monastiri.

El antiguo monasterio de San Juan de Deti (Agios Ioannis Detis) es la entrada a la reserva natural y parque cultural de Paros, surcado por rutas de senderismo. De arquitectura sumamente sencilla, Agios Ioannis se erige sobre el terreno rocoso que caracteriza el litoral de Paros. Más abajo, la playa de Monastiri, gracias al puerto natural que forma la pequeña península en la que se encuentra, queda protegida del viento que siempre azota la isla. Aquí el agua es de color esmeralda y no cubre hasta pasados los 100 metros. Al otro lado, la playa de Kolymbithres es particularmente especial, con sus grandes bloques de roca esculpidos por el agua y el viento a lo largo de los años. 

Llegada a la isla de Paros, con la vista de su pequeño puerto pesquero.

Llegada a la isla de Paros, con la vista de su pequeño puerto pesquero.

/ Félix Lorenzo

Justo enfrente, al otro lado de la bahía, se divisa Naousa, nuestro próximo destino. Esta vibrante población se concentra alrededor del pequeño puerto pesquero, en el que amarran las coloridas embarcaciones tradicionales y las terrazas de las tavernas compiten por estar cerca del agua. Desde aquí se aprecian los restos del castillo veneciano que nos hablan del pasado de este pueblo que, a pesar de ser un destino (cada vez más) turístico ha sabido mantener el encanto típico de las Cícladas. Sin embargo, pasear tranquilamente por sus estrechas calles encaladas salpicadas de notas de color es cada vez más difícil. En verano se llena de visitantes que creen haber descubierto la nueva Mikonos —y quizá están en lo cierto.

Por suerte, Prodromos es todo lo contrario. En esta aldea de interior camino de Lefkes, situada en lo alto de una colina, apenas nos cruzamos con nadie. Un arco abovedado rematado por un campanario que conecta dos iglesias (Agios Spyridonas y Agios Nikolaos) nos da la bienvenida. Nos adentramos en este encantador laberinto y solo los gatos dormitando a la sombra son testigos de nuestro paseo. Es un verdadero lujo poder disfrutar a solas —y en absoluto silencio— de este escenario tan fotogénico: casitas encaladas profusamente decoradas con plantas bordean las calles estrechas que de repente se ensanchan para dar lugar a minúsculas plazas que los vecinos aprovechan para llenar de tiestos desbordantes de flores. Es la pura esencia cicládica.

Detalle de una tienda en Egina que vende pistachos.

Detalle de una tienda en Egina que vende pistachos.

/ Félix Lorenzo

Antes de volver al barco para celebrar la noche griega —con demostración de baile a cargo del capitán Vasilis incluida— todavía nos da tiempo de visitar el pintoresco casco antiguo de Parikia y la iglesia de Ekatontapiliani (Nuestra Señora de las Cien Puertas), considerada uno de los monumentos bizantinos más importantes aún en pie en Grecia. 

Mikonos, punto de encuentro de la 'jet set'

A diferencia del resto de las Cícladas, Mikonos es bastante llana. Por ello, para protegerse de los asedios piratas tuvieron que ingeniárselas de una forma un tanto diferente a la del resto de las islas. Sus calles se diseñaron como si de un laberinto se tratase, para que sus habitantes se pudiesen esconder fácilmente en caso de ataque. Y por ello es también el lugar perfecto para perderse —literalmente—.

Las características iglesias de cúpulas de color añil (hay más de 400 en toda la isla), las callejuelas de casas blancas con puertas y contraventanas de colores vivos y las flores que decoran los balcones representan la estampa perfecta de las Cícladas que se exportó a partir de los años 60 a todo el mundo gracias a la jet set —con Jackie Onassis a la cabeza— que la descubrió por aquel entonces y la convirtió en su destino vacacional favorito.

Velero MS Galileo atracando en la isla de Delos.

Velero MS Galileo atracando en la isla de Delos.

/ Félix Lorenzo

Desde entonces, la fama de Mikonos no ha hecho más que crecer, haciéndola destacar entre las demás islas. Y no es baladí. Además de preciosas playas, sus icónicos molinos de viento (Kato Mili) y su pintoresco barrio de Alefkándra, más conocido como la Pequeña Venecia, la hacen única. Falta poco para la puesta de sol y los visitantes van tomando posiciones frente al mar para no perderse la que dicen es una de las mejores puestas de sol del mundo. Damos fe.  

Siros, la capital 

Ermúpoli, la capital de Siros, y también de las Cícladas, supone un cambio a todo lo visto hasta ahora. La llamada ciudad de Hermes —Dios del comercio— es la más grande del archipiélago y fue un importante centro industrial y comercial en el siglo IX, llegando a ser el principal puerto de Grecia en el XIX. Aquí encontramos calles anchas, mansiones de dos plantas, majestuosas iglesias de cúpulas azules y edificios públicos diseñados por los mejores arquitectos, testigos de la existencia de una gran civilización. Como el ayuntamiento en la gran plaza Miaouli pavimentada con mármol, el Teatro Apolo —claramente inspirado en la Scala de Milán— o los palacetes neoclásicos del aristocrático barrio adyacente al puerto, Vaporia, en el que residían los capitanes de barco más ricos. Allí mismo, sobre una colina, se encuentra la iglesia de San Nicolás (Agios Nikolaos) con su gran cúpula azul, un buen ejemplo de arquitectura griega ortodoxa que se distingue claramente desde el mar y que nos regala preciosas instantáneas si la fotografiamos entre los arcos de las calles de este barrio. 

Pulpos secándose al sol en el puerto de Ammoudi, Santorini.

Pulpos secándose al sol en el puerto de Ammoudi, Santorini.

/ Félix Lorenzo

Sobre un promontorio casi gemelo, aunque más alto, la iglesia de San Jorge (Agios Georgiou) corona el barrio católico de Ano Syros. Construido en forma de anfiteatro, con unas casas sobre otras, esta ciudad medieval veneciana blanca se encarama a la montaña abruptamente, con un sinfín de altas y estrechas escalinatas salpicadas de arcos y arcadas y perfumada por imponentes arbustos de jazmín y buganvillas recordándonos que sí, que seguimos estando en las Cícladas. En estas calles nació el músico Markos Vamvakaris, el padre del rebético, la música tradicional griega que es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Después de tanto subir y bajar escalones ponemos el punto final a la visita comiendo en una de las alegres tavernas del puerto.  

Egina, despedida en el golfo Sarónico

Una amenazante tormenta nos obliga a desviarnos de la ruta prevista. En lugar de contemplar el solemne templo de Cabo Sunio, el último día del crucero termina en la isla de Egina, en el golfo Sarónico, a tan solo 20 kilómetros de Marina Zeas. Parece que hemos tenido suerte con este cambio de última hora. A 11 kilómetros del puerto, en lo alto de un pinar y con dobles vistas al mar se encuentra el templo de Afaia, uno de los tres del triángulo sagrado formado también por el Partenón y el templo de Poseidón del cabo de Sunio y del que se dice que sirvió como plantilla para el Partenón.

Vista de la iglesia Isodia Theotokou de Egina desde el puerto.

Vista de la iglesia Isodia Theotokou de Egina desde el puerto.

/ Félix Lorenzo

Egina es uno de los destinos favoritos para una escapada de fin de semana, fue la primera ciudad marítima y comerciante de la Grecia Antigua: tuvo la primera marina de Grecia y fue también la primera en acuñar moneda. Aunque actualmente lo que le da fama es ser la principal productora de pistachos del país, y la mayor exportadora a nivel mundial. La vida aquí se concentra a lo largo del animado paseo marítimo y en el pintoresco puerto con sus barquitas de pescadores y su ermita blanca, el único indicador de que nos encontramos cerca de las Cícladas. Y también sirve para recordarnos sutilmente que nuestra aventura ya termina. 

La vida a bordo de un crucero boutique

Si visitar las islas griegas es una aventura por sí misma, hacerlo a bordo de un velero a motor de pequeñas dimensiones —48 m de eslora y una profundidad de calado de 2,80 m en el caso del MS Galileo—, lo es todavía más. En un buque boutique no hay piscina ni espectáculos. Las suplen —y superan— las paradas para darse un chapuzón frente a una bahía aislada, poder practicar snorkel, paddle surf o kayak en pleno Egeo y tumbarse al sol en islas desiertas. De la animación a la carta se ocupa la tripulación, organizando noches de discoteca en el solárium, preparando barbacoas en cubierta o sacando al chef pastelero de la cocina para enseñar a los pasajeros a preparar algún postre griego. Y a pesar de su tamaño, el barco dispone de todas las comodidades esperadas: camarotes exteriores con grandes ojos de buey, salón interior, comedor y áreas al aire libre en las cubiertas principal, superior y el solárium, desde el que disfrutar de las vistas.

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