En esta ruta de carretera en Argentina recorrerás 5.000 kilómetros entre glaciares y desiertos
Un camino de más de 5.000 kilómetros que es espina dorsal, cicatriz geográfica y excusa perfecta para mirar un país desde su columna vertebral.

Hay rutas que conectan puntos. Y hay rutas que conectan relatos. La Ruta Nacional 40, que atraviesa Argentina desde el Cabo Vírgenes en Santa Cruz hasta La Quiaca, en la frontera con Bolivia, pertenece a esta segunda categoría. No es un simple trayecto: es una narración en asfalto, ripio, viento y vértigo. Tiene más de 5.000 kilómetros y es una especie de cordón umbilical que une glaciares, volcanes, desiertos, pueblos fantasmas y estaciones de servicio donde el silencio pesa más que el combustible.

Atraviesa once provincias y bordea la Cordillera de los Andes como una vena abierta. Empieza en la Patagonia profunda, donde el viento te sacude las costillas y los guanacos cruzan sin mirar. Allí, en las cercanías del Parque Nacional Los Glaciares, se alza el Perito Moreno, una mole helada que cruje como si tuviera pulmones. Más al norte, los lagos de Bariloche brillan entre pinos alemanes y cabañas suizas, un decorado turístico que nada tiene que ver con el polvo lunar de Mendoza o el sol rajante de San Juan.

Pero lo más fascinante de la Ruta 40 no son solo sus paisajes, sino los tiempos que habitan en ella. En la provincia de Santa Cruz, por ejemplo, la Cueva de las Manos guarda pinturas rupestres de más de 9.000 años, hechas con pigmentos naturales por pueblos nómadas que cazaban guanacos y se comunicaban con las paredes. Y más al norte, en Catamarca, se asoman los volcanes de Antofagasta de la Sierra, donde el horizonte tiembla de tanto estar solo.

Leila Guerriero escribió alguna vez que el desierto “es una forma del alma”: algo así ocurre en varios tramos de la Ruta 40. En Salta, las montañas se tiñen de rojo, naranja, violeta y ocre: es la Quebrada de las Flechas, una anomalía geológica que parece inventada por Dalí. Allí, el camino zigzaguea entre picos de roca afilada y pueblos detenidos en el tiempo como Angastaco o Molinos, donde el vino se sirve espeso y con silencio.


Recorrer la Ruta 40 es recorrer historias mínimas: la mujer que vende empanadas en una mesa plegable al costado de la ruta, el gaucho que te da direcciones usando el cielo como brújula, el camionero que jura haber visto un cóndor del tamaño de un parapente. En estos detalles —precarios, bellos, tan argentinos— está la épica del viaje.

Por eso, más que un destino turístico, la Ruta 40 es un acto narrativo. Un ensayo de país. Desde la altura extrema del Abra del Acay (a 4.895 metros sobre el nivel del mar) hasta el sur glaciar, es posible leer en ella la contradicción argentina: vastedad, belleza, abandono, resistencia. Como escribió Rodolfo Fogwill: “la Argentina real está lejos del centro. Hay que buscarla en los bordes”. Y la Ruta 40 es el borde más largo de todos.
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