Así es la ruta en bici más bella de Inglaterra: huellas celtas, acantilados y aldeas de pescadores

Emprendemos una ruta a pedales por el Finisterre inglés

Noelia Ferreiro
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Foto: ValeryEgorov / ISTOCK

Hay una región, encajada entre el océano y la campiña, que sigue la línea de uno de los litorales más impactantes del Reino Unido. Una tierra que resulta perfecta para abordarse en bicicleta más que por su clima moderado porque en ella se suceden parajes espectaculares. La encontramos en el extremo suroeste de Inglaterra, en un apéndice puntiagudo. Allí discurre la Cornualles Coast Path, que es el tramo más atractivo de la South West Coast Path (la ruta británica más larga).

Vistas de una de las costas que se recórreren durante la marcha
Vistas de una de las costas que se recórreren durante la marcha | peteholyoak / ISTOCK

Al menos cuatro días requiere este itinerario sobre dos ruedas a través de vías muertas y caminos poco transitados. Eso, claro, según la capacidad del ciclista, aunque bien es cierto que quienes requieran largos descansos pueden optar por trayectos intermitentes (como el West Country Way) con la posibilidad de alquilar las bicis en los distintos centros urbanos. Además, para los más perezosos, numerosas sendas locales se abren por la línea del mar que ya resultarían suficientes para apreciar su hermosura.

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Porque lo que nadie pone en duda es que las estampas que desfilan en este trayecto, esos paisajes que con las lluvias se muestran desolados e insondables, logran hacer estremecerse hasta el más recio e insensible. Según se avanza, y mientras salen al paso las huellas del pasado celta, desfilan magníficas playas de arena, acantilados escarpados y ensenadas que cobijan deliciosos pueblos de pescadores.

Más al sur y más al oeste

Un buen lugar para arrancar con Cornualles Coast Path puede ser Fowey, en la costa sur, la más rocosa y agreste. Este bonito pueblo fue la cuna de Daphne du Maurier, autora de algunos relatos (Rebeca, Los Pájaros…) que sirvieron de inspiración a Alfred Hitchcock. Pronto, a través de un camino sobre precipicios bañados de espuma, se llega a Lizard’s Point, el punto más meridional de las islas británicas, y después hacia el oeste, a Land’s End, el punto más occidental al que se conoce como el Finisterre inglés. Aquí todo es principio y fin, como el primer y último pub del reino (así está catalogado) donde aparcar la bici para refrescarse con una buena pinta.

El fin del mundo británico, uno de los puntos más impresionantes de Inglaterra
El fin del mundo británico, uno de los puntos más impresionantes de Inglaterra | Moorefam / ISTOCK

Pero antes de llegar a este extremo, conviene detenerse en Penzance, la localidad que, al igual que el norte de Francia, tiene su propio Mount Saint Michael en una curiosa islita a la que se llega a pie con la marea baja. Y también conviene parar en Porthcunro, una playa encerrada entre acantilados, en uno de los cuales se asienta el teatro Minack, soberbio escenario de corte griego con el mar como telón de fondo.

Inspiración de Turner

La ruta continúa hacia St. Ives, tal vez el pueblo más encantador, ya en la costa norte. Aquí la omnipresencia del mar y la luz, casi mediterránea, han sido un imán para los artistas desde que William Turner visitara el lugar en 1811. Tanto, que incluso existe una sucursal de la Tate Gallery londinense como colofón a un sinfín de galerías y a la agradable estampa de los pintores espontáneos en plena calle.

La impresionante entrada al Castillo de Tintagel
La impresionante entrada al Castillo de Tintagel | Alphotographic / ISTOCK

Más arriba, pedaleando junto a las aguas, aparece la playa de Newquay, toda una meca para los surferos, y Padstow, un pueblo marinero de ineludible visita antes de la última etapa, la que está tocada por la magia impalpable del mito. Nos referimos a Tintagel, con el castillo en ruinas donde, cuentan, nació el rey Arturo, pese a un escandaloso descuadre de fechas. Cosas de las leyendas. También está la cueva del mago Merlín, el estanque de Dozmary donde fue lanzada la famosa espada Excalibur y, para completar el ciclo artúrico, el impresionante páramo de Bodmin, un elevado brezal donde el monarca alcanzó una muerte, cómo no, envuelta en misterio.