De paseo por la antigua Yugoslavia: una ruta por los rincones más especiales de los Balcanes

Una ruta por los países que en un momento determinado constituyeron la Yugoslavia del mariscal Tito es una opción muy aconsejable, puesto que todavía algunos enclaves mantienen su autenticidad y el turismo no está demasiado masificado. Por lo menos en algunas partes del recorrido, porque ciudades como Dubrovnik o Split, entre otras, son reputados centros vacacionales que reciben una gran afluencia de visitantes.

Una ruta por los rincones más especiales de los Balcanes
Una ruta por los rincones más especiales de los Balcanes / Tino Soriano

Cuando decidí explorar este trayecto por los Balcanes, la primavera finalizaba y aunque las temperaturas eran altas, los vuelos a Croacia estaban a precios bajos.

Para gestionar los costes de la carta verde que pueden exigir en Bosnia y Herzegovina, Serbia o Montenegro, países fuera de la UE, busqué una compañía de alquiler de vehículos que no cobrara una fortuna en costes añadidos si atraviesas una frontera. Opté por una que era ostensiblemente más barata que otras más conocidas y abonando 75 euros cubría las cartas verdes. Luego busqué un plan para estar conectado a internet, especialmente para acceder a los siempre valiosos mapas en el camino, y, por último, hospedajes que garantizaran una plaza de aparcamiento.

Tras aterrizar en la población croata de Zadar, recomiendo obrar con prestancia porque un elevado número de pasajeros del mismo avión puede que opten por la misma compañía de alquiler de vehículos. 45 minutos más tarde partí en un pequeño Opel Corsa rumbo a Zadar. El puente que conduce a la ciudad amurallada sorteando un brazo de mar alberga al principio un conglomerado de pequeñas y coloristas oficinas que proponen excursiones navales a varios destinos del mar Adriático. Hice caso omiso de las ofertas y continué a pie. Una vez rebasados los imponentes arcos de entrada del recinto histórico, la paz, la tranquilidad y la limpieza me invitaron a descubrir iglesias y monumentos de un claro perfil mediterráneo que aportan su principal atractivo a Zadar. Era domingo y las mesas de los bares y de los restaurantes estaban alineadas para albergar una multitud de turistas pendientes de las ofertas de las numerosas tiendas de ropa y recuerdos locales a un precio no económico.

Fotografía de un camarero en Croacia.

Fotografía de un camarero en Croacia.

/ Tino Soriano

Después de un par de horas paseando por la ciudad, aproveché la autonomía que aporta un vehículo propio para desplazarme hasta la ciudad de Rijeka por la carretera que bordea el mar, un recorrido que dura cuatro horas si excluyes la autopista, más rápida y con menos radares. El objetivo, aparte de disfrutar del paisaje, eran los pequeños pueblos ubicados junto al mar con las islas de la costa Dálmata al fondo. También confirmar las delicias de pescado de los restaurantes de la zona. Un lugar aconsejable para probar calamares fresquísimos o unos espaguetis con frutti di mare, con más frutti di mare que espaguetis, es la ciudad de Senj. Aparte puedes contemplar su curiosa arquitectura con un tranquilo paseo si deseas rebajar la digestión.

Rijeka, con su grandioso puerto y sus grúas gigantes, sus ostentosos yates varados que ya no reclaman la atención de los lugareños, sus regatas y su centro histórico con edificios señoriales que ocultan unas discretas ruinas romanas, es un excelente punto de partida para disfrutar las acogedoras playas que se extienden en el colindante pueblo de Kostrena. La más bonita se llama Svezanj y tiene zonas de aparcamientos que, por algo más de cuatro euros al día o 70 céntimos la hora, permiten dejar el vehículo.

Para recorrer Eslovenia, un país repleto de colinas verdes, lagos e innumerables veredas donde practicar senderismo, una propuesta interesante es dirigirse a la capital Liubliana, escenario de un cuento de hadas con su reputado puente de los Dragones y un magnífico castillo que domina el casco antiguo. La ruta es espectacular hasta Máribor, una ciudad que se ufana de mantener viva la vid más antigua del mundo, y más tarde conviene detenerse en Ptuj, otro pueblo medieval que alberga, además de una arquitectura interesante, el carnaval más vistoso de Eslovenia. Son palabras mayores personajes como los kurenti, con su piel de oveja lanuda, polainas verdes o rojas y cencerros atados a una cadena alrededor de la cintura, que blanden un palo llamado ježevka.

Iglesia ortodoxa de San Cirilo y Metodio en Liubliana, Eslovenia

Iglesia ortodoxa de San Cirilo y Metodio en Liubliana, Eslovenia

/ Tino Soriano

En los países de la antigua Yugoslavia todo está relativamente cerca. En poco más de una hora llegas a Zagreb, capital de Croacia y otra agradable sorpresa del viaje. Una ciudad abierta, con animación y estatuas por todas partes, sobre todo en las terrazas de sus numerosos bares. Aparte de iglesias, mercados, plazas abiertas como Jelacica, presidida por la figura ecuestre de Josip Jelacic, que blande su sable amenazando a la numerosa congregación de tranvías que pasea delante, o de lugares con una concentración extrema de restaurantes como en la calle Tkalciceva, el viajero encuentra pequeños tesoros. Por citar dos ejemplos banales: la pequeña tienda de bocadillos Heritage o el museo del selfie en el pasaje Lucarica.

Tranvía por la plaza Ben Jelacic en Zagreb, Croacia

Tranvía por la plaza Ben Jelacic en Zagreb, Croacia

/ Tino Soriano

Rebasar la frontera con Serbia fue más ágil de lo previsto. Ni en esta ni en ninguna otra me pidieron la carta verde. Un paisaje llano y bien cultivado conduce hasta la capital, Belgrado, que se rehace poco a poco de su pasado tumultuoso y recibe con alegría a los turistas occidentales que arriban mayoritariamente desde los cruceros fluviales del Danubio. Ha transcurrido medio siglo desde la primera vez que visité Belgrado, pero su esencia continúa siendo la misma. Gentes amigables con el recién llegado, sonrisa fácil y ganas de conversar; hoteles de lujo al lado de edificios hechos trizas; un centro peatonal próximo al distrito bohemio y la popular calle Skadarlija, con sus restaurantes siempre a tope para la cena.

Templo de San Sava, en Belgrado

Templo de San Sava, en Belgrado

/ Tino Soriano

Las plazas de la República y de los Estudiantes constituyen el teórico centro de Belgrado, pero también puntúa el histórico Hotel Moskva en la calle popular Balkanska, una de las perlas arquitectónicas de la ciudad. Además es posible visitar el famoso templo bizantino de San Sava, con sus maravillosos mosaicos y un espacio tridimensional donde las figuras religiosas parece que flotan; la iglesia de San Marcos; el museo de Nikola Tesla y una famosa fortaleza con un temible historial: Kalemegdan, en la confluencia de los ríos Danubio y Sava, de la que se tiene referencias desde el siglo III.

Imagen del templo de San Sava.

Imagen del templo de San Sava.

/ Tino Soriano

Abandoné Belgrado con sentimientos ambivalentes. Por un lado, es una ciudad que me apasiona; pero posee un punto decadente y anárquico que contribuye al deseo de evadirse buscando la soledad de las montañas, para observar el vuelo de las mariposas en armonía con el zumbido de las abejas y otros insectos entre valles y conjuntos rurales. El punto de pernocta elegido fue el pueblo de Mokra Gora, donde acaba la línea de tren Shargan Ocho (Sarganska Osmica), un ferrocarril de vía estrecha que la enlaza con la localidad de Sargan Vitasi. La complicada ingeniería para superar las montañas de Tara obligó a crear un trazado en forma de ocho cavando innumerables túneles. Aparte, cada vagón del tren es diferente.

El pueblo serbio de Mokra Gora

El pueblo serbio de Mokra Gora

/ Tino Soriano

Muy cerca de Mokra Gora está el complejo residencial de Drvengrad, una aldea construida por el director de cine serbio Emir Kusturica e inspirada en el estilo tradicional de la zona de Zlatibor para rodar La vida es un milagro. Las vistas desde sus atalayas son espectaculares y algunos visitantes aprovechan este pueblo de película para alojarse una noche. Otros eligen los apartamentos a pie de vía ubicados en la propia estación ferroviaria y unos terceros optan por la variada oferta de casas rurales de madera que hermosean la zona. A pocos kilómetros de Mokra Gora, el cruce de la frontera a Bosnia y Herzegovina también resulta más rápido de lo previsto. La palabra tourist genera una reacción instantánea en el aduanero, que invita a continuar con el camino sin apenas mirar a los ojos o solicitar la documentación del coche. Luego, la ruta transcurre entre montañas y abetos a través de un paisaje que durante muchos kilómetros bordea el río Rzav hasta que súbitamente un letrero indica que estás en Sarajevo.  

Contrastes en Sarajevo

La ciudad que conocí por primera vez en la guerra de los Balcanes es una joya dividida por el río Miljacka. En el histórico barrio de Bascarsija sobresale la catedral católica del Sagrado Corazón, donde, una vez empieza la misa, atrancan la puerta con llave y ni los feligreses pueden salir ni los turistas irrumpir en el oficio. Un poco más adelante, en la animada calle Ferhadija, la gran mezquita Gazi Husrev en el barrio turco atrae a miles de visitantes musulmanes y de otras confesiones que se apiñan en las tiendas de dulces baklava, o en las cafeterías y los restaurantes donde un elevado número de comensales prueban unas salchichas llamadas cevapi con pan de pita y yogur amargo. También los judíos cuentan con una gigantesca sinagoga de estilo morisco construida en 1902, la tercera más grande de Europa.

Estatua de Juan Pablo II en la catedral del Corazón de Jesús de Sarajevo

Estatua de Juan Pablo II en la catedral del Corazón de Jesús de Sarajevo

/ Tino Soriano

No muy lejos varios museos recuerdan el asedio de Sarajevo. Hay tours organizados a través de los túneles de Hope, y la Galería 11/07/95 está dedicada a preservar la memoria del monstruoso genocidio de Srebrenica. “Todo lo que necesita el diablo para triunfar es que la buena gente no haga nada”, anuncia un pensamiento de Edmund Burke en el camino de la puerta de salida. Una placa en el monumental ayuntamiento y sede de la Biblioteca Nacional también recuerda los estragos de la guerra, en este caso, el incendio la noche del 25 de agosto de 1992 y la pérdida de dos millones de libros, periódicos y variados documentos. Otro edificio, el museo olímpico, alberga los recuerdos de los juegos de invierno que tuvieron lugar en 1984 y los del festival olímpico de la Unión Europea en 2019. Y por último hay que cumplir con la tradición de beber un trago de agua de la fuente Sebilj (el cevapi suele dar sed) para certificar el regreso a Sarajevo.

La ruta hacia Mostar empieza con una cómoda autovía que parte del que fue el peligroso boulevard de los francotiradores (“Welcome to the Hell”, rezaba un grafiti que se hizo mundialmente famoso), pero transcurrida una media hora, la comodidad de la autovía se limita a una carretera comarcal de un solo carril, casi siempre en línea continua. La carretera está llena de radares, pero el paisaje es maravilloso y vale la pena conducir con tranquilidad. Antes de llegar al destino, una estratégica parada en cualquiera de los restaurantes que se extienden a las orillas del lago Jablanica, y reciben a los comensales con una pareja de corderos asados que giran armoniosamente sobre las brasas, permite llegar con el estómago lleno a Mostar.

La ciudad de Mostar, en Bosnia y Herzegobina

La ciudad de Mostar, en Bosnia y Herzegobina

/ Tino Soriano

El símbolo de Mostar

Imitando a los corderos, sobre redondeados adoquines medievales los turistas marchan en procesión a través del barrio musulmán hasta que culminan la travesía del famoso Puente Viejo del siglo XVI (Stari Most), edificado por Solimán el Magnífico y destrozado en 1993, durante la guerra de los Balcanes. Ahora es el símbolo de la convivencia en Bosnia y Herzegovina después de una reconstrucción que costó 15 millones de euros. El comandante Slobodan Praljak que ordenó su destrucción se suicidó años más tarde. La convivencia sin embargo peligra, quizá por la desidia de la UE a la hora de ilusionar con su proyecto a Bosnia y Herzegovina. Desafiando la resbaladiza superficie de los adoquines de piedra, las multitudes se acumulan en el punto superior del arco del puente para fotografiar el río Neretva y para tomar selfies desde todos los puntos cardinales.

En la cúspide, un par de jóvenes de porte atlético esperan que algún turista pague 50 euros para arrojarse de cabeza al agua desafiando los 20 metros de altura hasta el río. Obtener una foto del puente de franco es difícil porque las laderas están colonizadas por docenas de restaurantes con terraza. Solo hay un punto que los visitantes enseguida descubren porque permite un encuadre con el puente al fondo, pero los mendigos han reparado en este detalle y suele ser la zona donde se reúnen en cónclave para obtener una aportación que, por el elevado número de visitantes, deriva en un buen negocio al cabo del día.

Fotografía de puente de Mostar.

Fotografía de puente de Mostar.

/ Tino Soriano

Desde Mostar decidí tomar la ruta más rústica hasta la frontera de Montenegro bordeando el mar Adriático por la Jadranska Magistrala, una ruta bonita y repleta de radares y avisos de jabalíes sueltos por todas partes. Reservo Dubrovnik para la vuelta y Google me indica que Debeli Brijeg, la principal frontera con Montenegro, está colapsada. Por suerte sugiere una senda solitaria con cipreses salvajes hasta el paso de Kobila. Una vez más la gestión es ágil y en la población costera de Herceg Novi celebré la buena nueva enfrentándome a media docena de calamares rellenos de gambas y una guarnición generosa. Más tarde, en un ejercicio de autopenitencia, recorrí en ambos sentidos el paseo marítimo de varios kilómetros que une tres poblaciones: Zelenika, Igalo y Herceg Novi. A juzgar por las matrículas de los coches aparcados frente a las preciosas casitas encaradas al mar, esta costa es un destino de veraneo serbio.

Bañistas en Herceg Novi, Montenegro

Bañistas en Herceg Novi, Montenegro

/ Tino Soriano

A una hora de camino bordeando la bahía se encuentra Kotor. La carretera continúa siendo sublime, pero no hay un centímetro cuadrado que no esté ocupado por un vehículo. El bello pueblo de Perast, con una arquitectura ligeramente almagre y una oferta multitudinaria de excursiones a la isla Lady of the Rocks, es un buen ejemplo de este vía crucis. Al final de la ruta, Kotor es la joya de la corona. Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1979. Su ciudad antigua se conserva en un estado excelente aunque, por desgracia, la masiva llegada de cruceristas y visitantes aconseja disfrutar de sus estrechas calles medievales avanzada la tarde. Cuando los navíos han partido, las terrazas de los restaurantes encienden sus candelas y los músicos entonan canciones románticas. La catedral está dedicada a San Trifón, un santo que adquirió una cierta fama como sanador de animales y que veneran en las granjas industriales.

Imagen de la catedral de San Trifón.

Imagen de la catedral de San Trifón.

/ Tino Soriano

Por la mañana, temprano, decidí visitar Dubroknic, de regreso a Croacia. Esperaba mucho de esta ciudad prodigiosamente bella, pero, como sucede a menudo en el Mediterráneo y en otros enclaves, sobre las 10 de la mañana los cruceros arrojan legiones de visitantes que se acumulan en el casco histórico. Para compensar tanta muchedumbre mi estrategia consistió en visitar más tarde un pueblo anónimo y costero. La alternativa fue Klek. Después de destinos como Kotor y Dubrovnik, una cura de sosiego resultó mano de santo para relajarme.

Decidí viajar a Split por la costa. Sobre esas lenguas de cemento llamadas autopistas, el trayecto se acorta considerablemente, pero me gusta contemplar la vida cotidiana de los pequeños núcleos urbanos cerca del Adriático. ¡Pleno al 15! Si tuviera que elegir la ruta costera más agradable de Croacia, sin duda sería el trayecto entre Dubrovnik y Split. Las chicharras estridulaban aportando una banda sonora durante el viaje y, al final del camino, el pueblo de Omis resultó especialmente atractivo. Otro lugar perfecto para detenerse a almorzar después de un buen baño es sin duda Baska Voda.

Para no repetir la experiencia de Dubrovnik, entré al atardecer en la fantástica ciudad amurallada, también Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero no estaba solo. Muchos visitantes paseaban con sendos helados en la mano hasta el punto que calculé que había tantas heladerías como gatos en Kotor. Hay grupos de todas las edades paseando por los alrededores del Palacio de Diocleciano o conversando animadamente en las terrazas del puerto, no lejos de la Puerta Áurea y de la estatua de Gregorio de Nin, un obispo del siglo X que introdujo la lengua croata en las misas cristianas y por eso se convirtió en un héroe local. Los sótanos del Palacio de Diocleciano también fueron el hogar de los dragones de Khaleesi en Juego de Tronos, otra eventualidad que atrae a miles de visitantes a este recinto, aunque los protagonistas en esta serie no tengan nada que ver con el religioso croata.

Plaza del Pueblo (Plaza de Narodni), en Split

Plaza del Pueblo (Plaza de Narodni), en Split

/ Tino Soriano

Finalmente recorrí la última etapa desde Split a Zadar para tomar el avión de regreso. La ruta interior reserva agradables sorpresas, como el restaurante Vicko en Sibenik. Disfruté de los paisajes de montaña, ya no me extrañaban los radares y los avisos de jabalíes sueltos y me gustó el contacto directo con los habitantes de los Balcanes. Una de las zonas históricas más complejas de Europa, siempre interesante para un visitante sin prisas. Yo recomiendo hospedarse en alguno de los numerosos apartamentos y hoteles que proliferan por todas partes esperando las horas más favorables para el paseo. Caminar es un ejercicio saludable para disfrutar de un recorrido histórico espectacular por los países que formaban la extinta Yugoslavia.

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