Tocar las nubes con los dedos: una ruta de altura por los Pirineos catalanes

Naturaleza, cultura e historia desde la Seu d'Urgell hasta La Garrotxa

Beatriz Pérez
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Foto: imv / ISTOCK

Casi rozando las nubes. Así se presenta ante los ojos del viajero la inmensidad de los Pirineos catalanes. Solo a través de sus pueblos de montaña, sus tupidos bosques y sus valles kilométricos uno puede llegar a conocer verdaderamente la esencia mística que desprende el norte de Cataluña.

Desde la Agencia Catalana de Turismo proponen al viajero este Grand Tour, un total de 2.200 kilómetros fraccionados en 9 Itinerarios o etapas que cubren la mayor parte de las 42 comarcas naturales de Cataluña. "Hemos seleccionado lugares y actividades que pueden tener una amplia aceptación entre la gente que dispone de tiempo limitado pero de una curiosidad sin límites", dicen desde la agencia, y matizan: "Barcelona no está incluida en este Grand Tour por ser un universo en sí misma".

Uno de esos tramos va desde la Seu d’Urgell hasta La Garrotxa, donde se abre una ruta plagada de cultura, historia, y sobre todo la naturaleza más pura. El viajero sube más allá de los dos mil metros de altura hasta el cielo de los Pirineos para después adentrarse en la tierra y caminar sobre los cráteres de los volcanes. Este recorrido tan diverso se encuadra dentro del Grand Tour de Catalunya, y es que es tan solo una parte de esta inmensa ruta circular.

Regreso al medievo en la Seu d’Urgell

Antes de ascender a los cielos, las calles empedradas y la esencia medieval de la Seu d’Urgell, en el norte de la provincia de Lleida, invitan a recorrerla a través de su laberinto de calles. Y en ese entramado uno se topa con el monumento más emblemático de la población, la Catedral de Santa María. El majestuoso edificio del siglo XII es la única catedral de estilo románico que se conserva en toda Cataluña, con lo que su valor patrimonial y artístico es incalculable.

Catedral de Santa María d'Urgell | Martin Silva Cosentino / ISTOCK

La zona de la Seu d’Urgell ha estado habitada desde la Edad de Bronce y no en vano su nombre se relaciona con el agua, ya que sus calles empiezan y terminan a orillas de un río. El Segre y el Valira rodean toda la ciudad, la más poblada del Pirineo catalán, lo que la convierten en un destino de turismo deportivo por excelencia. El Parque Olímpico del Segre, el canal artificial utilizado en las Olimpiadas de 1992, es ahora un parque deportivo donde practicar rafting, piragüismo o kayak.

Vista aérea de la Seu d'Urgell | JackF / ISTOCK

La ciudad pirenaica esconde algún que otro secreto más, y es que la que es la capital de la comarca del Alt Urgell, se ha consolidado también como la capital del queso. Esa cultura gastronómica está marcada por los productos locales y las técnicas artesanales, con lo que se pueden encontrar pequeñas queserías tradicionales como la regentada por Judit Carreira. Desde L’Abadessa, esta profesional lleva a cabo todo el proceso de elaboración del queso de manera manual. Los ganaderos del entorno le proporcionan leche de vaca y de cabra, y en su pequeña quesería es donde se hace la magia. Desde su bodega, donde el queso reposa mientras se va madurando, salen variedades tan exquisitas como la fragua, la lluna bruna, el cabraflor o el tupí.

Las trementinaires de Tuixent

A medida que uno va ganando altura en la inmensidad de los Pirineos, el aire se antoja más limpio y se respira la verdadera esencia de la montaña. Las carreteras que conectan estos pueblos pirenaicos pueden ser mucho más que un camino, y convertirse en un destino en sí mismo. Los muchos miradores a lo largo del recorrido permiten hacer una parada, contemplar las montañas cubiertas de pinos todos los tonos de verde, ver como la niebla baja por las ladera en un manto blanco, y simplemente respirar. Pero para disfrutar de las vistas tampoco hace falta bajarse del coche, tan solo mirando por la ventanilla se descubre un nuevo paisaje detrás de cada curva.

Vista aérea de Tuixent | santirf / ISTOCK

Uno de los pueblos que merecen una visita es Tuixent, una pequeña población que se alza a 1.200 metros de altura en la zona sur de la Sierra del Cadí y que apenas se acerca a los 100 habitantes. Pero a pesar de su reducido tamaño y del aislamiento que le proporcionan las montañas, el pueblo guarda una sorprendente historia reflejada en un pequeño museo. Durante los siglos XIX y XX, se desarrolló el oficio de las trementinaires, grupos de mujeres de la zona que se dedicaban a recorrer a pie los pueblos de Cataluña vendiendo todo tipo de productos naturales como plantas medicinales, aceites o trementina para sanar enfermedades. En ese entonces, salir del pueblo suponía toda una experiencia, y es por eso que eran conocidas como “mujeres que iban por el mundo”.

Gósol, donde Picasso encontró la inspiración

La altura va aumentando hasta llegar a los 1.500 metros sobre los que se alza Gósol en la comarca del Berguedà. Y tan solo con un rápido vistazo uno se da cuenta de la razón por la que Picasso se vio atraído por el pueblo y la belleza natural que le hizo permanecer allí durante 80 días en 1906. El artista encontró en Gósol la inspiración que sentaría las bases de su etapa más importante, la cubista. Y del mismo modo, los colores del lugar le hicieron cambiar por completo su propia paleta de colores, pasando a predominar los tonos amarillos, rojos y ocres. En honor al pintor, en la plaza del pueblo puede visitarse el Centro de Interpretación de Picasso donde aprender sobre las cientos de obras que pintó el artista durante su estancia en el pueblo.

Vista aérea de Gósol | imv / ISTOCK

El patrimonio cultural de Gósol no se queda ahí, y es que en el punto más alto del pueblo se hallan las ruinas de su antiguo castillo que data del siglo XI. Dentro de la torre principal se encuentran unas escalera que permiten subir hasta la parte superior y así contemplar todo el pueblo en su inmensidad, encuadrado en un mar de montañas verdes.

Ruinas del Castillo de Gósol | Lux Populi / ISTOCK

Debido a ese entorno privilegiado, las rutas de senderismo abundan en el pueblo. Concretamente, desde Gósol se pueden realizar recorridos a una de las montañas más impresionantes de Cataluña, el Pedraforca, ya sea para hacer una ruta por su perímetro o atreverse a ascender sus 2.500 metros de altura. Además, por el pueblo también pasa la ruta conocida como el Camino de los Buenos Hombres, un recorrido histórico de 200 kilómetros que sigue los pasos hacia el exilio de los cátaros, seguidores de una creencia cristiana que rechazaba a la Iglesia Católica, con lo que duramente perseguidos por la Inquisición.

Pedraforca | santirf / ISTOCK

El arte románico de Ripoll

Al continuar la ruta hacia el este, se entra de lleno en la provincia de Girona. Los pintorescos pueblos de montaña siguen sucediéndose en el camino, pero a lo largo del camino también aparecen con ciudades que merecen una vista. Es el caso de Ripoll, conocida como la cuna de Cataluña por ser el inicio de la llamada Cataluña Vieja, es decir, los territorios que estuvieron bajo la soberanía de los monarcas francos.

Monasterio de Santa María de Ripoll | JackF / ISTOCK

La ciudad se encuentra en el corazón del Prepirineo, moldeada por el transcurso de los ríos Ter y Freser y rodeada de montañas y bosques. Aunque el asentamiento que dio origen a Ripoll se remonta a la prehistoria, la ciudad tomó realmente forma a partir de 879, cuando el conde Wifredo el Velloso fundó el monasterio románico de Santa Maria, el cual se convertiría en uno de los más importantes del país y haría que Ripoll se transformase en un verdadero centro cultural.

Claustro del Monasterio de Santa María de Ripoll | Juan Carlos fotografia / ISTOCK

El monasterio ha sufrido todo tipo de restauraciones y transformaciones a lo largo de su historia debido a factores como cambios de abada, asaltos y terremotos. La construcción que ha llegado a nuestros días cuenta con un bello patio interior de dos alturas con capiteles del siglo XII. Pero sin duda el elemento más característico del monasterio es la portada construida también en el siglo XII. Se trata de una de las piezas románicas más representativos de todo el mundo, está compuesta por bloques de piedra y cuenta con prácticamente un metro de grosor. Talladas en la piedra están plasmadas escenas de la Biblia y todo tipo de esculturas religiosas.

La Garrotxa, tierra de volcanes

El final de esta ruta nos adentra en un paisaje totalmente diferente, donde la tierra es más fértil y las montañas tienen otro origen. Se trata de la zona volcánica de La Garrotxa, 15.000 hectáreas con cerca de cuarenta de conos volcánicos y más de veinte coladas de lava. Todo ello rodeado de una naturaleza exuberante de bosques de encinas, robles y hayas.

Zona volcánica de La Garrotxa | Iurii Buriak / ISTOCK

La excepcionalidad de La Garrotxa la convierten en el máximo exponente de paisaje volcánico de España, además de uno de los más importantes de toda Europa. La gran masa de lava que se encuentra bajo esta zona es la que provoca la actividad volcánica, y al no encontrarse concentrada en un solo punto, cada una de las cuarenta erupciones ha expulsado la lava por un lugar diferente, creando cada vez un nuevo volcán. De este modo, en cualquier punto podría aparecer y erupcionar un nuevo volcán, y aunque eso podría suceder en cualquier momento, la última erupción ocurrió hace alrededor de 10.000 años con el volcán Croscat.

Volcán Croscat en La Garrotxa | Eloi_Omella / ISTOCK

Este impresionante parque natural puede recorrerse mediante de numerosas rutas de senderismo a través de los volcanes: rodeándolos, subiendo a ellos o incluso entrando en los cráteres. Pero sin duda, la mejor forma de contemplar la inmensidad del territorio volcánico es desde la alturas. Un recorrido en globo te permitirá observar los volcanes en su máximo esplendor, con los picos de los Pirineos como telón de fondo.

Por último, al guinda del pastel que finaliza la ruta nos la brinda un auténtico baño de naturaleza. Dentro de La Garrotxa se encuentra la Fageda d’en Jordà, un extenso bosque de hayas donde perderse entre su magia y su tupida vegetación. Toda esta masa forestal ha crecido sobre la colada de lava del volcán Croscat, y prácticamente los únicos árboles que han podido sobrevivir a estas condiciones son las hayas.

Fageda d'en Jordà | Eloi_Omella / ISTOCK

Existen varios caminos para recorrer la Fageda, pero todos tienen en común un mismo protagonista: el silencio. Y es que debido a la falta de una flora que proporcione alimento y resguardo para los animales, la fauna es escasa en el lugar. Así que junto a al crujido de las hojas bajo los pies, los únicos acompañantes en este paseo serán la paz y la tranquilidad.