Almanzor y la ruta por la España escondida

Un paseo por las solitarias tierras de Soria donde el caudillo árabe libró su última batalla hace mil años.

Manuel Mateo Pérez
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El caudillo Almanzor, el más valeroso y temido de los guerreros del viejo al-Andalus, libró su última batalla hace un milenio. El todopoderoso valido del califa Hissam II emprendió su última empresa guerrera recién cumplidos los 64 años. Con el cuerpo maltrecho y llevado en litera a causa de los dolores que lo carcomían por dentro, Almanzor partió de Córdoba un verano de 1002 con el sólo propósito de incendiar y destruir el monasterio riojano de San Millán.

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Tras consumar el saqueo, Almanzor ordenó regresar a Córdoba, pero la muerte se interpuso en su camino. Las viejas crónicas aseguran que el más temible y ardoroso de los generales de la España musulmana miró a la muerte un 25 del mes del Ramadán del año 392 de la Hégira. O lo que es igual, un 6 de agosto de 1002. 

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Soria vio morir a Almanzor. Por eso, mil años después la más solitaria, silenciosa y fascinante de las provincias castellanas lo recuerda en una ruta que atraviesa, de norte a sur, las tierras montaraces de Urbión, las campiñas del Duero y los altiplanos de Medinaceli

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La Ruta de Almanzor recorre con rigurosa fidelidad histórica las últimas leguas que ya moribundo anduvo el magnánimo general en su camino hacia el sur. Se sabe, por ejemplo, que Almanzor y sus legiones bajaron por los Picos de Urbión una vez reducido a escombros el santuario de Suso

Hoy aquellas cordilleras siguen tan mudas y lejanas como hace mil años. Las carreteras que trepan hacia las montañas bordean campos de cereal, andurriales pedregosos, oteros solitarios, arroyos de copioso caudal y cañadas azotadas por el viento que baja del norte, desde la Tierra de Cameros

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Almarza es un pueblo que evoca la figura del caudillo árabe. Su nombre, aseguran, es un misterio, pero todo hace pensar que no debió andar lejos el aguerrido protagonista de esta historia. De lo que no cabe duda es de que Almarza es un nudo de comunicaciones, un poblacho a medio camino entre Soria capital y las tierras bajas de La Rioja. No lejos de aquí quedan otras villas de sugestivo encanto como Valdellano, Molinos de Duero o Vinuesa.

Escritores y viajeros han considerado estos villorrios como la puerta de entrada a las fuentes del Duero. Carretera arriba quedan poblachos como Covaleda, sentada a las faldas del pico Urbión. En Covaleda aún queda en pie una arquitectura popular de marcado carácter montañoso. La iglesia de San Quirico y el puente medieval son dos de sus monumentos más emblemáticos.

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Pero una vez aquí los ojos se dirigen hacia la Laguna Negra, un embudo de origen glaciar envuelto por el misterio y la leyenda. La Laguna Negra es uno de los parajes más bellos y fascinantes de la provincia de Soria. La leyenda asegura que no tiene fondo y que sus entrañas se comunican con los mismos mares. 

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La Ruta de Almanzor baja por la senda del río Duero hasta el poblacho medieval de Calatañazor. En él los cristianos narraron a modo de romance: “Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambore”. Acodado a un lado del valle de la Sangre, abrazado al infantil cauce del río Abión, Calatañazor es una de esas villas españolas donde los siglos quedaron encallados. Por ella, el tiempo no ha pasado. Más bien al contrario. Calatañazor es un villorrio medieval a las puertas del siglo XXI. Por sus calles empedradas, su iglesia románica y su castillo derruido rodó Orson Welles los exteriores de la película “Campanadas a medianoche”.

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Hacia el sur, a orillas del río Duero, se erige el castillo califal de Gormaz. Considerado la obra de ingeniería militar más grandilocuente de la Europa medieval, la fortaleza aún luce con cierta decencia los 28 torreones que en otro tiempo la hicieron inaccesible. Por su recinto amurallado la historia cuenta que se estrellaron sesenta mil soldados cristianos en la célebre batalla del año 975. El castillo árabe posee una bellísima portada con doble arco de herradura, muy parecida a aquellas que adornaban las puertas califales de Córdoba. Las torres de Almanzor y del Homenaje imprimen mayor altanería y fiereza a un espacio que atesora días de guerra, sangre y escaramuzas. 

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El caudillo Almanzor anduvo también por lo que hoy se conoce como Berlanga de Duero. Un castillo de maltrechos torreones, viejo como la tierra que lo amamanta, se alza en la corona de un cerro. A sus pies se esparce la ciudadela. En el corazón del barrio viejo se yergue la colegiata de Nuestra Señora del Mercado. Digna de la capital de un reino, tal y como aseveró un célebre arquitecto renacentista, la colegiata del Mercado no puede esconder sus ínfulas catedralicias.

De su planta de salón germinan columnas de talla gótica y bóvedas a modo de estrella que evocan el equilibrio y la serena belleza de un bosque tropical. En una de sus paredes cuelga un caimán que mandó disecar fray Tomás de Berlanga, un hijo pródigo del pueblo que llegó a ser obispo de Panamá y descubridor de las islas Galápagos. 

Bordecorex

Se sabe que Almanzor murió en Bordecorex, un poblacho pequeño y olvidado a no muchas leguas de la populosa Medinaceli. No obstante, el hijo predilecto del caudillo árabe se empeñó en que su padre recibiera sepultura a la sombra del poderoso alcázar de Medinaceli, capital de la Marca media, aquella endeble frontera que en teoría (nunca en la práctica) separaba las tierras cristianas de las árabes.