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Rurrenabaque, la impresionante puerta a la Amazonía boliviana

Un viaje entre delfines rosados y mucha selva.

Una impresionante puerta a la que es la selva más extensa del mundo.

Una impresionante puerta a la que es la selva más extensa del mundo. / Istock / Leamus

El río Beni serpentea entre montañas verdes, y lleva consigo a la selva y a las aventuras. En las orillas, el pequeño pueblo de Rurrenabaque es la puerta de entrada a uno de los ecosistemas más diversos del planeta. La Amazonía, que cubre parte de Brasil, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela, también cubre una parte generosa de Bolivia, que además de altiplano andino tiene esta región húmeda y tropical.

Una impresionante puerta a la que es la selva más extensa del mundo.

Los paisajes son un auténtico privilegio. / Istock / DC_Colombia

Rurrenabaque, “Rurre” para los locales, tiene un aire despreocupado que invita a extender la estancia. Sus calles tienen casas de madera y un eco de conversaciones en quechua y español, la antesala de dos mundos: la selva tropical del Parque Nacional Madidi y las pampas del río Yacuma. Los dos idiomas más hablados en Bolivia, el quechua y el español en plena fusión con la selva más grande del planeta.

El Madidi, considerado uno de los parques más biodiversos, es un lugar donde la selva respira, inhala, exhala con intensidad. El aire es pura humedad, y vuela colmado de sonidos y aromas que no tienen nombre. Guacamayos por los cielos, y jaguares que acechan sigilosamente entre las matas. La Amazonía es un universo paralelo, donde más nos vale andarnos con cuidado.

Guacamayos en Rurrenabaque.

Guacamayos en Rurrenabaque. / Istock / Leamus

A pocos kilómetros, las pampas ofrecen un contraste sorprendente. Aquí, el horizonte se abre, el río Yacuma brota como una arteria de vida, y los delfines rosados juegan con las orillas, Los ruidos* de los delfines hacen parecer que la Amazonía misma sonriera. Estas criaturas, símbolo de la región, encarnan y aletean la magia y la fragilidad del entorno. En las pampas, también es posible toparse con caimanes y anacondas.

Pero Rurrenabaque no es solo naturaleza; es también una lección sobre turismo responsable. Muchas de las excursiones son operadas por comunidades locales que entienden la selva como su hogar, no como un recurso. Ellos, con el vínculo a la tierra y su sabiduría ancestral, guían a los visitantes a través de senderos invisibles, compartiendo mitos, conocimientos y un respeto profundo por el entorno. Y ya que estamos en esta región, comamos como en esta región: hormigas culonas, consideradas un manjar por su textura crujiente. Y mucha yuca y plátano. Y jugo de copoazú. Y mucho pescado de río, como el pacú.

Iglesia de Rurrenabaque, Bolivia

Iglesia de Rurrenabaque, Bolivia / Istock / Leamus

Al atardecer, desde un mirador improvisado, Rurrenabaque se despide con cielos encendidos de rojo y naranja y más rojo y más naranja. El río refleja los colores y los grillos y las ranas comienzan el canto nocturno. En la selva, lo primero que se aprende es a escuchar, a escuchar fuera, los animales, las ramas que crujen, el viento que ulula; a escuchar dentro, la respiración, el flujo sanguíneo, el sueño, la vigilia. Esto es, sin duda, el mejor aprendizaje de la Amazonía: agudizar el oído, el olfato, la vista, los sentidos que conforman nuestro mundo y que tantas veces anestesiamos.