Rotorua: géiseres y lagos de colores

El rincón más estrambótico de la Isla Norte de Nueva Zelanda es uno de los lugares con mayor actividad geotérmica del mundo. Por eso esconde un paisaje increíble. 

Noelia Ferreiro
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Foto: muha04 / ISTOCK

Géiseres explosivos, fuentes termales y lagos literalmente rojos, amarillos y verdes. Rotorúa, la zona volcánica emplazada en el llamado cinturón de fuego del Pacífico, es la más activa de Nueva Zelanda. Un lugar hilvanado por unos paisajes verdaderamente espectaculares, por fenómenos que se dirían salidos de un laboratorio científico, por colores de los que no podría sospecharse que existen en la naturaleza. Aquí la vida está enmarcada por el suelo humeante, los escoriales de lava y las piscinas de lodo en ebullición como el guiso eterno de una cazuela. También por el aire cargado de sulfuro de hidrógeno, con sus inconfundibles ráfagas a huevo podrido. Basta con olisquear el ambiente para percibir la fuerza que late en las entrañas de la tierra.

Nada sorprende que, ya desde el origen de los tiempos, estas tierras fueran veneradas por los maoríes, quienes hallaron en sus tratamientos acuáticos el remedio a muchos de sus males. Hoy estos aborígenes, que bailan danzas de guerra en los estadios de rugby y se saludan cariñosamente frotándose la nariz, constituyen el 35% de la población local, lo que convierte a este lugar en un bastión de su cultura milenaria.

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Sus tradiciones atraen a numerosos viajeros, ávidos de empaparse de los ritos nativos. Aquellos que sean capaces de abstraerse del inevitable cariz turístico pueden asistir a un enérgico espectáculo, participar en un banquete hangi (con atracones de carne) o descubrir las técnicas de su artesanía en distintas aldeas que ofrecen una especie de tours comentados.

Sin embargo en Rotorua, que abarca diferentes reservas termales desperdigadas por el territorio, la actividad geotérmica es el principal reclamo, para cuya exploración hay que llegar a la ciudad también llamada Rotorua, que es la mejor base de operaciones. Allí mismo, en pleno centro, el gratuito Kuirau Park puede servir de aperitivo con su pequeño lago en un cráter, sus piscinas de barro y su pilón con agua calentita donde remojar los pies. El resto de las opciones volcánicas están a unos pocos kilómetros e implican el pago de una entrada que ronda los 30 euros.

tane-mahuta / ISTOCK

Te Whakarewarewa es una de las reservas termales más populares, puesto que su excursión permite admirar la grandeza del Pohutu, un géiser que entra en erupción veinte veces al día y escupe agua caliente hasta 30 metros de altura. También Waimangu Volcanic Valley resulta interesante porque se trata del área geotermal más joven del mundo y su recorrido a pie atraviesa accidentes volcánicos como el Inferno Cráter Lake o el Frying Pan Lake, donde el agua rebosante alcanza los 80º.

Pero la reserva más espectacular es aquella a la que los maoríes bautizaron como Wai o Tapu (aguas sagradas). Aquí encontramos otro géiser: el concurrido Lady Knox, que erupciona todos los días a las 10.15 horas (eso sí, con la ayuda de polvos de jabón). Después están los lagos de tonalidades imposibles que hacen que caminar por este recinto sea descubrir todo un mundo de fantasía. El Champagne Pool (piscina de champán), exhibe un burbujeante e intenso naranja tras el vapor. Más allá aparece un charco verde fluorescente; al fondo, otro de destellos añiles y al otro lado sorprenden una aguas rabiosamente amarillas. Es a la mezcla de los metales geotermales (el arsénico, el sílice, el antimonio…) a la que se debe semejante paleta de colores en este rincón de las antípodas que nunca deja de sorprender.