Ronda, o un decorado romántico

A 100 kilómetros exactos de Málaga, la que fuera morada de bandoleros y objeto de deseo para los viajeros románticos del XIX conserva esa atmósfera mágica que proporcionan su legado árabe y su espectacular tajo excavado por el río Guadalevín.

Silvia Roba
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Arrieros, bandoleros, mujeres de amplios vestidos que apenas dejaban entrever su figura, hombres robustos y de carácter. Son estos los personajes que transitaban por los textos de todos los escritores —franceses, ingleses y norteamericanos— que, durante la primera mitad del siglo XIX, se lanzaron a descubrir la que para ellos era la localidad más pintoresca de Europa.

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Ronda era el destino perfecto para espíritus románticos, que solían escoger la primavera para visitarla. Este rincón malagueño sigue despertando la curiosidad de los viajeros de hoy, ansiosos por asomarse al pasado y al tajo excavado por el río Guadalevín, por el que parecen precipitarse los edificios del centro histórico. Una panorámica imposible de olvidar.

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Cuarenta años tardó en construirse el Puente Nuevo, de 98 metros de altura, los mismos que tiene de profundidad el desfiladero sobre el que se asienta el pueblo. Esta obra de ingeniería dieciochesca permitió la conexión entre el barrio antiguo y el barrio moderno, tal y como se recuerda en el Centro de Interpretación que alberga en su interior. La ubicación de Ronda, en un promontorio rocoso, le ha conferido a lo largo de la historia un marcado valor estratégico y defensivo.

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En época musulmana, estaba resguardada por esa barrera natural que supone el tajo y por sus murallas, con una puerta, la del Almocábar, del siglo XIII, que en sus orígenes daba acceso a la medina. El alminar de San Sebastián, los Baños Árabes, que pasan por ser los mejor conservados de la Península Ibérica, y la Casa del Gigante, un palacio nazarí, permiten evocar tiempos pasados.

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Tiempo es, precisamente, lo que se necesita para saborear Ronda, que se degusta mejor ante una mesa poblada de queso de cabra, cabrito asado, habas a la rondeña, pestiños y, cómo no, vino de la serranía. Para hacer bien la digestión, nada como darse un paseo para descubrir el callejón de los Tramposos o el Museo del Bandolero y edificios notables, como el palacio del Marqués de Salvatierra o el de Moctezuma, la iglesia de Santa María la Mayor y la Casa del Rey Moro, del siglo XVIII, con una mina para la captación de agua de origen árabe, a la que se accede por una escalera tallada en la roca, y un idílico jardín.

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Toros y Orson Welles

“Un hombre no es de donde nace, sino de donde elige morir.” Estas son palabras del actor, guionista y director Orson Welles, cuyas cenizas reposan en el pozo de un cortijo rondeño, propiedad de su amigo el torero Antonio Ordóñez, promotor de la famosa corrida goyesca que, cada septiembre, tiene lugar en la no menos famosa Plaza de Toros de Ronda. Inaugurada en 1785, es de las más antiguas y singulares de España.