Roma cuando era niña, por Espido Freire

"De aquel viaje me quedó la fascinación por esas calles silenciosas y serenas de la vía pellegrino"

Espido Freire
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Foto: Kike Lucas

Llegué a Roma por primera vez en diciembre de 1988, a una ciudad sorprendentemente vacía de turistas; eran otros años, y el cielo encapotado oscurecía el color de la piedra y brindaba una profundidad extraña a los estucos de las paredes. Se acercaba el día 8, la festividad de la Inmaculada, y el motivo por el que una niña de catorce años viajaba sin sus padres a Roma era que en unos días el tenor José Carreras interpretaría la Misa Criolla en el Aula Paulo VI, en el Vaticano. Yo, estudiante de canto, me encontraba en el coro que le acompañaba.

De aquel viaje me quedó la fascinación por esas calles silenciosas y serenas de la Vía Pellegrino, con sus rincones inolvidables, de colores cálidos y proporciones casi perfectas; la superposición en mi mente, como si fuera un diorama, de las imágenes idealizadas que yo tenía del Coliseo y de la Domus Aurea sobre la realidad en ruinas; la vista desde el mirador del Jardín de los Naranjos, encaramado en una de las siete míticas colinas de Roma, el monte Aventino, desde donde la cúpula de San Pedro pierde su orgullo y desdibuja su poder para convertirse en apenas un bulto más entre los tejados del cielo romano.

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Me traje el dramatismo de las ramas doradas que ocupaban el escenario en el que cantábamos, una escultura de Pericle Fazzini en la que sobresale un gigantesco Cristo resucitado, me grabé a fuego la importancia de la puesta en escena (toda la ciudad es un bello ejercicio de estética), la emoción del encuentro con el público y la intuición de que los viajes y la libertad ya no me abandonarían. Supe que la parte final de un viaje implicaba compartirlo, y conté anécdotas y escribí sobre ese viaje durante años: cuando había abandonado la música, el eco de ese viaje continuaba expandiéndose, y me bastaba cerrar los ojos para recordar el Carciofo alla giudia (alcachofas fritas) y la Torta di ricotta e cioccolato de Sora Margherita, una casa de comidas abierta en el barrio judío en 1927 y cuyo menú escrito a mano aún conservo.

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Aquel viaje fue, en gran medida, el inicio de mi vida adulta: el que me llevó a aprender idiomas, rápidamente olvidados, el que me sacudió con la súbita certeza de que yo no me quedaría ni en mi casa ni en mi ciudad, el que, entre el endiablado tráfico romano, el intento de robo en un autobús, la inédita belleza de los frescos y la urgencia de los ensayos me abrió los ojos a escribir sobre lo que me aguardaba fuera, y no únicamente sobre lo que me atormentaba en mi interior.

Si yo hoy me encuentro aquí, al otro lado de este papel, se debe a la fascinación que en aquellos días invernales de frío seco sentí por los puestecillos de recuerdos y las tiendas de helados, abiertas pese al clima. Por los gatos rubios que se colaban entre las verjas que protegían los monumentos, y por el foro, con columnas corintias bellas como pétalos, y deshojadas como flores ya ajadas. Por la manera en la que la gente se movía, gesticulaba y me miraba, una niña que fingía ser una adulta entre adultos.

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Con los años he regresado en muchas ocasiones a Roma, para mi suerte: en una me hospedé en un convento donde me despertaban los cantos religiosos y desayunaba naranjas del huerto. En otra entrevisté a Charlize Theron, elegante como otra columna corintia. Pero ninguna de esas visitas, a veces breves, otras más demoradas, se han comparado a aquella primera, imperfecta, parcial, de impresiones deslavazadas. No he vuelto a encontrar esa ciudad.