Rodas, bastión de caballeros

Mucho más que un coloso. La principal isla del Dodecaneso griego es famosa por la estatua del coloso, una de las siete maravillas de la antigüedad, aunque solo permaneció en pie durante 66 años. Más tiempo, dos siglos, permanecieron los Caballeros de la Orden de San Juan, que la dotaron de un rico patrimonio. Rodas es un compendio de todo el Mediterráneo, y un verdadero placer pasearla fuera de temporada.

Thierry Maliniak
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Foto: efilippou / GETTY

Hay que visitar la isla de Rodas fuera de temporada. Cuando la han abandonado la miríada de turistas que abarrotan en verano sus bonitas playas (con una superficie ligeramente inferior a Gran Canaria, Rodas acoge al año 1,9 millones de visitantes, un tercio llegados por barco). Y cuando las callejuelas de su casco viejo (declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1988) vuelven a un estado de deliciosa modorra que transporta al viajero a una remota época medieval. Es el momento de pasear casi en solitario en medio de una cintura de murallas perfectamente conservadas, que encierran unas estrechas callejuelas empedradas donde uno se topa ora con una iglesia bizantina, ora con una mezquita, ora con unas ruinas romanas o griegas, ora con una torre medieval. Aquí está el corazón de Rodas, la principal isla del Dodecaneso griego, que, según la leyenda, fue atribuida por Zeus a Helios tras salir este último del mar. El dios-sol se casó con una diosa marina también recién emergida de las aguas, Roda, que iba a legar su nombre tanto a la isla como a su ciudad principal (hoy con 41.000 habitantes).

Es un paraje que entusiasmó por su belleza a los escritores a través de los siglos. Desde el poeta lírico griego Píndaro, que ya en el siglo V a.C. escribía que "Rodas se abrió como una flor desde las profundidades marinas, hija de Afrodita que se transformó en novia del Sol", hasta Lawrence Durrell. Nada menos que 25 siglos después, el novelista inglés narra en su libro (referencia obligada para los visitantes) Reflexiones sobre una Venus marina los dos años que pasó en Rodas, de 1945 a 1947, y celebra los atardeceres que hicieron famosa a la isla, donde "los días caen con tanta suavidad como las frutas de los árboles".

Su situación geográfica como punto de encuentro entre el Mediterráneo occidental y el oriental, a menos de 50 kilómetros de la costa turca que se divisa perfectamente desde su puerto, explica que por aquí pasaron (y dominaron) todas las civilizaciones que navegaron por estas aguas: atenienses, espartanos, tebanos, persas, macedonios, romanos, venecianos, genoveses, turcos... Y después, ya en el siglo XX, los italianos, los británicos y, por fin, los últimos: los griegos, en 1947. Pero, aunque todas las culturas dejaron aquí su poso como sedimentos sucesivos, no se fundieron en una sola sino que intentaron corregirse unas a otras: los otomanos transformaron las iglesias bizantinas en mezquitas, mientras los italianos quitaron a su vez los añadidos turcos. Aunque la impronta de cada una sigue estando bien presente: Rodas es un verdadero compendio del Mediterráneo.

Dos siglos de la Orden

De todas estas huellas, las más profundas, sin embargo, son las que dejaron unos guerreros profesionales: los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén. En 1306 compraron la isla a los genoveses (aunque necesitaron tres años para controlarla efectivamente) y trasladaron aquí su cuartel general desde Chipre. Estuvieron al mando solo dos siglos, hasta que el turco Solimán El Magnífico les expulsara en 1522, tras un asedio de seis meses, y les obligara a transferir su sede a La Valeta, donde adoptaron su nombre definitivo de Caballeros de la Orden de Malta. Pero este tiempo fue suficiente para que su rastro siga estando muy presente hasta hoy. Sobre todo en la vía más famosa de su casco viejo: Ippoton, la Calle de los Caballeros. Estrecha, rectilínea y empedrada de guijarros, discurre en medio de una doble hilera de fachadas perfectamente alineadas, austeras y blasonadas, de un estilo uniforme que da al conjunto una agradable sensación de perfecta armonía. Son las fachadas de los edificios de la Orden, que se dividía en ocho lenguas (un concepto asimilado a nación) que reflejaban la procedencia geográfica diversa de sus miembros: Castilla, Aragón, Provenza, Auvernia, etcétera. Cada lengua tenía aquí sus propios albergues, sus capillas y algún que otro hospital.

Puerta de San Antonio, en la ciudad vieja de Rodas.  | FevreDream / ISTOCK

En su parte superior, la empinada calle Ippoton desemboca en el majestuoso Palacio del Gran Maestre. Construido encima de una vieja fortaleza bizantina del siglo VII, es uno de los pocos ejemplos de arte gótico en Grecia. Desde su posición estratégica, los Caballeros, y después los otomanos, gobernaron la isla. De este pasado queda una sucesión de habitaciones a la vez principescas y austeras, dos características curiosamente mezcladas en el espíritu de la Orden. Por lo menos en su fase inicial en lo que se refiere a la austeridad, ya que el ascetismo de los primeros tiempos acabó degenerando, como lo recuerda Durrell cuando escribe que al final "la Orden gozaba de la reputación de ser tan rica como todo el resto de la Iglesia junta, y sus Caballeros habían comenzado a vestir con el mayor lujo y a gastar en vajillas de plata y oro".

Dañado por el paso de los tiempos, el Palacio del Gran Maestre fue restaurado por los italianos en la época de Mussolini. Veían en el edificio el símbolo de "la defensa de la civilización occidental, del derecho y de la religión de Roma", como lo recuerda una inscripción en italiano grabada en una placa que todavía se puede leer en la base del edificio y que data de 1940, "año 18 de la era fascista", precisa el texto. El gobernador italiano que dirigió la restauración, Cesare María de Vecchi, juzgó oportuno –una iniciativa discutible– añadir pomposidad al palacio adornándolo con jarrones de Extremo Oriente, esculturas italianas y mosaicos romanos traídos de otras islas.

La "Afrodita de Rodas"

Volviendo a la calle Ippoton, el visitante encuentra cerca otro edificio majestuoso, del siglo XV: fue otrora el hospital de la Orden, y en él ha encontrado hoy cobijo el Museo de Arqueología. Alterna salas abovedadas y patios rodeados de elegantes columnatas para albergar una de las mayores colecciones de esculturas griegas del Mar Egeo. Su pieza más conocida, de una fineza notable, se dio a llamar la Afrodita de Rodas: es una pequeña estatua de mármol (apenas 49 centímetros) de la diosa saliendo de las aguas del mar y escurriéndose el cabello todavía mojado. Se ha convertido en símbolo de la isla e inspiró el título del libro de Lawrence Durrell anteriormente citado.

Museo Arqueológico de Rodas.  | Starcevic / ISTOCK

Una vez rendido tributo a la obra monumental de los Caballeros, ya es hora de dirigirse... a ninguna parte. Y es que la mejor manera de dejarse impregnar por la atmósfera medieval de Rodas es deambular por las estrechas callejuelas de su casco viejo (felizmente inaccesible en su mayor parte para el tráfico rodado) y perderse por este dédalo de curvas, meandros y sinuosidades. El recorrido discurre entre casas de piedra en las que la ropa tendida y las macetas de flores aportan una nota de color. Se podrá entrar de paso en alguna de estas pequeñas capillas bizantinas esparcidas por estos parajes, aunque por lo que respecta a las demás religiones la visita puede ser más ardua: la sinagoga sefardí Kahal Shalom, la más antigua de Grecia, solo recibe, fuera de temporada, visitas concertadas previamente, mientras las mezquitas permanecen cerradas todo el año (alguna que otra abre brevemente los viernes, día del rezo). Se podrá en cambio tentar la suerte en la librería musulmana (frente a la mezquita Solimán), pero las posibilidades de acceder a este tesoro de unos dos mil libros en árabe, turco y farsi, algunos del siglo XV, dependerán del versátil humor del vigilante.

Tras visitar el casco medieval por dentro se puede también recorrer por fuera: un camino sigue el foso exterior trazado en torno a los cuatro kilómetros de muralla –doble en algunas partes– que protegían la ciudad, y acaba desembocando en un paseo marítimo que circunda toda la zona urbana. Aquí se suceden las bahías abrigando sucesivos puertos, bien sea comercial, militar o deportivo: ensenada de Akantia, de Limenas, de Mandraki. Es a la entrada de esta última donde se erguía, según se dice aquí, el Coloso de Rodas.

Plaza de Hipócrates, en la parte vieja de la ciudad de Rodas. | Starcevic / ISTOCK

Y ya que se ha abandonado el casco viejo, es el momento de descubrir ahora la llamada Ciudad Nueva… que, de hecho, no lo es tanto, ya que la fundaron inicialmente los habitantes que huyeron extramuros tras la llegada de los turcos en el siglo XVI. Llena de tiendas, de bares y de restaurantes, presenta una animación típicamente mediterránea que contrasta con el adormecimiento, fuera de temporada por lo menos, de la parte medieval. Conforme se sigue caminando hacia el norte, el mar, como en un embudo, va apretando cada vez más las tierras hasta llegar a la estrecha punta septentrional de la ciudad. Aquí se encuentra el Acuario, construido por los italianos en los años 1930 y que funciona a la vez como museo y como centro de investigación marina para todo el Dodecaneso.

Descubrir el interior

Una vez en la extremidad de la isla ha llegado el momento de dar la vuelta y salir a descubrir su interior. La primera etapa, aún en la costa, lleva a lo que constituye probablemente su sitio más bonito: el pueblo de Lindos, a 56 kilómetros al sur de la ciudad de Rodas. La carretera sigue la costa oriental, paralela a una línea continua de playas... incluyendo una llamada Anthony Quinn (según se explica aquí, el actor la compró en 1960, pero el Estado se opuso finalmente a que se hiciera con ella). El camino discurre entre casas blancas, olivos y cipreses, en medio de los olores a lavanda y romero. Lindos fue uno de los tres primeros asentamientos de Rodas (con Kameiros e Ialysos) que los dorios establecieron en el siglo XII a.C. Tras un terremoto que asoló toda la zona, los habitantes de los tres pueblos decidieron de común acuerdo fundar una ciudad nueva en la extremidad norte de la isla, que consideraban más segura (es la actual ciudad de Rodas). La llegada a Lindos es asombrosa: el visitante se fija primero en las ruinas de la Acrópolis, encaramadas de manera espectacular encima de un escarpado promontorio rocoso situado entre el mar y la parte habitada, como protegiéndola de las posibles inclemencias marítimas. El pueblo tiene una belleza de postal.

Vista general del pueblo de Lindos. | tunart / ISTOCK

Tras Lindos, el visitante puede adentrarse en el interior rocoso de la isla. Unas carreteras estrechas y sinuosas lo recorren, en medio de olivos y cabras. Se puede de paso hacer una parada en alguna de la treintena de ermitas diseminadas por todo el interior. O en algún monasterio aislado, como el de Moni Skiadi, en el sur de la isla, donde la cantidad de exvotos depositados al pie de un icono de la Virgen (llevado a pie de pueblo en pueblo durante la Pascua ortodoxa) refleja el fervor popular en este sitio especialmente venerado.

La villa de Mussolini

Y si de montaña se trata, merece la pena dirigirse hacia el principal macizo de Rodas, el de Attavyros, pelado y generalmente cubierto de una corona de nubes: aquí está el punto más alto de la isla, con unos (modestos) 1.215 metros. Al pie del macizo, el pueblo de Embonas, centro de la principal zona vitícola y oleícola de la isla, ofrece buenas posibilidades de senderismo. Bajando desde Attavyros el visitante llega a la costa occidental, donde encontrará otros testimonios de la época de la Orden y su afición a lo militar. Dos castillos, el de Monolithos y, más al sur, el de Kristiana, se yerguen en un espectacular emplazamiento (el primero sobre todo), asentados en la cumbre de una sólida pared rocosa desde la que se podía vigilar toda la costa.

Acrópolis de Lindos, en un promontorio espectacular. | Vladimir_Timofeev / ISTOCK

Y para terminar este recorrido, saltemos unos siete siglos hacia adelante para descubrir una curiosa muestra de la época italiana: al sur de la ciudad de Rodas se puede pasear por unos pueblos que el gobierno de Roma construyó a finales de los años 1920 para poblarlos de colonos llegados de la metrópoli. Albergan, en un sitio llamado Profitis Ilias, un sorprendente establecimiento de estilo alpino, el Hotel Elafos, levantado en 1929 por el régimen de Mussolini, nada menos que para (según los documentos aquí conservados) "conectar el Trentino-Alto Adigio con Profitis Ilias". Casi al lado se puede ver una casa en ruinas, llamada Villa Vechi, que el sátrapa italiano mandó construir en 1936 con la idea de jubilarse aquí, pero que nunca visitó. Todo eso al lado de un pueblo que hoy se llama Eleusa, pero hace algunas décadas se denominaba todavía Campo Chiaro. Un resumen de los contrastes de esta isla por la que, en el Mediterráneo, todos pasaron, y en la que todos algo dejaron.

La isla del Coloso

¿Dónde estaba situado exactamente? Los habitantes de Rodas señalan un punto en la estrecha entrada a la bahía de Mandraki, en la costa oriental de la ciudad. Pero es mera hipótesis: nadie sabe a ciencia cierta (a pesar de los múltiples estudios realizados) cuál fue la ubicación real del Coloso de Rodas. Sí se conoce bien, en cambio, la génesis de esta obra que fue catalogada entre las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Volvamos 23 siglos atrás. Los generales de Alejandro Magno se disputan tras su muerte los trozos de su imperio. Antígono, dueño de Palestina y Asia Menor, pide a Rodas su apoyo frente a Ptolomeo, que domina Egipto. Pero Rodas no ve motivo para romper su alianza con Egipto, que le ha permitido dominar el comercio en el Mar Egeo. Antígono manda a su hijo, Demetrio, a someter la isla. Para la pacífica Rodas la situación es desesperada: el temible Demetrio, apodado Poliorcetes (El Asediador de Ciudades), comanda un formidable ejército. Y, sin embargo, Rodas resiste. Por más que Poliorcetes logre desembarcar en una parte del puerto y añada a las catapultas una torre de asalto de 45 metros, la Helépolis (Tomadora de Ciudades), sin equivalente en la época. Rodas no cae. Tras 15 meses de asalto, el hijo de Antígono se retira. Para celebrarlo, los habitantes de Rodas confían a un famoso escultor griego, Cares de Lindos, la construcción de una gran estatua al dios-sol Helios. Financian la obra, irónicamente, con el dinero obtenido por la venta del material bélico abandonado por Demetrio. Tras doce años de construcción y dificultades (Cares de Lindos se acabará suicidando), la estatua, de 35 metros, es inaugurada en el 292 a.C. Un terremoto la derrumbó apenas 66 años más tarde. Un oráculo aconsejó no volverla a levantar, y el material para su construcción fue vendido por un ejército árabe que posteriormente conquistó la isla.