Rincones para sibaritas en Mallorca

Desde que fue descubierta por escritores y artistas románticos, la isla balear ha recorrido un largo trecho. Demasiado, quizá, si se mira a los excesos urbanísticos; pero su larga y saludable carrera la ha encumbrado a la cúspide del refinamiento, sin perder su atributo original –hecho eslogan– de "isla verde", bañada por la calma.

Carlos Pascual

Francamente, poco o nada tiene que ver la Mallorca que pintaban George Sand (Un invierno en Mallorca, 1842), Rubén Darío (La isla de oro) o Santiago Rusiñol (La isla de la calma) con la realidad actual de la isla. Pero aquella propaganda funcionó. Y más sirvieron, al parecer, los apuntes que Gordon West redactó en 1929 y que, reeditados en 1994, se convirtieron en libro del año en Gran Bretaña (Jogging around Mallorca); lo mismo que el libro de Albert Vigoleis La isla del segundo rostro (1953, redescubierta en 1982), un auténtico clásico para los alemanes que algo habrá hecho para encandilar la devoción tudesca por Mallorca. Por no hablar de Robert Graves y la interminable legión de famosos cuyo paso por la isla han recogido las autoridades insulares en un libro (Mallorca siglo XX, un destino obligado) que más parece (por su grosor) un listín de teléfonos del gotha mundial.

El glamour de los famosos parece haber actuado como una enzima, y frente a la banalización y masificación de las costas emprendida por algunos desaprensivos, lo cierto es que en la isla se ha instalado una dimensión de puro lujo, de exclusividad. Desde hace pocos meses existe una revista llamada Mallorca Exclusive, dirigida a ese público sibarita; en ella se pueden fichar hoteles de lujo y villas de ensueño, algunas accesibles a partir de medio millón de euros; las más cucas, entre dos y tres millones, y otras en fin cuyo precio sólo te confían on request, si vas en persona a preguntarlo. Aparte de eso, claro está, se pueden consultar los servicios y caprichos que pueden tentar a tamaños propietarios.

¿Cómo introducirse en esa Mallorca exclusiva? Pues de manera exclusiva: echando una ojeada al patio en una excursión... en avioneta. En el antiguo aeropuerto (actual aeródromo de Son Bonet) operan compañías como AirXperience que ofrecen vuelos para un máximo de tres personas por viaje y permiten contemplar cualquier rincón de la isla a ojo de pájaro. Vamos, como en uno de esos autobuses city sightseeing, pero a lo grande. Algo que, de entrada, se constata en esos vuelos es que la isla es mucho más verde y agreste de lo que uno espera y que, por tanto, el eslogan oficial de "isla verde" no es ni mucho menos voluntarioso.

La siguiente cuestión fundamental es elegir la mejor base de operaciones. O sea, dar con un hotel fuera de serie. Como pista, se pueden manejar varios parámetros: que el paisaje sea deslumbrante, que el edificio tenga un alto valor histórico (o arquitectónico, si es nuevo), que el trato y los servicios sean excelentes y que, entre éstos, no falte un spa a la última. Hay varios hoteles que pasan cum laude el examen. El Gran Hotel de Sóller, por ejemplo, es un palacete modernista de 1880, con la Sierra de Tramuntana de soberbio decorado y rescatado hace cuatro años por un paisano para el máximo lujo, con obras de arte en sus paredes, un spa con tratamientos chinos y un restaurante donde el chef Javier Weil convierte la tradición y los productos locales en pura virguería.

No lejos de allí, en Deià, La Residencia es una de las joyas de la cadena Orient Express, ocupando una hacienda del siglo XVI entre bancales de olivos, naranjos y limoneros. Su restaurante El Olivo, dirigido por el chef Guillermo Méndez, fue seleccionado en el último Madrid Fusión como mejor restaurante de hotel de Europa. Dos iniciativas simpáticas: organizan excursiones privadas (Walk Talk) por talleres y casas de artistas locales, guiadas por la nuera de Robert Graves; y si reservas tres o más noches de hotel, ponen gratuitamente a tu disposición un coche de clase A. Al norte de la isla, el Gran Hotel Formentor se esconde entre pinares solitarios desde 1929, y es la gran referencia literaria de la isla, ya que allí se organizaron unos históricos encuentros de escritores, orquestados por gente como Camilo José Cela o Carlos Barral.

Son varios, en fin, los hoteles instalados en castillos o palacetes; el último, abierto hace un año, el Hilton Sa Torre. El hotel Son Vida ocupa un castillo restaurado según planos del histórico Violet le Duc. El Ca Sa Galesa es un palacete del XVII con vistas a la catedral y a la bahía de Palma, y baños romanos en el sótano. Otros hoteles urbanos de diseño moderno son el Hotel 3, el Puro Hotel o el Convent de la Missió, de elegante minimalismo y con un restaurante, El Refectori, más que notable. También son espectaculares La Reserva Rotana, que ocupa una possessió del XVII en Manacor, y el renovado Meliá de Mar, en Illetas.

Las ‘possessions'' mallorquinas han han dado juego al creciente y cada vez más refinado agroturismo. Los propietarios de estas haciendas han encontrado en el turismo la manera de hacerlas rentables y poder mantenerlas. Para evitar abusos con el label de agroturismo, un estricto control exige que estas fincas tengan al menos 25.000 metros cuadrados, que conserven su actividad agrícola y que su capacidad máxima sea de 24 huéspedes. Cuando empezó el agroturismo en Mallorca en 1992, sólo había cuatro haciendas; ahora son más de un centenar. Merece la pena visitar La Granja, una possessió en el término de Esporles, en un paraje bellísimo, que sirve de muestra de la forma de vida y trabajo en las haciendas: es un verdadero y completo museo etnológico, con restaurante y tienda de productos.

También para llenar el ocio hay vías excelentes. La isla cuenta con 22 campos de golf, algunos de ellos exclusivamente para socios; el de Son Gual resulta tan exclusivo que no es ni para socios: sólo se puede acceder a él por una expresa invitación del dueño.

La pasión por el mar se traduce en más de 50 puertos deportivos con 20.000 atraques y unos 30 clubes náuticos que organizan regatas como la Copa del Rey; uno de los muelles donde pueden verse los yates más despampanantes es Puerto Portal, en la zona de la Palmanova (allí está, por cierto, el restaurante Tristán, único en la isla con dos estrellas Michelin). El año pasado, 38 playas mallorquinas fueron distinguidas con la bandera azul.

En lo que se refiere a monumentos y visitas, los lectores del Diario de Mallorca eligieron Las 7 maravillas de la isla: La Seu, el Castell de Bellver, la Sierra de Tramuntana, las Cuevas del Drac, la Playa Es Trenc y Ses Salines, la Ensaimada mallorquina y el Parque Nacional de Cabrera fueron las elegidas. Otra iniciativa loable son los Itinerarios guiados promovidos por la Consellería de Turismo; los más solicitados son los que revisan las joyas modernistas de Palma, el call judío y la cuestión de los chuetas o las historias y leyendas urbanas (en visita nocturna). Al margen de ofertas organizadas, lo mejor es descubrir personamentel los rincones y motivos que la isla esconde. Una isla que, pese a todo, sigue siendo "la isla verde" y teniendo "un segundo rostro", el "de la calma". Y en donde, para resumir, cualquier capricho es posible... si se tiene dinero.