Rincones con historia en las "Cinco Villas"

El apellido "histórico" que se aplica a muchos lugares y hoteles no siempre responde a la realidad. No es el caso de los que hay en la comarca de las Cinco Villas (Zaragoza), donde el pasado puede leerse en cada piedra, pavimento y pieza de mobiliario. Hoteles situados entre épicos paisajes y localidades donde se forjaron parte de los orígenes de nuestro país.

Alfredo G. Reyes
 | 
Foto: David Santiago

Si la Reconquista debió ser una tarea ardua, dura y sangrienta, la de repoblar las nuevas tierras de los reinos cristianos no habría de resultar menos complicada. Por eso los monarcas de aquellos territorios que, con el tiempo, acabarían uniéndose bajo el nombre de España se vieron obligados a otorgar prebendas y privilegios y, de esta forma, lograr que miles de colonos se asentaran en lugares que nada tenían que ver con su historia personal y familiar. La comarca de las Cinco Villas (Tauste, Ejea de los Caballeros, Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico, junto a otros 26 pueblos, barrios y aldeas) es buen ejemplo de lo que supuso esta colonización, pues tras su paso del islam a la cruz gozó de numerosos privilegios reales (exención de tributos, derechos de peaje, reconocimientos como villas...). La riqueza generada por esas prebendas se percibe hoy, sobre todo, en la calidad de la piedra dorada con que fueron construidas buena parte de sus casas e iglesias y por las obras artísticas que aún albergan muchas de esas construcciones.

De entre todas esas poblaciones brilla especialmente Sos, a la que en tiempos de Alfonso XIII se le otorgó el apellido del Rey Católico, como reconocimiento a que fue en ella donde nació Fernando de Aragón. La localidad, aupada a una peña desde la que se divisa una impresionante panorámica que abarca desde la Sierra de Leyre y los Pirineos navarros a la inmensidad del valle del río Aragón, alberga notables edificios históricos protegidos. Algunos de ellos han sido reconvertidos en hoteles y alojamientos rurales que han dado un nuevo uso (y vida) a sus piedras.

El Hotel El Peirón es un buen ejemplo. En la zona se llama peirón al crucero (o humilladero), la cruz de piedra que preside plazas y entradas a muchos pueblos de España. Hay uno de estos peirones adosados a una de las paredes de la casa, edificada para los Artieda de Aragón, importante familia que exportó a alguno de sus miembros a la otra gran conquista, la de América. En los años 80 del siglo pasado compró la casa la familia Lobera Lacosta, que, al fin, en 2009 la inauguró como un coqueto hotel lleno de detalles personales. El más llamativo es el uso de las puertas originales de la casa (tratadas y recuperadas con maestría en un taller de Zaragoza) para las funciones más diversas, como la separación de estancias, como simples detalles decorativos en algunas paredes o para convertirse en originales cabeceros de cama. Sin duda, las habitaciones con más personalidad son las dos suites, sobre una de las más importantes vías de acceso a la localidad: el Portal de Zaragoza. Pero no desmerecen el resto de estancias, con los coordinados colores de las telas de camas y cortinas, o con unos baños muy confortables.

Muy próximo a este hotel se encuentra otro alojamiento con historia y gran personalidad: El Sueño de Virila, propiedad de la pareja de ingenieros Javier y Farnés, que encontraron aquí, casi por casualidad, el cambio de rumbo que necesitaban para sus vidas. La casa donde se sitúa, cuyos orígenes como vivienda podrían datarse a principios del siglo XVI, parece ser que antes fue sinagoga. A esa conclusión se ha llegado tras estudiar la columna que articula la escalera principal y el pozo de la planta baja, que podría haber sido en su origen un baño para purificaciones. Los propietarios quisieron mantener la estructura del edificio original, con pequeñas modificaciones. Eso explica, por ejemplo, que en tan enorme espacio interior sólo haya seis habitaciones para clientes. Domitorios que han sido decorados con antigüedades y muebles de estilo Bauhaus, creando llamativos contrastes con la piedra y la madera originarias. No menos originales resultan los cuadros con mensaje que decoran varias de las estancias, realizados por Víctor, hijo de la pareja. Por su amplitud, destacan las dos habitaciones de la zona inferior del edificio, con acceso directo a un jardín-terraza. Por cierto, que en la casa se rodaron algunas escenas de La vaquilla, de Luis García Berlanga, a quien Sos ha rendido un sentido homenaje con una estatua situada junto a la iglesia principal.

El mayor hotel de Sos (y de la comarca) es el Parador, en buena parte culpable de que la hostelería hiciera su aparición en las Cinco Villas. Curiosamente, este alojamiento no se sitúa en un edificio histórico sino que se levantó expresamente para ese fin en 1975, según el proyecto de Sainz de Vicuña, autor de otros muchos alojamientos de esta cadena hostelera pública. Eso sí, se construyó respetando el estilo arquitectónico de la zona, con piedra de las canteras de Uncastillo, con madera (por ejemplo, parte de la viguería de un convento de Vitoria) y con ladrillo cocido. Todo ello, además, enmarcado por los restos de la muralla medieval, desde la que se puede acceder directamente al Parador. Además, en la decoración se han incluido numerosos guiños históricos, como las célebres sillas de tijera, que podían ser usadas también como sillas de montar, o los pasamanos de la escalera, que han sido confeccionados reciclando las ruedas y los radios de viejos carros.

El Parador resulta confortable y quizás lo más atractivo sean las espectaculares panorámicas que se divisan desde sus espacios comunes y parte de las habitaciones. Las estancias responden al estilo sobrio que caracteriza a otros alojamientos de la red, aunque una de ellas, la De la Reina, se incluye dentro de las Habitaciones Únicas de Paradores, por su decoración y el soberbio paisaje que se puede contemplar desde su pequeña terraza.

A 23 kilómetros de Sos, por una serpenteante carretera desde la que se domina una espectacular panorámica de los Pirineos, está Uncastillo. Este pueblo es uno de los más escenográficos de las Cinco Villas, a la sombra de una fortaleza que a duras penas ha sobrevivido al paso de los siglos. Aquí está la Posada La Pastora, en lo que antaño fue un edificio datado a principios del siglo XIX y habitado por cuatro familias. Parece ser que el solar también fue taberna, salón de bailes y el lugar donde se situaba el caldero con el que se extraía la esencia del espliego. Los propietarios, Inma y Miguel, compraron la casa (a la que en Uncastillo llamaban de Juana, la pastora), la transformaron y en 1999 la convirtieron en un alojamiento con estilo. Cada habitación, decoradas con barro, madera y piedra y telas con tonos cálidos, tiene el nombre de una de las iglesias del pueblo. Por ejemplo, la de Santa María -una de las más solicitadas, pues tiene balcón a la calle-, la de San Lorenzo o la de San Juan. En cuanto a las suites, situadas en la parte superior del edificio, en una ampliación acometida hace cuatro años, reciben el nombre de Los Bañales (complejo arqueológico romano próximo a la localidad) y Sibirana (restos de un castillo que se encuentra en el término municipal). Ambas suites, a dos alturas, tienen una decoración algo más atrevida que el resto de estancias, por ejemplo gracias a los suelos de cemento pulido, que les dan un aire moderno y acogedor.

No menos confortable resulta el Hotel A Corona del Reino, en pleno núcleo histórico de Ejea de los Caballeros y sobre parte de lo que fue el castillo de Jaime II de Aragón (que, pese al nombre, sólo fue residencia ocasional del monarca), mandado arrasar por Felipe V tras la Guerra de Sucesión, por haberse puesto la localidad del lado del archiduque Carlos. Al realizarse unas obras de ampliación del hotel, se ha descubierto parte del lienzo de la muralla del recinto fortificado medieval, que ahora se ha integrado en el salón de la planta baja.

La casa originaria, más conocida como la de los Chavos, pertenecía a la familia Miguel Longás desde hace al menos seis generaciones. Y fueron los dos hermanos, Sergio y Óscar, responsables también del Museo de las Tres Culturas de la localidad, quienes decidieron reconvertir la gran casa familiar en un alojamiento, con la intención no sólo de darle un nuevo uso sino también de frenar la degradación del barrio donde se encuentra. Objetivo que, por cierto, parece bastante cumplido. Para dicha transformación se reutilizaron algunos materiales de la vivienda original, como, por ejemplo, los bonitos suelos hidráulicos que pavimentan pasillos y habitaciones, o una escalera de caracol metálica que conduce al desván. Y como detalle actual, hay distribuidas por el hotel varias obras del artista extremeño Juan Fontecha, amigo de la familia y especializado en esculturas realizadas con granito.

En cuanto a los espacios generales, se limitan a la recepción y el comedor para desayunos (donde reinan los productos regionales, como el jamón de Teruel). Esta sala está decorada con lámparas cuyas tulipas se han confeccionado con la tela de los antiguos colchones de lana de la vivienda. Sólo un detalle más que demuestra que en las Cinco Villas el pasado forma parte de los elementos más insospechados y atractivos.