El rincón más mágico de Venezuela: selva y aguas cristalinas de una belleza prístina
Viajamos hasta el Parque Nacional más antiguo de Venezuela, una joya tropical capaz de acariciar el alma de cualquier viajero.

El reloj no marca las 8 de la tarde, pero la oscuridad es total. Solo se ve interrumpida por los faros del coche que nos lleva a través del Parque Nacional Henri Pittier. Abrimos las ventanas y se nos eriza la piel escuchando los sonidos de la jungla. No en vano, nos encontramos en el rincón más mágico de Venezuela, donde la selva se funde con un mar de aguas cristalinas de una belleza prístina.
Para llegar hasta aquí no hemos recorrido un largo camino, aunque lo parece. Desde Caracas (que cuenta, desgraciadamente, con el barrio más peligroso del mundo) son apenas 150 kilómetros que, debido al estado de las carreteras, se sienten como algunos más. Atravesando enclaves como Hoyo de la Puerta, Palo Negro, La Victoria o la ciudad de Maracay vamos descubriendo, a modo de aperitivo, el paraíso al que nos dirigimos.

Choroní: en el corazón del parque Henry Pittier
Hacemos noche en Choroní, pequeño pueblito perteneciente al estado de Aragua. Allí vamos a establecer nuestro campo base durante unos días para descubrir el Parque Nacional más antiguo de Venezuela. Y es que debemos remontarnos a 1937, fecha en la que el entonces presidente venezolano Eleazar López Contreras bautizó este espacio natural de casi 108.000 hectáreas con el nombre de Rancho Grande.
Dieciséis años después, el Parque Nacional cambió de nombre y pasó a llamarse Henri Pittier, rindiendo homenaje al científico, naturalista y botánico suizo que dedicó gran parte de su vida al estudio de la flora y fauna del país. Pittier no solo realizó investigaciones fundamentales sobre la biodiversidad del país (llegando a clasificar más de 30 mil plantas), sino que también abogó por la conservación de sus ecosistemas.

Para descubrir esta joya natural se necesitan varios días (por no decir semana, meses o años), puesto que el parque se compone de dos sistemas geográficos: uno montañoso en el que habitan más de 500 especies de aves y 22 especies endémicas y, otro, de zona costera con bahías y playas de aguas cristalinas de una belleza prístina.
El cielo empieza a ofrecer algo de claridad y llega el momento de descubrir la selva. No va a ser fácil, puesto que el parque constituye un relieve abrupto de fuertes pendientes, que se eleva hasta los 2.500 metros, donde alcanza su máxima altura en el pico El Cenizo. Hay que calzarse unas buenas botas y contar con un guía especializado. Sin esas premisas, no es recomendable adentrarse aquí.
Los sonidos de la selva
Otra vez son los sonidos los que captan nuestra atención. Cantos de aves que han llegado hasta aquí abriéndose camino a través de la cadena montañosa conocida como Paso de Portachuelo, insectos y otros sonidos que preferimos no identificar. El miedo no debe paralizarnos, hay que seguir adelante y pisar con cuidado. La hojarasca cubre todo el suelo y no queremos llevarnos ningún susto. En el parque se han clasificado unas 140 especies de mamíferos, 580 de aves, 97 de reptiles y 38 de anfibios.
En el Parque Nacional de Henri Pittier nos hacemos pequeños y nos damos cuenta de la insignificancia del hombre frente a una naturaleza que despliega todo su encanto y su magia, pero también su ferocidad. Durante las 4 horas que dura nuestra caminata descubrimos cascadas sorprendentes, rincones que parecen generados por Inteligencia Artificial y enclaves en los que parece que nunca antes haya pisado nadie.

Vamos descendiendo poco a poco, con cautela y, de repente, el paisaje cambia. Dejamos la selva atrás y ante nosotros aparece un mar de aguas cristalinas salpicado de manglares que dejan constancia de donde estamos. La zona costera de Puerto Colombia parece sacada de una postal, pero no es la única en el parque nacional. Hay otras como la bahía de Cata, Cuyagua, Playa Grande, El Playón o playa Chuao que hacen de este territorio un trocito de paraíso en la tierra.
Tras la larga caminata y ya en la playa llega el momento de relajarnos y dejarnos seducir por otro sonido más reconocible, el de un mar que nos ofrecerá suculentos pescados que nos harán reponer fuerzas. En algunas playas de Henri Pittier es posible comer a pie de playa. Los pescadores llevan los pescados recién capturados que los locales prepararán y ofrecerán al viajero con un rico patacón, algo de arroz y, cómo no, una cerveza Polar.

En definitiva, si un día no me encontráis, ya sabéis dónde buscarme: en el rincón más mágico de Venezuela. Un lugar que aúna selva y aguas cristalinas de una belleza prístina y que lleva por nombre el Parque Nacional Henri Pittier.
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