Un paseo por Riga, la joya 'art nouveau' del Báltico

La capital y ciudad más poblada de Letonia parece sacada de un cuento por sus adoquines, edificios medievales y coloridos, iglesias y catedrales.

Álvaro
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A la hora de escoger un destino para una escapada urbana, solemos ser bastante esclavos o bien del sota, caballo y rey que conforman Londres, París y Roma, o bien de la lista de rutas que ofrecen nuestras aerolíneas nacionales. Pero hay un puñado de capitales europeas que esquivan el radar de los más viajeros y que, sin embargo, cuentan con una conexión nada desdeñable con Madrid y Barcelona. Es el caso, por ejemplo, de Riga, en Letonia. Ubicada en el medio de las tres repúblicas bálticas, con un tortuoso pasado soviético, la ciudad no está exactamente a tiro de piedra de España, pero sí lo suficientemente cerca como para convertirse, por sus características, en un destino más que apetecible para un fin de semana con frecuentes vuelos directos.

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Lo primero, en Riga y Letonia se paga con euros y, eso, ya lo sabemos, facilita mucho las cosas. Pero aún más atractivo es que los precios rozan el ridículo. Puedes pasar un fin de semana a cuerpo de rey recorriéndote restaurantes sofisticados y hoteles con solera sin que el bolsillo lo acuse. Y, sobre todo, importante en una escapada de este tipo: con un par de jornadas completas de mañana a noche puedes irte de la ciudad báltica con la sensación de que no has dejado piedra por pisar, pero tampoco con agujetas en las piernas, porque su casco histórico se recorre de punta a punta en 10 minutos.

El centro histórico de Riga, también conocido como Vecrīga, maravilla a primera vista, no en vano fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Sus calles parecen sacadas de un cuento por sus adoquines, edificios medievales y coloridos, iglesias y catedrales… pero sobre todo por ese aura casi mágica que le aporta su limpieza, silencio y una cierta ausencia de movimiento.

Y es que entre que las autoridades limitaron casi al completo la circulación de vehículos en la zona y que el precio de la vivienda es absolutamente prohibitivo debido al alto coste de mantenimiento y rehabilitación de los edificios, la mayoría de los residentes se ha desplazado a los barrios de su entorno. Apenas quedan unos cuantos hoteles y restaurantes (ni siquiera hay rastro de los habituales gigantes del retail que han homogeneizado muchas de las capitales europeas).

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Y aquí viene otra de las singularidades de Riga, un tercio de los edificios del casco antiguo son art nouveau, lo que supone la mayor concentración de esta escuela de arquitectura en todo el mundo. Si bien muchas de las casas medievales que se pueden ver en la capital son de pequeñas dimensiones, estas construcciones, la mayoría ubicadas en las calles Alberta, Elizabetes o Strēlnieku, cuentan con varias plantas. Todo ello tiene una sencilla explicación, el estilo vivió su apogeo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, justo coincidiendo con uno de los períodos de mayor bonanza en la capital letona. Por aquella época, las autoridades decidieron levantar la imposición de construir las viviendas de madera  (para poderlas quemar en caso de invasión), lo que supuso que las clases altas pudiesen construir a su gusto y antojo.

Hay muchos rastros de la riquísima historia de Riga, pero pocos tan singulares como la pequeña porción que aún queda de una de las muchas murallas fortificadas que protegían la ciudad en el medievo. Ahí, en el centro, aún se aguanta en pie la Puerta Sueca, que data del siglo XVII, y la única de las ocho que tuvo la fortificación. Cuenta la leyenda que fue construida por un rico comerciante para proporcionar acceso directo a su almacén, aunque la teoría más plausible es que se construyó para los soldados de los cercanos barracones de San Jacobo. Hoy, muchos siglos después, las parejas de recién casados la recorren a modo de símbolo de buena suerte. 

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Riga cuenta con una gran tradición comercial desde que fue fundada en 1201 por el sacerdote alemán Albert von Buxhoeveden. Y como testimonio inigualable de ese pasado de comerciantes y mercaderes figura la Casa de los Cabezas Negras (una asociación de comerciantes extranjeros y solteros), probablemente el edificio más instagrameable de la capital. Construida en 1334, esta joya arquitectónica sirvió para promover actividades gremiales de la ciudad a lo largo de los siglos. Su fachada está decorada con todo lujo de detalles, incluido un aguilón escalonado renacentista que se añadió en el siglo XVI, un reloj astronómico y diversos emblemas. El exterior es una maravilla en sí misma, pero también se puede realizar por cinco euros un tour para conocer aún mejor toda su historia.

Anochecer en Livu

Otros puntos de interés en el centro son la Iglesia de San Pedro, desde la que parten muchos de los tours gratuitos altamente recomendables que ofrece la ciudad; la Torre del Polvorín, que también acoge el Museo de la Guerra Letón; las tres casas contiguas bautizadas como Tres Hermanos que recuerdan las viejas glorias comerciales de la ciudad; el Monumento a la Libertad construido en honor a los soldados que cayeron durante la Guerra de Independencia de Letonia (1918-1920) que hay a pocos metros del Reloj Laima, publicitando la marca de chocolates por excelencia en el país y punto de encuentro principal para los residentes; y la Plaza Livu, un rincón idóneo para ver el anochecer de la ciudad desde alguna de sus muchas terrazas, con música en directo en verano y un mercadillo navideño en invierno.

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Todo esto (y algo más) se puede disfrutar en un día completo sin acabar con sudor en la frente y poder dar margen para el descanso de cara a una segunda jornada acaso más apetecible. Si algo se aprende en esos tours guiados, es que a los letones les ha quedado una espina clavada de las dos invasiones que sufrieron por parte de las fuerzas de ocupación soviéticas en el siglo pasado. Los traumas aún son recientes, pues recuperaron su independencia en 1991, por lo que hay muchos espacios dedicados a recordar por todo lo que pasaron. Ninguno como el Museo de la Ocupación y la exposición que acoge sobre la Historia de las Operaciones de la KGB en Letonia en la llamada The Corner House, una casa del terror de entrañas laberínticas que sirvió de centro de interrogación y celdas para disidentes. En sus varias décadas de lúgubre existencia, nadie consiguió salir vivo del mismo, tal y como explican en el esencial tour guiado —no apto para claustrofóbicos— repleto de historias francamente escabrosas.

Aunque el estómago se le gira a uno, después de una mañana ahí, a uno también le entra hambre, y como plan gastronómico de mediodía, la visita al Mercado Central de Riga no tiene rival. Aparte de ser un festín para la vista y el olfato, lo que impresiona de él es que está formado por gigantescos hangares de zepelín de la Segunda Guerra Mundial decorados en estilo art déco y Neoclásico. Cuenta con más de 3.000 puestos que venden de todo, desde pan de centeno a fruta, pescado fresco y deshidratado, zapatos, árboles de Navidad, especias, pasteles... Dicen que es el mercado cubierto y bazar más grande de Europa, y lo creamos o no, lo que sí es seguro es que la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad junto con el casco antiguo.

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A la salida del Mercado Central de Riga, en el margen derecho del río Daugava, se encuentra el barrio comunista o Barrio Moscú, coronado por la Academia de Ciencias, con arquitectura de la época, parafernalia soviética por doquier y unas imponentes vistas desde su azotea en la decimoséptima planta (previo pago de seis euros). Por su silueta, los locales la llamaban la tarta de cumpleaños de Stalin.

Museo del Gueto

Con todo, el origen de la barriada se remonta a la Edad Media, cuando la mayoría de población judía y rusa, muchos de ellos comerciantes, se vio obligada a vivir en el exterior de las murallas de la ciudad. A partir del siglo XIX pudieron volver al centro, pero durante la ocupación alemana se estableció un gueto judío del que aún queda rastro en la forma del Museo del Gueto y el Holocausto letón. También hay un monumento a los fallecidos sobre las ruinas de la sinagoga Coral, con los nombres de 270 letones que rescataron a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En los alrededores también se puede encontrar una iglesia rusa ortodoxa, de recomendable parada si coincide en medio de una ceremonia, y la iglesia luterana de Jesús, el mayor templo de madera de Riga, con una curiosa forma octogonal.

Aunque Riga es un destino lejos de ser estresante, cabe aprovechar su amplia oferta de wellness. Los precios son aptos para todos los bolsillos y los meses de frío son los ideales para disfrutar de mascarillas faciales con chocolate, masajes con piedras volcánicas, peelings de almendra y mucho más. Buena parte de los hoteles del centro cuentan con su propio spa, aunque hay otros centros recomendables, en especial Grand Poet Hedonic Spa y ESPA Riga, seis plantas de belleza y bienestar a tocar del hotel Radisson Blu, cuya terraza presume de cócteles y vistas de ensueño desde su azotea (una opción algo más cara que la Academia de Ciencias, eso sí). Como broche al fin de semana, no tiene precio.

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La terapéutica Playa Jurmala

Letonia no es especialmente grande y hay otras ciudades dignas de una escapada aparte de la capital (Ventspils y Jelgava), pero si quieres salir de Riga sin hacer un desplazamiento muy largo, Jurmala es la opción más interesante por su versatilidad. En verano, es el destino vacacional por excelencia de los letones, por sus 25 kilómetros de playa de arena blanca y parques acuáticos. Las temperaturas máximas en julio no llegan a los 25 grados, eso sí. Y en invierno, son muchos los que se bañan en las aguas sulfuradas terapéuticas. Las actividades no se reducen además a mojarse: también hay museos, se puede disfrutar de su arquitectura de madera y pasar un día en familia en un parque en medio de un impresionante bosque de pinos.

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Museo etnográfico al aire libre

Desde el centro salen varios autobuses que conectan directamente, y en apenas media hora, con uno de los museos exteriores más antiguos y grandes de Europa, ubicado junto al lago Jugla y rodeado de altos pinos a lo largo de sus 87 hectáreas. Inaugurado en 1924, reúne 118 construcciones históricas de arquitectura popular de toda Letonia, representando todas las regiones del país báltico para dar al visitante una idea de su paisaje rural y comprender mejor el pasado letón. El pintoresco recorrido es digno de película.