La Ribeira Sacra en seis parajes casi divinos

Entre anacoretas, monjes y magos, viajamos en el tiempo a monasterios, cañones, ríos y vides.

Irene González
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Foto: Mercedes Rancaño Otero / ISTOCK

La Ribera Sacra es famosa por sus templos románicos y sus viñedos de uva Mencía con Denominación de Origen. Por sí mismos, los valles formados por los ríos Miño y Sil son el mejor monumento natural que ha conservado durante siglos la riqueza artística de la zona gracias a la espesura de sus bosques. La Ribera Sacra, situada en los límites de las provincias de Lugo y Orense, es un estuario tallado por el empuje del río Sil. También es sagrada porque la abrumadora presencia de anacoretas que poblaron de monasterios las verdes orillas del río. Aquí resulta imposible llegar por casualidad, hay que emprender camino para perderse por estos lugares divinos.

Monforte de Lemos

Monforte de Lemos es un singular ejemplo de ciudad- fortaleza feudal alrededor de un monasterio, con su castillo situado sobre el estratégico Monte de San Vicente, y rodeado por un recinto amurallado salpicado de torres defensivas. De la muralla, datada entre los siglos XIII al XV, todavía se conservan amplios tramos, tres torres y tres puertas de acceso a la villa. Del castillo sobresale la Torre del Homenaje, bien conservada y desde cuya cima se divisa el valle de Lemos surcado por el curso fluvial del Cabe. Las vistas, y el atractivo del Castillo, hacen que sea una parada obligatoria. Impresionante es también el Monasterio Benedictino San Vicente del Pino, del siglo X.  La armoniosa plaza del edificio conventual es neoclásica. Además, tanto su fachada como el claustro, así como la iglesia monacal -de portada renacentista-  y el interior del monasterio es de estilo gótico de transición con elaboradas bóvedas. Hoy, gran parte del edificio monacal alberga el Parador de Turismo. La familia Lemos, emparentada con los Alba, dio el nombre a esta villa medieval donde no hay que perderse una visita al Palacio Condal de los Lemos.

Doade

Doade es ineludible gracias a su impresionante viticultura heroica. Dispuesta en bancales de pizarra que sujetan la tierra de las pendientes superiores al 45%  y que conservan el calor de la vid por la noche, llegan a tener 500 metros de desnivel que no impiden que sean aprovechados por los viticultores. De esta herencia romana, cultivada a mano en su totalidad, ha quedado la deliciosa uva Señorial Mecía para elaborar los tintos, y la Godella para los blancos, que gozan de la Denominación de Origen Ribeira Sacra. Observar el cultivo desde las alturas resulta impresionante, pero contemplarla navegando entre los cañones del rio Sil es un espectáculo magnifico. Y desde el embarcadero de Doade nada mejor que navegar en catamarán por el Cañón del Sil, donde la perspectiva desde el agua le da, si cabe, mayor encanto a la Rivoira Sacrata. Los viñedos y los bosques autóctonos pueblan las escarpadas laderas que resbalan hacia el río Sil. La navegación se realiza por el embalse de Santo Estevo, el más grande de España en su época.

Viñedos en la Ribeira Sacra. | percds / ISTOCK

Castro Caldelas

Castro Caldelas se divisa en lo alto de un estratégico monte. Aquí fue levantada hace más de 2000 años una aldea prehistórica, un castro prácticamente inexpugnable, que con el tiempo acabó siendo un gran castillo. Antiguamente se llamó Bonoburgo de Caldelas, hasta que a mediados de 1300 el rey Alfonso XI donó el paraje, la villa y las aldeas a la familia de los Castro. El castillo de Castro Caldelas lo construyó Fernández de Castro hace más de 800 años, y durante la guerra irmandiña, cuando los campesinos se alzaron en armas ante el expolio al que les sometían los señores, casi fue destruido. Como castigo, el conde obligó a la población a reconstruirlo. Curiosas son las marcas de los canteros, las Taus griegas templarias, un sello de Salomón que indica la presencia de judíos, sus lienzos almenados y sus fosos. Hoy alberga un interesante Museo Etnográfico. En el pequeño e íntimo casco viejo de Castro Caldelas hay bellos ejemplos de arquitectura tradicional e imponentes son las vistas desde el campanario de la pequeña Iglesia de Santa Isabel.

Parada de Sil

Llegar hasta parada del Sil es un continuo trasiego entre curvas y contra curvas con espectaculares panorámicas sobre las hoces del Sil. Este Ayuntamiento, antes de llamarse Parada de Sil, se denominó Chandrexa de Sacardebois o Sacardebois, hasta que, tras la división de Galicia en cuatro provincias en la primera mitad del siglo XIX, pasó a pertenecer a la provincia de Ourense y tomó su nombre actual. Es un buen lugar para degustar la excelente gastronomía gallega y contemplar diferentes ejemplos de arte rural gallego como los "petos de ánimas". Los barquilleros tienen en Parada su monumento, muy cerca de un buen ejemplar de crucero y de la iglesia parroquial. En Parada están los Balcones de Madrid, una sensacional plataforma para apreciar el tajo que el río Sil ha horadado a su antojo. Desde este balcón, y según la leyenda, las esposas despedían a sus maridos, que viajaban a las verbenas de Madrid a vender barquillos. Aquellos entrañables barquilleros recorrían ferias y fiestas cargados con el preciado dulce. Muy apetecible la ruta de senderismo, entre hornos y hórreos, que parte desde Parada.

Santa Cristina

Si los monasterios de la Ribera Sacra invitan a la unión con la naturaleza, el de Santa Cristina, además, resulta misterioso. Entre robles y castaños centenarios, la pista de tierra que lleva hasta el monasterio posee un halo mágico. De origen impreciso, los primeros testimonios escritos se remontan a finales del siglo X, como en otros centros monásticos fundados al abrigo de las encajadas riberas del Sil, cuando los eremitas de la zona se agruparon en comunidad. Santa Cristina es un edificio románico, con una iglesia de los siglos XII y XIII que recoge elementos arquitectónicos del gótico. Su planta es de cruz latina y tiene una gran capilla central ricamente decorada. El claustro, que también es gótico, resulta fascinante en este entorno boscoso. Llama la atención el elegante rosetón de su iglesia, la puerta del claustro, su Torre Campanario, sus escudos de Calatrava y sus laudas. El Monasterio de Santa Cristina estuvo ocupado por monjes benedictinos hasta la desamortización de Mendizábal. Al parecer fue uno de los más importantes de la Ribera Sacra en la Edad Media.

Santo Estevo de Rivas

La Iglesia de Santo Estevo de Rivas es uno de los más bellos ejemplos del románico gallego, surgido de las entrañas del cristianismo en una tierra legendaria. En Santo Estevo de Rivas el paisaje de robles confirma la teoría de que su Ribeira Sacra provenga de Rivoira Sacrata “roble sagrado” el árbol sagrado de los celtas. A través de bosques de robles, castaños, abedules y lauros, aparece el Monasterio Santo Estevo de Rivas de Sil, magnifico con sus tres claustros: el de los caballeros, el de Viveiro y el de los obispos. Este último con elementos románicos y del gótico flamígero, y con una magia especial. Aquí los monjes llevaban una vida de oración, trabajo y atendían a los enfermos y los pobres. Tras su “torno de las limosnas” estaba la despensa,  desde donde  ofrecían alimentos a los mendigos. Junto a esta alacena estaba la botica donde los eremitas elaboraban fármacos y ungüentos con hierbas medicinales. Cuando en el XIX los monjes abandonaron la abadía tras la desamortización de Mendizábal, pasó a ser un colegio nacional. Hoy es un Parador de Turismo, donde el tiempo se ha detenido entre sus claustros.