Si la relajación fuera un lugar, se llamaría Jericoacoara

No querrás irte nunca de este lugar perdido en la inmensidad de Brasil

José Miguel Barrantes Martín
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A poco más de dos grados de latitud sur desde la línea del ecuador terrestre y situada en el noreste de Brasil, a 300 kilómetros por carretera desde la ciudad de Fortaleza, la Villa de Jericoacoara es uno de los pocos reductos paradisíacos de fama mundial que aún no han sido invadidos masivamente por los turistas. Un lugar de difícil acceso que ha sabido conservar su personalidad sin perder de vista el progreso, que a partir de los años 80 se convirtió en el paradigma del espíritu hippie, la tranquilidad y la relajación.

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El pequeño mundo de arena de Jeri

Jijoca de Jericoacoara – según el nombre completo del municipio – cuenta con el pequeño pueblo de pescadores de Jericoacoara, una villa conocida popularmente como «Jeri» que aún conserva el espíritu paradisiaco que celebraban los pocos viajeros que pasaban por ella décadas atrás en busca de un lugar aislado donde reinase la libertad.

Aún sin pavimentar y sin alumbrado público, sus calles de arena nos recuerdan ese pasado cercano en el que no existían alojamientos turísticos donde alojarse, ni energía eléctrica u otras comodidades a las que estamos acostumbrados. A cambio, Jeri ofrecía un auténtico remanso de paz en un pueblo de pescadores donde la única preocupación era el transcurrir del tiempo mientras se disfrutaba del sonido del océano.

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Hoy en día, aunque se han desarrollado nuevas actividades en torno al turismo, con locales de restauración o tiendecitas regentadas en muchos casos por la propia población local, Jeri mantiene todo su encanto y su ritmo de vida made in Jericoacoara, sin coches, con sus calles de arena y con su inexplicable sensación de estar completamente aislado. No obstante, y a pesar de que forma parte de la costa norte de Brasil, el sentir general de quienes se adentran aquí es el de haber llegado a una isla.

Con el universo de arena del Parque Nacional de Jericoacoara entre la villa y la civilización, la única manera de poder acceder es a través de vehículos 4x4 o las típicas «jardineras» -vehículos adaptados para el transporte de pasajeros -.

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Una naturaleza intacta, dunas y playas paradisíacas

La gran laguna de Jijoca da paso a un campo de dunas y vegetación adaptada a la aridez, que es la antesala de la Villa de Jericoacoara y el océano Atlántico.

La excelente temperatura que domina todo el año es sinónimo de paraíso, y no es para menos contemplando las playas que se extienden frente a Jeri. La playa de Jericoacoara está considerada una de las más bellas tanto de Brasil como del mundo, tanto por sus paisajes, sus aguas cristalinas con la imagen de las hamacas en la orilla, como por su naturaleza virgen, enclavada dentro del Parque Nacional. Una playa que, en ciertas épocas del año, está expuesta a fuertes vientos que la convierten en una atracción para los amantes de los deportes como la vela, el windsurf o el Kitesurf.

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Los largos arenales en torno a la villa de Jeri son verdaderos lugares donde disfrutar del relax y de paisajes increíbles, como los que nos proporciona uno de los puntos más célebres de este sector, la llamada «Duna de la puesta de sol», todo un símbolo en cuya cúspide se acumulan grupos de personas cada día para despedir al atardecer al astro Rey. Mientras, el otro gran punto que se ha convertido en un icono del espíritu de Jeri es la Pedra Furada, una gran roca horadada que sobresale en la playa al este de la villa, a través de la cual es posible contemplar la puesta de sol justo por su agujero en determinados momentos del año.

Las playas suponen la punta de lanza de un entorno natural excepcional que supone uno de los recursos más demandados por los viajeros que se acercan hasta Jericoacoara, en busca de rutas por el Parque Nacional a través de las dunas o para visitar la laguna o los manglares.

 

Una gran riqueza natural que se une al sensacional ambiente de Jeri, su gran diversidad cultural, la omnipresente relajación que se respira, pescados y mariscos frescos cocinados al borde del océano, música en vivo por las noches a la luz de la luna pisando la arena con los pies descalzos y la permanente sensación de estar aislados en el paraíso.