Regreso a Maya Bay, una de las playas más bellas del mundo

Haber sido considerada una de las playas más bellas del planeta abocó a Maya Bay y a toda la isla de Phi Phi Leh al desgaste ecológico. En 2018 el Gobierno de Tailandia la cerró y luego llegó la pandemia. VIAJAR es testigo directo de su reapertura.

Carla Royo-Villanova
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Foto: Gonzalo Azumendi

Cuando en 1996 el escritor británico Alex Garland publicaba su novela La Playa, no imaginaba ni por asomo que su adaptación cinematográfica cuatro años después provocaría tal avalancha en la playa seleccionada por el director, Danny Boyle, que esta acabaría siendo cerrada al público. La película no recibió buenas críticas, a pesar del esfuerzo interpretativo de Leonardo DiCaprio, pero sirvió para dar a conocer la inagotable belleza del mar de Andamán. Sin embargo, toda belleza se agota cuando se exprime su magia. Maya Bay era en 2018 un hervidero de turistas, barcos y barqueros. Su fondo marino padecía impotente y silencioso la angustia del exterminio.

Islote de Tapu en la isla Khao Phing Kan | Gonzalo Azumendi

Era casi una réplica al propio guion de la película, un lugar único y mágico, donde todo el mundo era aparentemente feliz, que sin embargo escondía tragedia y desesperación. Por suerte, el guion cambió gracias a la contundente decisión del gobierno tailandés y Maya Bay comenzó a recuperar su esplendor. Han pasado cuatro años y Maya Bay vuelve a recibir turistas, siempre bienvenidos en Tailandia. La buena noticia no es solo esta ansiada reapertura, también que ahora las medidas de acceso son estrictas. Tailandia ha aprendido la lección y aunque continúan recibiendo con los brazos abiertos a sus visitantes, la bahía de Maya será preservada para que su mágica estampa continúe impactando al turista sin dañar a sus habitantes, los corales y su fauna marina. 

Bahía de Railay | Gonzalo Azumendi

Desde la reapertura, el acceso por barco está prohibido y la bahía ha sido balizada para impedir el acceso y el fondeo. Ahora se llega a pie desde la parte trasera de la isla, donde se ha habilitado un muelle flotante para que los barcos longtail, y pequeñas motoras, únicos autorizados para el trasporte, puedan desembarcar a los visitantes. Desde ahí se accede a la playa caminando, cruzando un bosque húmedo tropical, un recorrido sencillo, de apenas cinco minutos, que invita a la reflexión mientras el espíritu se empapa con los sonidos de la jungla. Antes de lo esperado aparece la playa enmarcada por las gigantes rocas kársticas y acantilados de más de 100 metros de altitud que la rodean. Sí, el paraíso debe ser algo similar, si no esto.

Phulay Bay, a Ritz-Carlton Reserve | Gonzalo Azumendi

Se recomienda ir a primera hora de la mañana para evitar el horario de máximo tráfico y poder disfrutar casi en solitario y sin tanto calor, ya que otra de las medidas adoptadas es la prohibición del baño, el buceo o la práctica de kayak. Ahora la bahía luce frente al espectador en solitario, aunque en la arena los visitantes discurren posturas para sus fotografías y selfies. De las más de 6.000 personas que la visitaban diariamente en 2018, se ha restringido el acceso a 2.000 por día, y el paseo marítimo de acceso marca el sentido de entrada y salida, así se evita que la vegetación sea dañada. Todo para impedir las aglomeraciones de antaño. Medidas que junto a los casi cuatro años que ha permanecido cerrada, han conseguido la recuperación de los arrecifes de coral, que los tiburones grises (inofensivos) vuelven a sorprender cuando se aproximan a la orilla, ya no se acumula la basura y se ha frenado la erosión del terreno. Maya Bay vuelve a sonreír y sus visitantes, también. Tailandia está de enhorabuena.

Gran Buda de Phuket | Gonzalo Azumendi

Islas Phi Phi, entre acantilados y playas de coral 

Phi Phi Leh cuida ahora de su Maya Bay, pero muy cerca, navegando en un longtail, entre cuevas donde intentan esconder las golondrinas sus cotizados nidos, se esconde la laguna de Phi Leh. Enmarcada por imponentes acantilados, un estrecho paso da acceso a una gigantesca piscina natural. El mar se torna irreal y los barcos parecen trampantojos sobre sus cálidas aguas esmerada. ¿Realidad o ficción? Nadar aquí es perpetuar el sueño, para despertar con una inmensa carga de felicidad. La otra gran isla del archipiélago es Phi Phi Don.

Playa de Maya Bay | Gonzalo Azumendi

La única habitada, donde se encuentran los hoteles y resorts y en cuyas bahías enfrentadas atracan los barcos y ferris que conectan con el mundo real. Entre las dos bahías, Loh Dalum y Ton Sai, un pequeño poblado abastece al visitante con infinidad de tiendas de artesanía, productos locales, bares y restaurantes. En el extremo más al norte de la isla, el Hotel Zeavola Resort & Spa ofrece la esencia de las Phi Phi; relax y tranquilidad junto a una playa con actividad local, pequeños restaurantes sobre la arena, niños que se entretienen pescando cangrejos mientras sus padres arreglan las redes de pesca, y altares budistas llenos de lazos y color. Las dos pequeñas islas de Bambú y Mosquito completan el hechizo de las Phi Phi.

Barcas en la playa de Ton Sai | Gonzalo Azumendi

Los islotes kársticos del Mar de Andamán

Maya Bay es la joya esmeralda del mar de Andamán, pero no la única. Cuando hace millones de años emergió la cordillera del Himalaya tras una lucha titánica entre placas tectónicas, se produjeron otros bienes colaterales, los islotes kársticos del mar de Andamán. El color esmeralda, reflejo de blanca arena y arrecifes de coral, y los majestuosos farallones que salpican sus aguas, hacen de este rincón al sur de Tailandia un lugar mágico. Mágico y único en el mundo. En la bahía de Phang Nga, entre las provincias de Phuket y Krabi, islas e islotes, propias de fantásticas historias de náufragos y piratas, afloran como verdes icebergs. Siluetas imposibles salpican el horizonte ya desde la costa continental. Islas con románticas historias como Panyee, la isla musulmana de casas sobre el mar, cuyos niños saltaron a la fama en los años ochenta por construir un campo de fútbol flotante y sin calzado ni equipamiento adecuado, se convirtieron en campeones. 

Hotel Rosewood Phuket | Gonzalo Azumendi

Pintoresca y amable, Ko Panyee se presta a pasear entre sus entablados callejones coloreados con flores de plástico, jaulas de pájaros y secaderos de pescado. Rumbo al sur, Hollywood puso el ojo en un farallón fálico, 20 metros hacia el cielo para esconder la perversa guarida del peor de los villanos. Bond, James Bond, quién si no, acabará una vez más con las crueles intenciones de arrasar el mundo. “El hombre de la pistola de oro” encumbró el islote de Tapu como destino turístico, exótico, fascinante y único. Los espectadores descubrimos el mar de Andamán cuando a bordo de un romántico junco, James flirteaba, cómo no, con su chica Bond. Ese mar esmeralda hogar de las Phi Phi pero también de otra joya menos conocida, la isla de Yao Yai. Playas eternas, como Laem Had o Loh PARed, bahías escondidas, selva marina y uno de los hoteles más lujosos de Tailandia, el Santhiya Resort & Spa, donde desde lo alto de sus pool villas el mundo se detiene. 

Gonzalo Azumendi

Krabi, la ciudad de gente amable

Si hay que volver al continente, que sea a Krabi para navegar el río del mismo nombre entre manglares y visitar comunidades como la que desde hace 200 años habita Ban Koh Klang. De Malasia trajeron la técnica del batik, estampación de tejidos con cera y mucho color, artesanía con madera, auténticos prodigios elaborados con cáscaras de coco, y una gastronomía propia. No solo de paisajes se forja el ansia de aprender que tienen los viajantes, la cultura local es la mejor manera de empaparse de sabiduría. 

Gonzalo Azumendi

Al caer la tarde, el mercado nocturno de Krabi se convierte en un ir y venir de gente que se mezcla, la street food toma el control del reino callejero, que ahora se vuelca en comer pad thai, brochetas de satay, papaya salad, khao pad o el delicioso mango sticky rice. Los puestos de ropa, accesorios, camisetas, artesanía hacen el resto, y en un escenario se turnan adolescentes con su show de b-boy, bailarinas de danza Manohra, patrimonio inmaterial de la Unesco, y las siempre divertidas drags como broche de oro. Krabi hace honor a su lema: La ciudad habitada de gente amable. 

Phuket, el sabor y color de todo un país

Desde la marcha nocturna de Patong hasta las inmensas playas de su costa, como Kata o Karon, pasando por la historia y arquitectura sino-colonial del Old Phuket o sus templos budistas y chinos. Todos son bienvenidos a la diversidad de un lugar donde a veces es difícil escoger, tranquilidad o juerga, paseos por la arena dorada o meditación templaria, alta gastronomía o comida callejera. Todo vale y lo ideal es combinar para no dejarle nada a la imaginación.