Refugiarse en Las Hurdes, el planazo de este verano

En esta comarca de Cáceres se esconden algunos de los rincones naturales más bellos de nuestra geografía

Noelia Ferreiro
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Dejarse azotar por el aire puro de la sierra, culebrear por carretera entre las montañas, refrescarse en sus ríos tumultuosos, aspirar el aroma a brezo de sus campos, deleitarse con una gastronomía tan sabrosa como contundente. En Las Hurdes confluye un entorno prodigioso con la autenticidad de unos pueblos pequeños y adormilados, una naturaleza deslumbrante con la calidez de unas gentes amables y acogedoras. El resultado es un refugio perfecto en uno de los lugares más impactantes de nuestra geografía.

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Encajada en el extremo norte de la provincia de Cáceres, en el límite ya con Salamanca, se trata de una comarca trazada de piedra y agua. De la primera dan cuenta sus aldeas y pintorescas alquerías que, además de presentar nombres de lo más ingenioso (Cambroncino, Arrolobo, Casajurde, Caminomorisco, Pinofranqueado…) exhiben una belleza rústica apoyada en su arquitectura típica: tejados de lajas de pizarra y paredes de mampostería seca.

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El icono del Melero

De la segunda no sólo salta a la vista el catálogo de chorros frescos que van jalonando la sierra (ideales en el periodo estival para darse un refrescante chapuzón) sino también el más característico rasgo de su paisaje: los meandros, esas vueltas y revueltas que conforman sus cinco ríos al abrigo de una vegetación espesa.

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Riomalo de Abajo, la primera población que recibe al viajero que llega desde el norte, atesora tal vez el más espectacular: el meandro del Melero que dibuja el trazo del río Alagón y que es visible en todo su esplendor desde el Mirador de la Antigua. Aquí donde el curso fluvial hace su giro más complejo, descansa la estampa que es el icono de Las Hurdes: el río, al dar la vuelta sobre sí mismo, engulle una isleta repleta de árboles dibujando un paisaje en azul y verde.

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Agua por doquier

El agua que refresca esta comarca se expresa también en forma de cascadas. Sin ir más lejos, las más altas de la comunidad extremeña, como son el atronador chorro de la Miacera, que se precipita en El Gasco desde más de cien metros, o el chorro de los Ángeles, en el extremo sur de Ovejuela.

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Y también en los campos, cuyos cultivos prosperan con esos bancales o terrazas que son la esencia del lugar. Porque hoy la orografía ya no es su enemigo natural, aquel que algún día condenó a este rincón al aislamiento, y con él, a la miseria. El famoso documental Las Hurdes, tierra sin pan, estrenado en 1933 por Luis Buñuel, fue el retrato más descarnado sobre la tragedia del terruño hurdano.

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Tierra próspera y activa

Nada que ver con los que encontramos en la actualidad. Las Hurdes no sólo es una tierra hermosa y acogedora, sino uno de los mejores exponentes de la gastronomía extremeña.  La caldereta de cabrito, las migas y las patatas meneás son sólo algunas de la expresiones de los sabores de siempre. Aquí no sólo hay pan sino también un aceite de oliva de primer orden y una rica miel que es la preferida del Vaticano.

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Los amantes de la contemplación del paisaje disfrutarán con los campos teñidos de malva gracias al brezo, que es su flor por excelencia. Y con los valles profundos cuajados de olivos y cerezos. Los más activos hallarán en estos parajes un terreno fértil para el trekking, a través de las 34 rutas senderistas que discurren entre enebros, acebos y madroñeras.

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