Red Hook en Nueva York

Fábricas reconvertidas en oficinas, muelles que albergan bodegas y tiendas artesanales, galerías de arte... El antiguo puerto mercante de la ciudad de los rascacielos brilla hoy con su toque "trendy" y la Estatua de la Libertad como vigía.

Carolina Martín

En el sur de Brooklyn, alejado del bullicio de Manhattan, la esquina roja recobra el brillo que tenía antes de que el huracán Sandy la arrasase, cuando comenzaba a erigirse en el nuevo destino trendy de Nueva York. Este barrio fundado por colonos holandeses en el siglo XVII (las reminiscencias siguen vigentes en los nombres de sus calles) se convirtió en el puerto más importante en el XIX, desbancado luego por el de Nueva Jersey. La decadencia que vivió desde ese momento es hoy historia, aunque aún quedan las casas de protección oficial. Si se llega a esta península por mar -vía ferry gratuito con salida desde el Pier 11 de Wall Street los fines de semana-, es recomendable bajarse en el muelle del supermercado Fairway (la otra parada es Ikea). El impacto en la retina será indeleble: viejos tranvías que decoran la terraza del café y la Estatua de la Libertad mirando de frente; no es fácil verla en esa posición.

Desde ese punto conviene dar un paseo por el waterfront, donde conviven fábricas convertidas en oficinas con espacios artísticos. En el 499 de la calle Van Brunt está la Coalición de Artistas de Brooklyn (BWAC). Después, un recorrido por el parque que bordea la península -con visita alMuseo del Waterfront incluida- hasta el Pier 41, otro de los viejos almacenes reconvertidos hoy en oficinas, tiendas y hasta salones de boda. Atraído por el colorido de su interior, merece la pena colarse en Flickinger Glassworks, el showroom y la fábrica de productos artesanales de vidrio que Charles Flickinger abrió en 1990. Sus diseños son auténticas obras de arte.

Casi al final del muelle y para tomar un aperitivo, la vinoteca Red Hook ofrece degustaciones de tres o seis vinos (por 5 ó 12 dólares) y visitas guiadas por la bodega. A última hora de la tarde el mejor sitio para brindar es la mesa junto a la ventana, que ofrece una puesta de sol de película. Otro punto, más retirado, es el parque Louis Valentino, al lado de Las Auténticas Tartas de Lima de Steve, donde se aconseja probar el swingle, un helado de tarta de lima recubierta con chocolate.

Si toca reponer fuerzas, una parada básica es el bar-restaurante de tres plantas Brooklyn Crab. Su especialidad son los cangrejos y el marisco. La oferta de los lunes y martes: ostras a un dólar. Desde el salón de la segunda planta la Estatua de la Libertad parece otro comensal.

De postre, para tomar o llevar, nada mejor que una tableta de chocolate de Cacao Prieto o un burbon Widow Jane, la fábrica de chocolate y la destilería de whisky que fundó Daniel Prieto, con raíces españolas. A su lado se puede continuar la sobremesa en La Botica (de los mismos dueños) y, de noche, escuchar música en directo en Sunny''s .

La nueva imagen de la novia de América

"Lady Liberty", como se conoce a la Estatua de la Libertad, vuelve a lucir sus mejores galas -incluida su corona- desde el pasado 4 de julio, cuando reabrió sus puertas a los visitantes tras reparar los destrozos del "Sandy". Dada la afluencia masiva de turistas, lo mejor para ver a la dama en todo su esplendor -y la isla de Ellis- es hacer una reserva on line con antelación. Los ferrys parten desde Battery Park, donde también se puede comprar la entrada.

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