Real Sitio de Aranjuez, la nobleza obliga

Fueron los Reyes Católicos quienes descubrieron este singular paraje en los alrededores de Madrid y lo convirtieron en uno de sus centros vacacionales y de recreo preferidos. Bañado por las aguas de los ríos Tajo y Jarama, el Real Sitio es un lugar para ver y ser visto. Tiene jardines, un palacio, amplias avenidas... Nobleza obliga.

Silivia Roba

No sé cómo Sonia ha conseguido convencerme para madrugar tanto y plantarme aquí, en la Plaza de la Mariblanca, con el fin de obtener otra perspectiva distinta de Aranjuez. Quiere demostrarme que el trazado urbano de la que fuera villa veraniega de la familia real durante siglos es cuadriculado, con grandes avenidas y calles rectas y paralelas, según los postulados de la Ilustración. Juro que la creo, pero insiste en que lo mejor es ver la ciudad desde el aire. Ante mis ojos se despliega la vela azul de un globo, reproducción exacta del primer Montgolfier que sobrevoló el Real Sitio en 1751. Realiza vuelos cautivos todos los domingos, durante los días festivos y en otras fechas con cita previa. La reserva ya está hecha, así que cedo a las presiones... y subo. En efecto, vistos desde las alturas, los jardines, el palacio, las iglesias, las casas, forman un dibujo casi perfecto, realizado con tiralíneas junto al extenso valle que forma la vega de los ríos Tajo y Jarama. Desde aquí arriba no resulta difícil comprender por qué en 2001 la Unesco declaró Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad a este entorno. Ya en tierra, Aranjuez me parece más grande de lo que siempre pensé.

Es día de mercado. Se nota en el ambiente. Una marea de gente avanza hacia la calle Valeras, donde cada sábado por la mañana, de nueve a dos, se celebra un popular rastro. Venden ropa, objetos de decoración, fruta... ¿Y fresas? Fresas hay pocas, ésas mejor conseguirlas en alguno de los puestos que los agricultores improvisan junto a sus campos de cultivo a la entrada de Aranjuez. La fértil vega de los dos ríos que la bañan propició que esta tierra fuera considerada durante centurias la huerta de Madrid . Imperdonable marcharse sin probar sus espárragos, que compro en el Mercado de Abastos, frente al Ayuntamiento, con un reloj silencioso desde que los vecinos se quejaran de escuchar a todas horas, y nunca mejor dicho, el Concierto de Aranjuez, del maestro Rodrigo, que encontró la inspiración a las puertas mismas del palacio.

El Patrimonio Artístico del Real Sitio es enorme. Hoy estoy de suerte. No hay mucha cola para visitar el edificio que un día Felipe II soñó como lugar de retiro vacacional para su familia y su camarilla. Dicen los libros de Historia que hasta la escalera principal llegaba el vagón real del ferrocarril, que tenía los raíles de plata en su último tramo.

Para ir hasta la llamada Casita del Labrador, en el Jardín del Príncipe, los monarcas no eran menos ostentosos: hacían el trayecto en las falúas que se pueden contemplar en el museo que abre sus puertas junto a la Plaza del Castillo. En una de ellas alguna vez cantó Farinelli a dos voces con Bárbara de Braganza, mientras su esposo, Fernando VI, tocaba el clave. Qué cosas. El monarca actual viene hasta aquí sólo por comer el marisco que sirven en Casa Pablo. Cómo cambian los tiempos.

Con todo, la villa arancetana conserva algo de noble. Hoy no hay que ir a trabajar. Los oriundos de Aranjuez se visten de punta en blanco para dejarse ver y ser vistos en alguna de las terrazas que florecen en cada rincón en cuanto sale un rayo de sol o para pasear bajo las cúpulas que forman los plátanos en las largas avenidas. Miro de frente al Hércules de la fuente del Jardín del Parterre y pienso lo bien que quedaría contemplarlo vestida de época, sombrilla en mano. Es sólo un lapsus.

De paseo por los jardines
Prefiero, sin duda, los placeres terrenales que me ofrecen las barras más animadas de la ciudad. De la calle Stuart me quedo con Casa Pablete y sus mollejas de cordero. De la animada calle del Foso, con el Barín y sus vinos por copas para regar sus ricas patatas -no traten de conseguir su receta- y un sorprendente pollo al Jerez. Son dos de los bares más clásicos de esta villa, que sigue lanzándose de cabeza al río en cuanto llega el verano. No es una exageración. En Aranjuez abundan los gangos, vocablo exclusivo de la ciudad con el que se denomina a los merenderos que se ubican a orillas del Tajo. Las doce calles, El Paraíso, La Pavera, La Rotonda... son sólo algunos de estos concurridos lugares donde se degusta siempre un mismo menú: ensalada, tortilla, caracoles y conejo al ajillo.

Las primeras horas de la tarde se hacen duras después de haber sucumbido a la alta gastronomía local. Tengo varias opciones, pero opto por la más española: dormir la siesta en mi hotel, el NH Príncipe de la Paz, sobrenombre por el que se conocía a Godoy, valido de Carlos IV, "porque se bajaba los pantalones ante todos", me dice, después, mi amigo Uge, nacido en Aranjuez, que me explica la historia de la villa sin saltarse detalle del famoso motín que sirvió de inicio a la Guerra de la Independencia.

"Cada mes de septiembre, los vecinos interpretan tan gloriosa rebelión al aire libre como si fueran actores profesionales ", me recuerda mientras me enseña la estatua en bronce de Fernando VI, el que tocaba el clave para su mujer, considerado el "mejor alcalde de Aranjuez ", nombrado rey en el Salón del Trono del palacio. Es una de las salas principales de tan solemne monumento, como lo es también el Salón de Porcelana, con piezas de inspiración oriental en la línea del estanque chinesco del Jardín del Príncipe, con un templete obra de Juan de Villanueva, el arquitecto responsable del Museo del Prado. Llegar hasta él es una de las actividades preferidas por los arancetanos, que gustan de pasear por este jardín de 150 hectáreas, repleto de fuentes -de Apolo, del Cisne, de Neptuno, de Narciso-, árboles, plantas ornamentales, cenadores y pavos reales, uno de los cuales posa con su cola bien abierta ante el flash de mi cámara como una top model. "Mira, un zorro", dice una señora a mi lado. Pero la fauna del lugar no es tan extensa: es sólo una ardilla.

Teatro, música y juego
El atardecer en Aranjuez es mágico. A mí me toca contemplarlo en el mismo punto donde despegué en globo esta mañana, en la Plaza de San Antonio, también conocida como la de la Mariblanca, por la estatua que la preside. Allí, frente a los soportales de las Casas de Oficios y Caballeros, se instalan carpas donde tienen lugar ferias durante todo el año: de artesanía, de turismo, de moda... En Aranjuez es como si siempre hubiera algo que festejar. Recuerdo que la última vez que estuve aquí coincidí en el ascensor de mi hotel con el mismísimo Jesulín de Ubrique, protagonista habitual de las tradicionales corridas de toros que se celebran a finales de mayo en honor a San Fernando. Pero también hay un Festival de Música Antigua -entre mayo y julio- y un ciclo musical, Las Lunas de Aranjuez, que acoge la Plaza de Toros durante el verano. Saco mi agenda y me anoto la próxima cita.

"Me comporto como una dominguera, huyendo de Madrid a la menor ocasión ", pienso al tiempo que apuro un refresco en Los Fogones, una cafetería que, al caer la noche, cambia de look y se transforma en local de copas. En el Real Sitio hay espacio para todos. Para los tranquilos, La Farnesina (calle Infantas), un café de regusto clásico. Para los golosos, Isabelo, un quiosco instalado en la Plaza del Ayuntamiento donde sirven batidos, helados y churros con chocolate. Para los más marchosos, los locales de la calle de las Eras y la del Almíbar, como El Laurel de Baco, donde además de escuchar música se puede presenciar teatro o monólogos de humor; o La Tetería y El Hangar, de música electrónica. El Contrapunto, en la carretera de Andalucía, y el Belle Epoque, a unos pasos de la Casa de Oficios, completan la oferta nocturna de una ciudad a la que le gusta vivir, sobre todo, de día.

Juan, el taxista, no parece estar de acuerdo con mis conclusiones. "Te voy a llevar al segundo gran palacio de Aranjuez ", me dice mientras pone rumbo a las afueras de la villa, a una zona conocida como Ciudad Jardín, con una calle, la Yellowstone, en la que han crecido chalés que, a estas horas, me parecen setas gigantes: son todos iguales. Frente a ellos, el Gran Casino, al que accedo casi pidiendo perdón por mi indumentaria tan poco adecuada. Siempre he querido escuchar de boca de un crupier: "Hagan juego, señores ". Black jack, póquer, ruletas que girar... "¿Apuesta algo, señorita ?". Los euros me queman en el bolsillo, pero me pido un cóctel y contemplo la escena de lejos. Mujeres ensortijadas, caballeros bien vestidos, jóvenes en grupo que se apuntan a ver algún espectáculo... Definitivamente, en Aranjuez las luces no se apagan hasta las tantas. Ni siquiera las del palacio, que, iluminado, se refleja en las aguas del río.

Baño de burbujas para cerrar el día
Es la alternativa perfecta para después de una jornada visitando la villa de Aranjuez. Hablamos del Unique Spa, que acaba de ser inaugurado en el no menos reciente Hotel Barceló (Plaza de la Unesco, 2. % 918 09 93 99. Doble: desde 75,44 €), un cuatro estrellas situado justo enfrente del Club de Golf Ciudad Jardín, de 18 hoyos. Bañeras de hidroterapia privadas, duchas sensoriales, piscinas del Mar Muerto, paseo de las lluvias de La Mancha... El hotel sólo tiene un defecto: está demasiado lejos del casco urbano, aunque justo enfrente del Gran Casino. Más céntricos resultan el NH Príncipe de la Paz (San Antonio, 22. % 918 09 92 22. Doble: desde 99 €) y el Hotel Don Manuel (Príncipe, 71. % 918 75 40 86. Doble: 75 €), un antiguo caserón totalmente restaurado.