Rapa Nui, la isla museo

La Isla de Pascua, denominada por sus habitantes "Rapa Nui" o "Te Pito o Te Henua", es una de las islas habitadas más remotas del mundo. En ella se desarrolló una de las culturas más complejas –comparable con las culturas egipcia, inca o maya– en unas condiciones extremas de aislamiento. Mito y realidad se confunden en este territorio que dio origen a esta cultura extraordinaria, que convierte a Rapa Nui en un valioso tesoro arqueológico que trasciende las fronteras de Chile.

Alonso Ibarrola

La Isla de Pascua ya no es lo que era, o por lo menos a mí así me lo parece. De todos modos, creo sinceramente que Rapa-Nui, como también se la denomina, es la isla más fascinante del mundo. Aterricé en ella por primera vez en 1994, camino de Tahití, y recordaba ese poema de Pablo Neruda titulado La rosa separada, dedicado a Rapa-Nui: "A la Isla de Pascua y las presencias salgo, saciado de puertas y calles, a buscar algo que allí perdí". Debo confesar que hasta la fecha no he podido enterarme qué es lo que perdió y qué es lo que buscaba el gran poeta chileno.

Rapa-Nui fue bautizada por el capitán español Felipe González y Haedo como "Isla de San Carlos" cuando la descubrió. Ignoraba que 50 años antes (el 5 de abril de 1722) un holandés, Roggeveen, la había avistado un Domingo de Pascua de Resurrección y como tal bautizada. Significa en polinesio "Isla Grande". Existe en el Pacífico otra isla más pequeña llamada Rapa-Iti. A Rapa-Nui la llaman Te pito o te henua, que viene a significar "el ombligo de la Tierra". Tiene otro apodo más bonito todavía, "Los ojos que miran al cielo", sí, y sobre todo en las noches estrelladas, en el silencio, en medio del gran océano.

La isla de Pascua está situada en los 27º 9'' de latitud Sur y en los 109º 26'' de longitud W. Se encuentra en medio del Pacífico, entre Suramérica (a 3.747 kilómetros) y la isla polinésica de Tahití (a 4.050 kilómetros). La isla más próxima habitada está a 2.200 kilómetros y es la célebre Pitcairn, que acogió a los amotinados de la Bounty.

Hace 40 años, llegar a Rapa-Nui constituía una aventura, ya que los aviones no tenían combustible suficiente para regresar a Chile en caso de tormentas o de un difícil aterrizaje en la isla. Había un "punto límite de retorno". Ahora, los modernos aviones de Lan pueden, en caso adverso, proseguir rumbo a Tahití sin parada alguna.

En mi primera estancia en Rapa-Nui me alojé en la modesta pensión de Inés Paoa, de Pakomio, que me cuidó muy bien, tras una diarrea de la que yo culpé al curanto, la comida típica de esta isla.

La isla de Pascua ha sido definida como "un museo al aire libre", y así es. En 164 kilómetros cuadrados se concentran un gran número de restos arqueológicos. Ahí están los ahu, altares al aire libre que recuerdan los marae tahitianos. Y sobre ellos, los moai. La isla es de constitución volcánica y sobresalen varios cerros, destacando el Ma''unga Terevaka (560 metros), el más alto. Resalta también el cráter volcánico del Rano Raraku, donde está la cantera que los pascuenses utilizaban para tallar los moai, esas famosas y gigantescas estatuas de figura humanoide. Al sur se halla el Rano Kao, un cráter volcánico cuya caldera tiene un diámetro de un kilómetro y medio y unos impresionantes acantilados de 300 metros de altura. Desde su cumbre se divisa un magnífico paisaje: de una parte, la abundante vegetación del interior del cráter y sus peligrosos acantilados; y de otra, el inmenso océano adornado con los tres islotes cercanos, Motu Kaokao, Motu Iti y Motu Nui, que sirvieron en tiempos antiguos de cobijo a los gaviotines y pájaros fragata, hoy prácticamente desaparecidos. En la cima del Rano Kao está el poblado sagrado de Orongo y una serie de rocas con abundantes petroglifos del dios Makemake y del hombre-pájaro (tangata-manu).

En la isla han sido descubiertos hasta mil moai, casi todos gracias a la iniciativa de Thor Heyerdahl. Sorprende que unos indígenas casi sin medios ni instrumentos de trabajo pudieran labrar estas estatuas y, además, distribuirlas por toda la isla. La película Rapa-Nui, rodada en 1994 y producida por Kevin Costner, explica muy bien el sistema que al parecer utilizaron los indígenas para construir y trasladar los moai: talando árboles y empleándolos con cuñas y rodillos, así consiguieron dejar la isla esquilmada. Aclararé que todos los moai que aparecían en la película eran reproducciones, que luego fueron destruidas -todas menos una, de tamaño pequeño, que tuve ocasión de ver en un hotel cercano al aeropuerto de Mataveri-. El filme, de gran presupuesto, casi arruinó a Costner, productor de la película que irónicamente la denominó Apocalypse Nui y provocó una subida muy considerable en el nivel de vida de la isla, pues la mayoría de sus habitantes participaron como figurantes. Los dólares sirvieron para triplicar el número de automóviles, nuevas tiendas, hoteles y también para dejar chatarra y basura que los ecologistas denunciaron a las autoridades chilenas. Otro recuerdo, éste más doloroso, dejó el rodaje: el uso del pakalolo (marihuana) entre sus habitantes.

La película resultó un verdadero fracaso en taquilla, pero, eso sí, muestra la increíble belleza de esta isla que, cuando llegaron los españoles, contaba con sólo 900 habitantes fijos, pues habían calculado que la isla no podía abastecer a más. De ahí que, cuando una mujer se quedaba embarazada, se ejecutaba a un hombre que hubiera cumplido los 60 años. Así me lo contaron...

Resulta fascinante pasear por la isla en un todoterreno y admirar el ahu Tongariki, el más grande del lugar con sus 15 moai, que años atrás derribó un maremoto. Gracias a una gigantesca grúa regalada por los japoneses, pudieron volver a ser erigidos hace doce años. Existe también una ruta de los volcanes y de las canteras donde se fabricaban los moai, los "sombreros" y los "ojos". Impresionan también los siete moai que componen el ahu Akivi, el único cuyos moai miran hacia el mar. Todos los demás lo hacen hacia el interior de la isla. Una leyenda afirma que constituye un homenaje a los siete primeros navegantes que arribaron a la playa de Anakena enviados por el legendario Hotu Matu''a.

En mi segundo viaje, en 1996, conocí a un fantástico personaje: el profesor español Jesús Conte Oliveros, filólogo, filósofo, investigador e historiador especializado en Paleontología, que escribía y hablaba perfectamente el griego y el latín y que publicó numerosos manuales lingüísticos. Un día decidió dejarlo todo, familia incluida, y se fue a vivir allí, en una acogedora pero humilde casita, situada tras la iglesia parroquial. Su obsesión fue descifrar uno de los grandes misterios de la Isla de Pascua: la escritura rongo-rongo, esos enigmáticos signos que fueron grabados en tablillas y que los misioneros destruyeron. No obstante, aún quedan escasas tablillas, quizás media docena, esparcidas por el mundo.

Conte Oliveros me contagió su pasión por estas tablillas. Me contó que, según la tradición pascuense, Hotu Matu''a desembarcó en la isla 67 tablillas con signos jeroglíficos ("kohou rongo-rongo"). Se sabe también que en la zona de Anakena, al norte de la isla, los maorí rongo-rongo desarrollaron esta escritura. En un principio debió ser pictórica. Se enseñaba practicando con hojas de plátano. Más tarde, los alumnos aventajados la grababan en madera con dientes de tiburón o de rata. Una vez terminado el texto se procedía a leerlo. Al desaparecer los que conocían la escritura se perdió su traducción, por eso el empeño del profesor Conte Oliveros en encontrar alguna respuesta a estos signos enigmáticos.

Lo que me contaba Conte es que el capitán cántabro Felipe González y Haedo, a raíz de su llegada a la Isla de Pascua, propuso a los jefes tribales que redactaran una declaración de anexión a la corona de España, empleando caracteres nativos. Por tanto, puede decirse que este documento es el primero donde se recogen signos de la escritura pascuense, cuando tres jefes isleños dibujaron en el manuscrito varios signos jeroglíficos.

En mi tercer viaje a la isla, en 1998, Conte me confesó que creía estar en el camino del descubrimiento; calculaba que le faltaban cuatro años. Cuando me despedí de él, ignoraba que jamás volvería a verlo. Siete años más tarde, en 2005, me llegó la noticia de su repentino fallecimiento en Santiago de Chile. Allí, en la capital chilena, está enterrado. En su casita de la Isla de Pascua dejó un baúl tahitiano. En 2008 supe por un amigo español del finado que consiguió que se lo abrieran. En su interior no había ningún documento de valor. Eso sí, dejó un diario escrito en latín, en el que no revelaba nada acerca de todas sus investigaciones.

Ese mismo año (1998) la visitaron los Reyes de España, atraídos por el misterio y la fascinación de la Isla de Pascua, y más tarde el Príncipe Felipe, quien animó a Kitín Muñoz cuando éste preparaba su expedición Mata Rangi II. Tuve ocasión de entrevistar al aventurero español, que ignoraba que su expedición iba a resultar fallida. No consiguió llegar a Tahití y fue rescatado momentos antes de naufragar con su balsa de totora.

Enigmas y leyendas, grutas, playas con palmeras y aguas de color esmeralda y una climatología cambiante cada hora. Esto es Rapa-Nui. Jamás olvidaré mis tres estancias en la isla. Siempre me sentí como en casa en medio de unos indígenas abiertos que hablan español, aunque entre ellos hablen el rapanui, de cierto parecido con el tahitiano. Y, al atardecer, nada mejor que perderse por los caminos que discurren junto al mar, donde las olas arremeten contra los acantilados y observar las siluetas de los moai con un telón rojo vivo al fondo, provocado por el sol en su puesta. Uno evoca entonces a los miles de habitantes de esta isla que jamás salieron de ella y creían que el mundo era sólo eso: una isla muy pequeña.