Quebec, la cuna de Canadá celebra sus 400 años

Cuna de la civilización francesa en el norte de América e incluida entre las joyas patrimoniales de la Unesco desde 1985, Quebec celebra a lo grande sus 400 años de existencia. El punto principal de encuentros, el Espace 400, se ha instalado junto al caudaloso río San Lorenzo, en la antigua zona portuaria –Bassin Louise–, sobre amplias pasarelas en torno a un vanguardista edificio acristalado.

Jaime González de Castejón

Las celebraciones del 400 aniversario de Quebec comenzaron en enero de 2008, pero a partir de julio tendrá lugar la más exquisita variedad de festejos que se han seleccionado para conmemorar a lo grande sus cuatro siglos de existencia. Arte, ciencia y tecnología se han unido en aras de la diversión. Muchos de los entretenimientos previstos se han diseñado contando con la intervención popular y a menudo en espacios abiertos. Hay teatro participativo en las plazas, ópera callejera y danzas y conciertos multitudinarios.

En honor al grandioso río San Lorenzo se combina la música electrónica con espectáculos sobre las aguas. En las orillas, instituciones y museos aportan programaciones especiales y se mantienen con renovada pompa festividades habituales como el ya famoso Concurso de Fuegos Artificiales o el mítico Festival de Verano. Y es que el quebequense, a pesar de la dura climatología de sus inviernos, es de naturaleza festiva y muy acogedor con el visitante, y se halla siempre dispuesto a divertirse, como demuestra su renombrado Carnaval de Invierno, uno de los más septentrionales y sorprendentes.

Orgullosos del protagonismo de su naturaleza circundante, los quebequenses son capaces de disfrutar con todas las estaciones del año. A muy poca distancia del centro urbano hay bosques y montañas espectaculares que en invierno se convierten en atractivas estaciones de esquí, mientras en las calles nevadas del casco histórico los adornos y las luces navideñas perduran hasta mediados de febrero. A tan sólo siete kilómetros del centro cuentan con una impactante cascada, la Chute Montmorency, sobre la que no olvidan nunca señalar que, con sus 85 metros de caída, supera en altura a las cataratas del Niágara, y en otoño la mayoría de los turistas acuden para admirar los encendidos rojos y dorados con que el mítico eté indien tiñe olmos, robles, arces y fresnos. El crujido del deshielo del San Lorenzo y el griterío de los gansos silvestres anuncian la llegada de la primavera cuando la ciudad vieja se anima con las terrazas, los pintores y grabadores sacan sus obras a la calle Du Trésor y los Llanos de Abraham se llenan de gente merendando sobre el césped.

Entusiastas con su ciudad, los quebequenses se vanaglorian de poseer la única muralla defensiva que se ha conservado en pie al norte del Río Grande, y todo ello gracias al lord irlandés que se preocupó de restaurar sus más de cuatro kilómetros a finales del siglo XIX. Hoy, uno de los lugares más concurridos y populares lleva su nombre: la Terraza Dufferin. Se trata de una amplia explanada de madera situada a los pies del castillo Frontenac desde donde se obtiene una de las mejores panorámicas del paisaje fluvial. La otra es la que se divisa desde la Ciudadela, también reconstruida en aquella época y todavía en uso militar como base de instrucción de un regimiento, el Royal 22ème, cuyas tareas diarias forman parte, por cierto, de los itinerarios turísticos.

Toda la energía que se respira en Quebec, toda la fuerza y la vitalidad de esta histórica ciudad le viene sin duda alguna del ancho y majestuoso San Lorenzo, a cuya vera se acurruca, precisamente en el punto donde reduce sus 18 kilómetros de anchura máxima a apenas uno. Con 3.200 kilómetros de poderoso cauce, es el río navegable más grande del mundo para transatlánticos y uno de los ecosistemas más ricos del planeta, con mareas que varían entre cuatro y siete metros de altura, creando unas espectaculares inversiones de corrientes. Hasta 1735 constituyó para Quebec su única vía de comunicación con el resto del planeta, y su puerto llegó a figurar entre los cinco más importantes del mundo a mediados del siglo XIX. En aquellos tiempos Quebec era la capital de un territorio tan amplio como dos tercios de América del Norte y su diócesis católica era, por extensión, la mayor del mundo.

Urbe esencial del imperio francés y posteriormente colonia inglesa desde la batalla de 1759, transformada en la capital del Bajo Canadá al dividirse el país mediante el Acta Constitucional del año 1791, y sencillamente capital provincial tras la Confederación Canadiense de 1867, la ciudad de Quebec ha sabido preservar el espíritu galo de sus orígenes. Apodada Cuna de Nueva Francia y Vieja Capital, supo no obstante equilibrar las culturas británica y francesa en una nueva personalidad, destilando lo mejor de ambas en una simbiosis europea-americana que la distingue hoy como el centro urbano con más historia de Canadá y, desde luego, como uno de los más singulares y diferentes de todo el continente.