Pueblos y paisajes de Midi-Pyrénées

Pueblos encantadores suspendidos en las rocas que acogen a las nubes y que se pueden explorar en globo, cruceros fluviales a través de los acantilados más extraños de Francia, cuevas tan asombrosas como profundas, gastronomía tradicional y a la última y, sobre todo, mucha historia en cada rincón del norte de Midi-Pyrénées. Esta es la atractiva propuesta de los bucólicos paisajes de los valles del Lot, Dordoña y Tarn, con Toulouse, la capital aeronáutica europea, como base de esta ruta cercana. Al otro lado de los Pirineos.

Javier Carrión

Toulouse no es solo la puerta estratégica para descubrir las bellezas de la región de Midi-Pyrénées sino también la cuarta ciudad más poblada de Francia, tras París, Marsella y Lyon, con una población universitaria de más de 110.000 jóvenes. También ha conquistado una merecida fama por su potente industria aeroespacial. Aquí se diseñaron el Concorde, el cohete Ariane y los Airbus, cuyo modelo A380, el avión comercial más grande del mundo, con capacidad para 853 pasajeros y un precio de venta de 414 millones de dólares, se ha convertido en otra de las atracciones de Toulouse. La fábrica de Airbus, instalada en el mismo aeropuerto, puede visitarse apreciando las fases de construcción y ensamblaje del avión en los hangares. La experiencia sorprende y lo hará mucho más a partir de enero de 2015, cuando se inaugure el Parque Aéroscopia, a solo unos pasos de la factoría. El futuro parque aeronáutico, técnico y científico contará con cuatroestrellas: los Caravelle, el Concorde, el Super Guppy y el Airbus A300B, escoltadas por treinta naves históricas, como el Mig15 o el Star Fighter, en un espacio de 10.000 metros cuadrados.

Promete esta nueva aventura turística en la llamadaciudad rosa,que toma su nombre del color rosa-anaranjado de sus ladrillos y de sus tejas rojizas. Cálida, espontánea, amante del buen vivir, Toulouse está formada por un conjunto de barrios que hay que recorrer a pie a través de sus callejuelas peatonales, de las orillas del río Garona, que atraen a cientos de jóvenes por las noches, y de sus concurridas plazas, como la del Capitolio, con su elegante ayuntamiento. Dentro de este majestuoso edificio, en el pabellón de los grandes hombres ilustres de Francia, brilla la sala más hermosa del país para celebrar bodas civiles. La basílica de Saint-Sernin, la más grande de Europa en estilo románico con sus cinco naves, es la favorita de los habitantes de Toulouse cuando se trata de contraer matrimonio religioso. Su cripta, de dos plantas, guarda como reliquias un trozo de la corona de espinas de Jesucristo y otro de la cruz. En segunda instancia, conviene acercarse al convento de los Jacobinos con su magnífica palmera de 22 ramas, que forma la bóveda del ábside, visible de una manera muy original a través de un espejo gigante, instalado sobre el suelo, que regala una perspectiva inexplicable con sus diferentes columnas y las nervaduras de la bóveda.

A poco más de una hora en coche desde Toulouse, tomando la dirección de Albi, cautiva la silueta de una ciudad suspendida en el horizonte. En la cumbre de este antiguo promontorio, que lleva el nombre de Cordes-sur-Ciel, solo viven 50 personas, pero su encanto y autenticidad han servido para que la cadena de televisión France 2 le haya otorgado este año, de acuerdo con sus televidentes, el honor de ser el pueblo más bello del país en 2014. Albert Camus, uno de sus ilustres residentes durante la Segunda Guerra Mundial, ya definió a Cordes con siete palabras: "Todo es bello aquí, hasta el pesar...". Ese pesar que apreciaba, con buen olfato, Albert Camus se palpa en sus calles, ahora quizás de manera más positiva, creando una atmósfera muy bucólica para todo el que la visita. Y si no se llega a captar esa impresión no hay nada como disfrutar de sus vistas en la lejanía desde la colina del pied haut o desde las Sarmazes. Ya intramuros, lo que encierra la antigua fortificación asombra aún más. Hay casas intactas de estilo gótico (s.XIII-s.XV), talleres de artesanos, tiendas del pastel (un pigmento azul utilizado para pintar y teñir) y mercados al aire libre, como el de la plaza techada, emplazados en los viejos edificios de esta ciudad enigmática y secreta, paso de peregrinos hacia Santiago de Compostela.

Venerar a la virgen negra en Rocamadour

Otro importante centro de peregrinación espera en Rocamadour, el punto más turístico del valle del Dordoña. Ciudad medieval y también colgada en un acantilado, como en el caso de Cordes, se convirtió en un destino ansiado en 1166 al descubrirse el sepulcro del cuerpo momificado de San Amador, un ermitaño que había vivido en este laberinto pedregoso dos siglos antes. Cientos de caminantes y curiosos comenzaron a llegar de toda Europa para rezar aquí, justo en el lugar donde se fueron sucediendo varios milagros -126 aseguran los monjes desde 1172-, anunciados por la campana situada encima de la Virgen Negra, imagen que empezó a ser venerada con la del santo.

Se construyeron cuatro hospedajes y todavía uno de ellos, la Casa de María, desempeña esa función para unos peregrinos que mantienen la tradición de subir la gran escalinata del santuario de 233 escalones, arrodillándose en cada uno de ellos para orar. Superada la dolorosa ascensión, se accede a la Puerta Santa y al Santuario, compuesto por ocho iglesias con dos joyas: la capilla de San Miguel, con un bello fresco romano en muy buen estado, y la propia capilla de Notre Dame, con la imagen de la Virgen Negra sobre el altar que emociona a los creyentes.

Rocamadour siempre deleita a sus visitantes, pero si es posible hay que observar esta ciudad edificada al amanecer, cuando la luz se intensifica en sus casas medievales, iglesias y torres y almenas del castillo. Desde el cercano pueblo de L''Hospitalet, la vista del conjunto llama a engaño. Parece que todos los históricos edificios formaran parte de una gran roca que se precipita desde el Causse de Gramat hacia la calle principal, peatonal y abarrotada de tiendas de recuerdos. No hay que despedirse de esta roca de Amador sin bajar al centro de la Tierra en la famosa sima de Padirac, a solo diez minutos en coche de la ciudad sagrada, para descubrir una de las mayores curiosidades geológicas de Francia, utilizando tres ascensores y superando 376 escalones. La aventura se remata con un paseo en barca de un kilómetro, sumando la ida y la vuelta, por un río subterráneo que en algunos tramos alcanza una profundidad de seis metros.

Cahors, tierra del vino oscuro y de las trufas

Al volver a la superficie, el punto de destino es Cahors, la ciudad del Quercy cuya historia se remonta dos mil años atrás, siempre con un lema: roca, agua y vino, y con la protección natural de su río, el Lot, uno de los más bellos de Francia, que en este punto de referencia es navegable a lo largo de 70 kilómetros y 64 esclusas, desde Luzech a Larnagol. Cahors tiene fama también por sus trufas, su vino tinto y porque ha sido un punto clave en el Camino de Santiago. En esa ruta jacobea que atraviesa la ciudad resultó decisivo por su carácter militar el Puente Valentré, una construcción fortificada con siete arcos ojivales y tres torres que se construyó durante casi 80 años en el siglo XIV. En 1840 fue clasificado monumento histórico y se restauró en el siglo XX bajo la dirección del arquitecto Paul Gout, quien hizo esculpir un pequeño diablo en la cumbre de la torre central, como guiño a la leyenda que asegura que Satanás ayudó a construirlo. El Puente Valentré y la Catedral de Saint Etienne forman parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

La gran roca de Saint-Cirq-Lapopie

Antes de dejar Cahors conviene subir al Monte Saint Cyr para deleitarse con la mejor panorámica de la zona. Será entonces el momento de tomar una carretera salpicada de acantilados que se estrecha por el valle del Lot en dirección a Saint-Cirq-Lapopie, un bastión medieval intacto que fue elegido pueblo preferido de los franceses en 2012. Pintores, escritores y galeristas -entre ellos el poeta André Breton, padre del surrealismo y principal responsable de la llegada de los artistas al pueblo- lo eligieron como lugar de residencia, aunque ahora su población es de 217 habitantes y solo una treintena viven en el pueblo durante el invierno. En Saint-Cirq-Lapopie hay que caminar por sus rincones escondidos, puertas y callejuelas con soportales que recuerdan la actividad artesanal que enriqueció a sus moradores. Solo restará subirse a una de esas gabarras que dan fe del rico pasado comercial de la región para admirar los altos acantilados del río, muy sugerentes por su color blanco, en este encantador camino de agua, uno de los más espectaculares recorridos fluviales de Francia.