Pueblos y leyendas del Valle del Tietar

Fue pionero del veraneo familiar y lo es ahora del turismo rural y del turismo activo. Con un clima benigno que permite el disfrute de la naturaleza todo el año. Con una variedad de paisajes que ha tentado y cautivado a muchos escritores. Las heridas del fuego del verano pasado son ya cicatrices apenas visibles.

Carlos Pascual

La verdad es que los medios exageraron un pelín. O no, pero la impresión de la noticia fue de tremendismo. El pasado verano hubo incendios en el Valle del Tiétar, hubo dos muertos. Se quemaron 4.000 hectáreas en zona alta y apartada; eso representa el 0,5 por ciento de la superficie del Parque Regional de Gredos, que es una mínima parte, a su vez, del ancho y risueño Valle del Tiétar. Pero el turismo ha sufrido, y eso es injusto. La montaña es sólo el borde de una comarca tan variada como extensa. Tendida como un lienzo al sol de mediodía, y protegida su espalda por el murallón de Gredos. Eso hace que allí, incluso en invierno, el clima sea benigno, florezcan naranjos, limoneros, higueras, granados, la vid, el olivo, los almendros mediterráneos, chumberas y, cada vez más, las palmeras.

En realidad, el rótulo del enclave es convencional e inexacto. No se trata de uno sino de muchos valles. Y muy distintos. Tal vez para enmendarlo, los mapas distinguen entre el Alto y el Bajo Tiétar (pero no se fíen, el Alto es bajo y llano, mientras que el Bajo se recorre por carreteras de montaña). En cualquier caso, la argamasa de todos esos valles y vallejos, altos o bajos, es el paisaje (o los paisajes). Por lo que no es de extrañar que haya venido a pastar en su belleza un buena grey de literatos. De Unamuno a Cela, pasando por Baroja, Juan Ramón, León Felipe, Marañón o Benavente.

Y lo que suele pasar, cuando hay literatura de por medio: el desfase literario. Una cosa es lo que sueñan los poetas, y otra muy distinta el día a día. La ensalzada arquitectura popular, por ejemplo, hay que buscarla ahora con lupa. Los chalés han crecido más deprisa que los espárragos de Lanzahíta, que ya es decir.

La tranquilidad de antaño, que respiraban los que inventaron el veraneo, se ha trocado (y eso no es malo) en un frenesí de montañeros, senderistas, campistas, ciclistas... El turismo activo se ha convertido en santo y seña, la fórmula redentora, el verbo hecho carne. Dicho en plan cheli: otro turismo resulta posible.

Por si había dudas, el Valle del Tiétar (Alto) empieza, viniendo de Madrid, en Santa María del Tiétar, que parece una urbanización de Madrid. Sotillo de la Adrada es más de lo mismo, y a lo grande. Qué dirían el Benavente de Señora ama, o el Baroja de La Dama errante si vieran en qué se han convertido los escenarios de sendas obras. La Adrada es otra cosa. Sobre todo si se cierne desde el cerro del castillo, que han restaurado (rehecho, sería más exacto) hace un lustro y se visita pagando. A la entrada del pueblo han apañado un paseo de palmeras, que parece que está uno en Alicante.

Piedralaves supo aprovechar el paso de Cela, y los piropos que le endilgó en Judíos, moros y cristianos: "Linda y minúscula como una flor" (lo de "la Andalucía de Ávila" o "la Suiza española" ya le parecía peor). Piedralaves ya no es minúscula, ha sido pionera del turismo en la comarca, y apenas mantiene unas pocas calles y casas viejas en su parte alta. Más suerte ha tenido Pedro Bernardo. El título oficial de Balcón del Tiétar resulta obvio. Aquí se ha conservado un poco más de arquitectura castiza, con pasadizos y callejas en escalera -imposibles para los coches-, y un murmullo sordo de 14 fuentes, tal como anotara Ciro Bayo en El viajero entretenido. Todavía se ve algún burro, pero muchos más quads del diablo, y la gente, en los bares, habla mucho de caballos.

El prólogo de Arenas de San Pedro es Ramacastañas y sus Cuevas del Águila, un negocio bien explotado, cada media hora, todos los días del año. Arenas parece una ciudad si uno lo recorre de semáforo en semáforo por la calle-carretera. Pero no es sombra de lo que fue. Su origen está en las ferrerías de Ávila, cuando el hierro cruzaba el puente medieval (que no romano), camino de los puertos de la sierra. El Condestable Dávalos levantó, a finales del XIV, el castillo que luego pasaría a manos de don Álvaro de Luna; cuando a éste le rebanaron la cabeza, su viuda, Juana Pimentel, remitía sus misivas como "la Triste Condesa", y ese es el apodo que heredó el castillo. No hay mucho que ver por dentro.

Enfrente, sobre un altozano, el Infante don Luis, hermano de Carlos III, se empezó a construir un palacio para sobrellevar un destierro por haberse casado con una maña desigual en rango y 32 años más joven. Era hombre culto, y se trajo a tipos como Goya, que pintó media docena de retratos a la familia, o a Luigi Boccherini; el músico llegó en 1778, y en los ocho años que permaneció en Arenas compuso su Stabat Mater, seis sinfonías y los quintetos opus 30; en La Taberna de Boccherini, junto a la iglesia gótica, además de recordarle preparan unas cazuelas de setas tan exquisitas como su música (el palacio, inacabado, está en restauración).

A la salida de Arenas, un paseo a orillas del arroyo Avellaneda conduce al Monasterio de San Pedro de Alcántara. El santo era confesor de Santa Teresa, quien decía de él que parecía hecho de sarmientos; como santo que era, conseguía lluvia si había sequía, y cruzaba los ríos caminando sobre el agua para ir a su otro convento de El Palancar, en tierras cacereñas. El lugar es delicioso, la capilla donde están sus restos fue trazada por Ventura Rodríguez, con ayuda de Sabatini, y el museo que administran los siete frailes supervivientes vale la pena para quien ame la pintura y las tallas religiosas.

Por allí se asciende al Valle, o Barranco de las Cinco Villas, tal vez lo más pintoresco del Tiétar como paisaje. De las cinco villas (todas se apellidan "del Valle"), Santa Cruz, San Esteban y Villarejo han perdido mucho de su arquitectura popular. Cuevas del Valle, por su parte, está atravesada por una calzada romana que no era importante, pero es la que mejor se ha conservado de todas. Tanto, que ha seguido utilizándose a lo largo de los siglos como cañada real (la Leonesa Occidental); precisamente el origen de Cuevas está en las ermitas, a la vera del camino, donde los pastores trashumantes cumplían sus deberes religiosos.

El ombligo de este valle es Mombeltrán, con un castillo del siglo XV que parece muy entero: pura fachada. Por detrás, el Puerto del Pico escalando el muro de Gredos; el que Unamuno llamó "techo de Castilla y corazón pétreo de España". Georges Borrow, "don Jorgito el de la Biblia", cruzó ese macizo oriental en 1836 y aseguraba que en sus lagunas bullían monstruos y sierpes largas como un pino; era una creencia popular que recogieron también Baroja y otros escritores. Dos años antes, en 1834, Gregorio Aznar y seis colegas realizaron la primera travesía reflejada en un relato publicado.

Para llegar al Bajo Tiétar hay que sortear muchas curvas de montaña. Poyales del Hoyo permite un respiro. El aire es ya más cacereño. Y mucho más en Candeleda, cuyas calles y viviendas son las típicas de La Vera, con pinta de judería. Hay un museo de juguetes, más antiguo, en Poyales, y otro muy reciente en Candeleda, en "la Casa de las Flores", creado por Luis Figuerola-Ferretti (la Doña María de la radio) y unos amigos.

A unos 10 kilómetros de Candeleda está El Raso, en la llamada Ruta de los Vettones y Pastores. Lo de los pastores está claro, por las cabras que se cruzan como locas por medio de la carretera; lo de los vettones también está claro si uno sube un par de kilómetros más hasta el castro celta que se recuesta en un pliegue del Pico Almanzor. Por allí pasa otro cordel de la cañada real. Y si uno trisca más, lo que verá son cabras hispánicas, que saltan por las cumbres que asoman al Valle del Tiétar.