Pueblos mágicos de Guanajuato

El Estado mexicano de Guanajuato cuenta con cinco pueblos inscritos en el programa nacional de Pueblos Mágicos. Los cinco destacan por la singularidad de sus espacios urbanos. La belleza de sus paisajes y su capacidad para transportar al visitante a otra época.

Mariano López
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Foto: VIAJAR

El tiempo corre a otra velocidad –y a veces en otra dirección– en estos pueblos mágicos que guardan artesanías, comidas y leyendas, que han sabido conservar su patrimonio y cuidar de sus paisajes. Pueblos amables, abiertos, hospitalarios. Pueblos mágicos de un Estado mágico, Guanajuato, el sexto Estado más visitado del país, el primero si la lista se forma con los que no tienen playa; el Estado donde nacieron los pintores Diego Rivera y Chávez Morado, los cantantes Pedro Vargas y Jorge Negrete y el compositor José Alfredo; donde se inició la Independencia y donde comenzaron las representaciones teatrales de Cervantes por primera vez en América. En Guanajuato. El centro de México, su corazón, al que pertenecen estos cinco pueblos mágicos.

Mineral de Pozos
Correcaminos, fantasmas y estrellas fugaces

Hay algo realmente extraño y misterioso en el paisaje semidesértico de este lugar que fue un emporio minero, luego un pueblo fantasma y ahora es un tesoro, un objeto de deseo para cineastas, músicos y escritores que disfrutan contemplando sus tierras áridas, salpicadas de acacias, cardos y mezquites, sus calles y casas desiertas, sus noches de estrellas fugaces y un horizonte que en todas sus direcciones sugiere libertad. Aquí se rodó Pedro Páramo, la historia que incorpora con naturalidad personajes del más allá. En este pueblo total, absolutamente mágico, que llegó a contar con 360 concesiones mineras, fue rico y luego, cuando se acabó la plata, progresivamente abandonado, y ahora ve cómo se levantan galerías de arte y hoteles boutique junto a la que fue la escuela de artes y oficios, donde estuvo El Palacio de Cristal o en el hueco que dejaron Fábricas de Francia o El Vesubio y la Fama. La viuda de Lennon, Yoko Ono, se está construyendo una casa –enorme– en uno de los extremos del pueblo, donde se acaban las calles empedradas y comienza la tierra rugosa, los cardones, los huizaches y los pirules, los árboles y arbustos propios del semidesierto. Hoy hace un día magnífico, luminoso y azul. Un águila sobrevuela la cúpula del templo de San Pedro Apóstol y las antiguas chimeneas de las minas de los jesuitas. Pero yo me empeño en mirar al suelo por si tengo suerte y veo algún correcaminos, que por aquí abundan.

El pueblo nació con el nombre de San Pedro de los Pozos. Fueron los jesuitas quienes lo bautizaron y quienes se encargaron de explotar la primera mina, la mina de Santa Brígida, concedida a la Compañía de Jesús en el siglo XVI. Todavía se sostienen las tres chimeneas piramidales de los hornos de fundición de Santa Brígida. Son el símbolo del pueblo, la marca orgullosa de su historia y de su resistencia. Cerca están los restos de la mina de los Cinco Señores, la boca de la antigua mina Pirata y las ruinas de la mina San Rafael. Con Santa Brígida, son cuatro de las más de 300 minas con las que llegó a contar Mineral de Pozos, las únicas que ahora están abiertas para quienes desean recorrer sus laberintos de piedra caliche y los negros túneles donde brilló la plata y ahora brotan las flores del nopal.

Los domingos, junto a la iglesia que rinde culto al Señor de los Trabajos, se instalan puestos de gorditas de maíz quebrado. Hay que beber colonche, el fruto fermentado de una chumbera roja, probar escamoles, las deliciosas larvas de hormiga, y, en temporada, los sabrosos gusanos del maguey. Hay una pista para los amantes del ciclismo de montaña, un rancho cercano donde se cultivan seis especies de lavanda, un jardín botánico con enormes cardones y dos hoteles boutique con amplios ventanales y confortables asientos: todo lo que se necesita para disfrutar del paisaje y recibir la energía de Mineral de Pozos.

En las galerías de arte se venden cuadros y esculturas inspiradas en el Sol y en el jaguar, motivos prehispánicos. Los artesanos de El Venado Azul fabrican palos de lluvia, marimbas de piedra y tambores ahuecados de madera. También figuras de serpiente y alebrijes de mezquite con piedras de río en su interior. Cuando las agitas, oyes el rumor del río, la lluvia o la tormenta. Su especialidad son los instrumentos de música prehispánicos, que suenan en el Festival de la Toltequidad, en el mes de julio, uno de los tres festivales de música que se organizan en el pueblo desde hace no muchos años. Los otros dos son el Festival del Mariachi, en abril, y el Festival Internacional del Blues, en junio. Los tres han nacido de empeños personales, del trabajo y la pasión de vecinos que quieren que suene Mineral de Pozos. Con la música que a ellos les gusta, la que se imaginan que mejor sintoniza con el pueblo que fue y el que es, con su paisaje libertario y su maravilloso cielo. Cerca de la antigua academia modelo, en el camino que lleva a las minas, hay un lugar, una loma oscura, donde se pueden contemplar estrellas fugaces. Todas las noches. No habrá un pueblo más mágico que Mineral de Pozos.

Dolores Hidalgo. | VIAJAR

Dolores Hidalgo
El Grito y José Alfredo

La plaza principal, el zócalo de Dolores Hidalgo, cuna de la Independencia nacional, es una de esas plazas por las que merece la pena viajar a México. Plazas para no hacer nada, para ver la vida, admirar los árboles, para preguntarse cómo han conseguido detener el tiempo. En la plaza de Dolores Hidalgo, además, hay nieves. Las nieves más famosas de México. Los puestos de nieves –helados artesanos– ocupan los lugares estratégicos de la plaza: junto al quiosco de música, alineados con los sillones de los boleros, los que limpian zapatos, frente al hotel donde se hospedó Benito Juárez... Se protegen del Sol bajo los ahuehuetes y ofrecen el repertorio de sabores más singular del mundo. Hay nieves de tequila, de camarones, de mole, de pulpo, de pipián; nieves de cerveza, de flores, de chicharrón, de alfalfa y de miel de abeja; y, por supuesto, nieves de dos de las frutas más típicas de Guanajuato: la borrachita y el garambullo. La plaza se conoce, también, como el Jardín del Grande Hidalgo. Alineada con su eje principal, se levanta la estatua del padre de la patria, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, y, detrás, la parroquia donde Hidalgo lanzó su famoso grito contra el mal gobierno de la Nueva España, el Grito de Dolores, la noche del 15 al 16 de septiembre de 1810, el grito con el que comienza la Guerra de la Independencia. La antigua Casa del Diezmo, donde vivió Hidalgo, acoge el Museo Casa de Hidalgo, que exhibe algunas de sus pertenencias: sus libros de teología, la vajilla que compartía con sus hermanos, un piano, trajes sacerdotales, un estandarte de la Virgen de Guadalupe, el primer bando de abolición de la esclavitud y una urna funeraria con sus restos. También otro de sus legados: la escuela de artes y oficios. Hidalgo enseñó a sus vecinos a trabajar la loza y el ladrillo, les instruyó en las artes para fabricar cerámica de Talavera; plantó vides y moreras, importó colmenas de Cuba, formó una orquesta. Transformó Dolores, y el pueblo, agradecido, lleva su nombre.

No muy lejos de la plaza Jardín del Grande Hidalgo, de la parroquia y de otro museo, el del Bicentenario de la Independencia, se encuentra una de las calles más famosas de México: la calle Jalisco, en cuyas cantinas paraba José Alfredo Jiménez. El compositor de El Rey, la canción que millones de personas en el mundo asocian con México, el poeta del amor y el desamor, el genio del tequila y la parranda, José Alfredo Jiménez, nació en Dolores Hidalgo. Su cantina predilecta estaba en la calle Jalisco, en la época en que esta calle era conocida como calle Salsipuedes, la cantina El Incendio. Su propietario se llamaba Hermenegildo Aguayo, que quizás haya sido la persona que más veces ha escuchado a José Alfredo decir “La vida no vale nada”. Hoy El Incendio sigue existiendo, gobernada por el nieto de don Hermenegildo, que continúa elaborando un mezcal que comenzó a envasar su abuelo: el mezcal Pierdenalgas, orgullo de la cantina. Cerca hay otra cantina que también conoció José Alfredo, La Hiedra. Y otras dos cantinas más jóvenes, El Triunfo y El Faro. Junto a las anteriores, forman la primera gran ruta de cantinas de México, la única en la que uno puede empezar y acabar la noche con canciones locales, solo con los temas de José Alfredo.

La casa donde fue niño José Alfredo es hoy el Museo José Alfredo Jiménez. Ocho salas dispuestas alrededor de un patio de naranjos y flores de azahar. Trofeos, premios, trajes de charro, innumerables fotos, poemas y un enorme mural de Octavio Ocampo que retrata a José Alfredo acompañado por los principales intérpretes de sus canciones: Jorge Negrete, Lola Beltrán, Pedro Infante y Chavela Vargas. “Las amarguras no son amargas –dice Joaquín Sabina, en Por el bulevar de los sueños rotoscuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo”. Fuera del museo, José Alfredo está en todas partes. En las cantinas, en todos los bares, se rinde homenaje a su memoria. Siempre fue un buen cliente. En el Panteón Municipal se encuentra su tumba, un mausoleo festivo compuesto por un enorme sombrero charro de piedra del que nace un sarape de azulejos con los nombres de las 119 canciones conocidas del compositor y 91 espacios sin nombre que evocan las canciones que dejó escritas pero sin título. Era el rey, sigue siéndolo. Este mes de noviembre, el día 23, se conmemora el aniversario de su muerte. Habrá música, poemas y tequila, no solo ese día, en realidad todo el mes. Por la memoria, eterna, de José Alfredo. Por sus canciones. “Allá no más tras la lomita se ve Dolores Hidalgo”, dice Camino de Guanajuato, una de sus más famosas canciones, que José Alfredo remató con un homenaje a su pueblo mágico: “Yo ahí me quedo paisano, allí es mi pueblo adorado”. Dolores Hidalgo.

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Jalpa de Cánovas
La hacienda más rica de México

El precioso pueblo de Jalpa debe su apellido, Cánovas, a la figura de Manuel Cánovas, el creador de la hacienda que convertiría a este antiguo asentamiento chichimeca, posterior encomienda española, en la tierra más fértil del Estado. Don Manuel levantó la hacienda, la casa grande y un rancho que proveía de carne y cuero a la ciudad de León. Su hija, Guadalupe, heredó la propiedad, y su yerno, Óscar Braniff, la convirtió en un emporio. Braniff atrajo ingenieros y arquitectos que idearon un sistema de presas y canales capaces de asegurar el regadío de las 68.000 hectáreas que llegó a alcanzar la finca. Sus cosechas anuales de trigo y maíz, que rebosaron en seguida los graneros, bastaban y sobraban para alimentar al Estado. Plantó manzanos, membrillos y nogales, creó huertas, implantó nuevos cultivos. En todo el país comenzaron a llamar a la hacienda Cánovas “el granero de México”. Al arquitecto de la presa principal, el británico Cecil Louis Long, Braniff le encargó también la iglesia de la hacienda, un templo que Long convertiría en una joya neogótica por la fuerza de su espigada torre y su atractivo interior. La separación de Guadalupe y Óscar –uno de los primeros divorcios amparados por la ley en México–, el fraccionamiento de la propiedad, el impacto de la Revolución y la guerra cristera, el levantamiento armado para anular el decreto de clausura de los templos, acabó con la producción de la hacienda, extinguió su fuerza. En las paredes de algunos de los muros de la casa grande aún se aprecian los impactos de bala que dejaron los rifles de la Revolución y las armas de los cristeros.

Jalpa ha sabido conservar el esplendor de aquella época. En la hacienda de los Cánovas se aprecia cómo era la vida de una de las familias más ricas de México a principios del siglo XX. Aún funciona el refrigerador, quizá el primero que llegó a Guanajuato. Y aún deslumbra el tocador de doña Guadalupe, con sus espejuelos de plata. Se pueden visitar, también, las huertas, los membrillos, el molino, la poderosa iglesia de la torre espigada. Jalpa ha conservado también los platillos clásicos: el mole de nuez de cáscara de papel, la cajeta de membrillo, las enchiladas con cecina, el caldo de zorra... Y herramientas y fotos de la época. Uno de los vecinos, Luis Cabrera, ha creado un museo único con decenas de piezas y documentos de la historia del pueblo. Se diría que el secreto de Jalpa, la razón última de su magia, está en conservar no el pasado sino el tiempo, las tradiciones y la tranquilidad. No es empresa fácil. Jalpa fue un granero de trigo. Hoy produce toneladas de amabilidad. Un pueblo mágico.

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Salvatierra
La primera ciudad del Estado

Salvatierra es un lugar rico y hermoso. Posee cerca de 360 construcciones patrimoniales catalogadas, templos de todas las órdenes religiosas, un río poderoso, un cerro mágico, árboles de cinco siglos y huertas que parecen regadas con azúcar, por el sabor que le dan a la guayaba. Fue la primera ciudad del Estado, el primer lugar de Guanajuato que obtuvo la cédula real. Pero antes, mucho antes, ya era un lugar apreciado. Los chichimecas llamaron al valle donde se asienta Salvatierra el valle de Huatzindeo, que significa “lugar de hermosa vegetación”. La temperatura no baja de 18 grados ni sube de 33 en todo el año. La lluvia es suave y, aunque no la hubiera, bastaría con los arroyos que bajan del cerro Culiacán y con la fuerza del río Lerma para llenar de agua los pozos, de canales las huertas y del rumor del agua las calles hendidas por las acequias.

El cerro de Culiacán es, según la leyenda, el lugar de donde partieron las siete tribus mexicas en busca de la tierra prometida. Algunos creen que ahora encierra una base de extraterrestres, el germen de una civilización que salvará a la Humanidad. Hay una cueva que también es mágica. Dicen que las ganaderías que se pierden en la cueva tardan a veces meses en salir y que luego salen con extrañas manchas en las pezuñas.

Los españoles establecieron haciendas y encomiendas. Salvatierra llegó a tener dieciséis haciendas durante la colonia. Las casas señoriales deslumbran aún por la armonía de sus patios, que parecen creados para soportar la explosión de color de los geranios y las buganvillas. La orden de San Agustín fue la primera en llegar al valle. Los agustinos levantaron un impresionante conjunto conventual del que aún pueden admirarse sus vestigios. Tras los agustinos llegaron los dominicos, luego los franciscanos y después los carmelitas descalzos. Fue un fraile carmelita, Fray Andrés de San Miguel, admirable arquitecto, quien diseñó la obra de la que hoy presume con orgullo en su escudo la ciudad: el puente de Batanes sobre el río Lerma. Mide casi 200 metros. Ha soportado las crecidas y los golpes del río durante más de 350 años y ahí sigue, sirviendo al paso de vehículos y paseantes. Es uno de los dos únicos puentes del país que se mantienen erguidos desde que fueron creados sin una sola obra nueva que los apoye. Entre sus templos, Salvatierra posee también uno de los tres únicos ejemplos de monacatos femeninos con los que cuenta el Estado. Fundado en 1778, el convento de las capuchinas es un excelso ejemplo del arte barroco. Aunque reciba más visitas interesadas en los dulces y los bordados de las monjitas que en los detalles de su claustro mayor.

Hay que comprar obleas, churros, gorditas de nata y ponche de rompope a las monjas, recorrer los templos, el mercado, las plazas y los monumentos del porfiriato. Probar los dulces de guayaba y de cacahuete, cruzar el puente. A las afueras del pueblo hay un parque de ahuehuetes, un sabinar. En náhuatl, la lengua que hablaban los aztecas, ahuehuete significa “viejo del agua”. Son árboles que tienen más de 500 años. Los años de historia que suma este pueblo con título de ciudad. Recorrerlo es pasear por la historia completa de México. Esa es su magia, el alma de Salvatierra. Aunque algunos opinen que algo más esconde este bello lugar cuando tanto lo protegen, desde su cerro, los extraterrestres.

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Yuriria 
La laguna y el volcán

Yuriria destaca por los atractivos de su laguna artificial, por el color y las leyendas del lago natural, contiguo al pueblo, que cubre el cráter de un volcán extinto, por la belleza de sus paisajes y, al igual que Salvatierra, por el esplendor de los templos de las órdenes religiosas. Si Salvatierra debe parte de su fama a la obra de un monje, el carmelita fray Andrés de San Miguel, Yuriria también está en deuda con la obra de otro monje, fray Diego de Chávez, responsable de la enorme obra hidráulica que supuso y supone la laguna. Fray Diego de Chávez Alvarado era natural de Badajoz y sobrino del lugarteniente de Hernán Cortés, el muy belicoso Pedro de Alvarado. Como su tío, fray Diego viajó a México, pero con distinto fin. Alejado por completo de la carrera militar, tomó el hábito de los agustinos y aceptó la orden del obispo de Michoacán, quien le envió al sur del Estado de Guanajuato, a la comarca que los nativos llamaban Yuririapúndaro, que quiere decir, en purépecha, “lago de sangre”. Efectivamente, junto al pueblo había un lago de aguas bermejas, un lago rojo, el lago La Joya o Lago Cráter, que cubre de agua el cráter de uno de los trece volcanes que forman al sur de Guanajuato la cadena conocida como las Siete Luminarias, porque recuerdan en su alineación a las estrellas de la Osa Mayor. El lago se viste de rojo por los sedimentos del volcán. Dicen que cuando el volcán se agita, por los movimientos telúricos, el rojo de las aguas del Lago Cráter es aún más intenso, se vuelve rojo sangre. Cuando la tierra no tiembla, el color es más amable, es rojo pasión, rojo enamorado. Cada atardecer, numerosas parejas de Yuriria se acercan hasta el Lago Cráter para ver cómo el Sol parece fermentar las aguas rojas de La Joya, el lago que dio nombre a la comarca. Es un gran espectáculo, con seguridad inolvidable.

Fray Diego de Chávez comenzó por construir un convento de robustos muros, con torres y barbacanas, capaz de soportar los ataques de las tribus chichimecas. Luego, como respuesta a la falta de agua dulce que sufría el pueblo, ideó la presa, la laguna artificial de Yuriria. Estudió el terreno cercano al curso del río Lerma y contrató a un maestro de obras de Morelia. Juntos, el fraile y el albañil, con ayuda de los vecinos, crearon el canal, levantaron las compuertas, desviaron el agua del Lerma y formaron la presa, la laguna artificial de Yuriria. Gracias a la presa, la tierra se fertilizó, los huertos comenzaron a dar frutos; la laguna, peces, y los mercados, comida. Aún no se comprende bien cómo fueron capaces de construir semejante obra fray Diego y sus feligreses, pero ahí está la laguna, con la misma forma y las mismas dimensiones que le dieron hace 400 años, ahora con compuertas de acero y muros revestidos de hormigón.

Hay que navegar por la laguna, entre sus siete islas, pasear en barca o en kayak, y comer charales en los chiringuitos del muelle de San Pedro. Los charales son una especie de chanquetes de agua dulce que se preparan de diversas formas. Hay que probar, también, el caldo michi, un caldo de pescado con xoconostle, el fruto agrio de una chumbera, y rematar con tamales de cacahuete o buñuelos de viento. No hay que concluir el viaje sin comprar cestas de tule y tejidos de ganchillo, rafia o punto de cruz.

En la huerta del convento de San Pablo permanece la leyenda de los tres ahuehuetes. Nació antes que la laguna, cuando los chichimecas acosaban a los indios y a los españoles asentados en Yuriria. Una noche, los chichimecas entraron en el poblado, mataron a muchos hombres y se llevaron a las mujeres y a los niños. Entre ellos, la mujer y el hijo del indio Antón Trombón, que estaba de caza. Cuando regresó, Antón salió en busca de los raptores. Los encontró acampados de noche. Sin otra arma que su cuerno de caza, lo hizo sonar de tal modo que los chichimecas huyeron. Recuperó a su mujer, María Pacuela, pero nunca encontró a su hijo. En memoria de aquel hecho, en Yuriria plantaron tres sabinos: Antón Trombón, María Pacuela y el Niño Perdido. Ya no se yerguen, altivos, en el convento, pero permanecen su huella y su memoria. Como no podía ser menos en una tierra donde los volcanes, los ríos, los árboles y las estrellas hablan a los vecinos y les convencen para que guarden sus secretos y solo cuenten sus leyendas a los viajeros enamorados de Guanajuato.