Pueblos escondidos de la Costa Azul

El tramo más oriental de la Costa Azul, entre Cannes y la frontera italiana, con Niza como eje central, esconde en su retaguardia montañesa un rosario de pintorescas poblaciones forjadas a través de siglos de cultura mediterránea, que, consolidadas en tiempos medievales, mantienen la idílica estética que tanto atrajo a la vanguardia creativa de principios de siglo. Hoy, marcadas por huellas de célebres pintores, escultores, escritores y cineastas, suponen el contrapunto perfecto al glamour de la Riviera francesa.

Jaime González de Castejón

Las últimas estribaciones de los Alpes crean una complicada franja de pliegues agrestes antes de morir frente al azul intenso del Mediterráneo. Desde épocas remotas, numerosos núcleos humanos -prehistóricos, celtas y ligures- encontraron su lugar en esta zona, al abrigo de los fríos vientos del norte y bajo la benéfica influencia marítima. Muy pronto, griegos y romanos "civilizaron" estas tierras con sus tradicionales cultivos: el olivo y la vid. Luego, durante las luchas fronterizas del Medievo, los pueblos treparon a los riscos y se fortificaron con murallas y castillos. El curso del río Var, que desemboca al oeste de la ciudad de Niza, señaló sucesivas demarcaciones en estas tierras inicialmente desligadas de Francia -la Provenza fue independiente hasta 1860- y eventualmente divididas entre franceses e italianos, ya que entre 1388 y 1793 la margen oriental del Var perteneció a los condes de Saboya.

Impregnadas por lo tanto de tradiciones culturales y encaramadas a los salientes rocosos, las pequeñas poblaciones campesinas apiñaron sus casas en torno a los campanarios de discretas iglesias, impasibles ante el privilegio de sus amplias vistas. Aquella dificultad inicial para expandirse sobre las empinadas laderas ha funcionado como una suerte de encantamiento que detuvo el tiempo y preservó esas bucólicas estampas que los artistas de la belle époque descubrieron entusiasmados. En el periodo de entreguerras de principios del XX, y pasada la Segunda Guerra Mundial, surgen infinitas historias de amor entre artistas que sucumben ante los encantos de las apacibles poblaciones y el resplandor de su luz especial. El buen clima, el bucólico entorno agreste, las cautivadoras fragancias y la proximidad de la selecta Costa Azul enriquecen notablemente el decorado.

El surrealista Francis Picabia se instala el año 1924 en Mougins, desde donde atrae, entre otros, a Picasso, quien vivirá allí sus últimos quince años. En el Moulin de Mougins se deleitan con sabrosas bullabesas, la sopa provenzal por excelencia, donde bulle lo mejor de sus ríos junto a las hierbas de sus campiñas. Otro de sus habituales, el duque de Windsor, apoyó también la merecida gloria de este restaurante, que hoy día sigue llenándose de famosos, especialmente durante el Festival de Cine de la cercana Cannes. Pero toda la zona resuena con el eco de altisonantes nombres propios.

Michel Joly, apasionado alcalde de Cabris, resalta con orgullo cinco Premios Nobel vinculados a su localidad, cuatro de Literatura y uno de Medicina: "Hemos tenido a Gide, a Camus, a Sartre y a Roger Martin du Gal, y otro más engrosaría la enumeración si no hubiera muerto con tan sólo 44 años en 1944". Se refiere a Antoine de Saint-Exupéry, el genial creador de El Principito, cuya madre fue elegida Miembro del Consejo Municipal de Cabris en 1946. Las paredes de la casa donde escribió Tierra de los Hombres albergan hoy a los huéspedes del hotel L''Horizon. En la actualidad, Cabris cuenta entre sus adeptos con un buen número de hombres de negocios y gente destacada del mundo del arte y la cultura. Las palabras de su alcalde dan a entender que éste es un lugar para exquisitos donde el precio del suelo se ha revalorizado enormemente, a la vez que recalca su empeño por conservar intacto el casco histórico claramente separado del resto de las edificaciones que proliferan a su alrededor. Una constante inevitable a lo largo de toda la zona. Quedan ya lejos las idealizadas escenas rurales, porque la mayoría de pueblos han trasmutado sus antiguas actividades para dedicarse casi de pleno a la que es hoy su principal fuente de ingresos: el turismo. Similares entre sí, cada cual ha sabido forjarse un carácter con personalidad propia, resaltando al máximo cada uno de sus detalles diferenciadores.

Encantadoras y pintorescas resultan también las villas de Eze, Peillon, Sainte-Agnès y Gourdon, todas ellas enganchadas a la montaña, con sus casas apretadas entre enrevesados callejones y maravillosas vistas sobre el Mare Nostrum. Si en Eze presumen de arte y gastronomía, en Sainte-Agnès, el pueblo costero más alto de Europa, se consideran un nido de águilas, mientras que el diminuto Peillon aparece una y otra vez como ejemplo perfecto del típico poblado compacto defensivo; y Gourdon, clasificado como una de las villas más bellas de Francia, ha apodado Camino al Paraíso la antigua senda mular que lo conecta con el valle. Con nombre de filósofo en cambio, la que baja en pronunciada pendiente desde Eze a la playa se llama ahora Camino de Nietzsche en recuerdo de las pisadas del autor que ideóAsí habló Zaratustra durante una estancia entre sus habitantes.

A los pies del castillo de Eze, asomado sobre el litoral, se plantaron exóticos cactus entre esculturas de aire grecorromano llamadas diosas de la tierra, mientras que la fortaleza de Sainte-Agnès, también con vistas impresionantes sobre el mar y las cumbres alpinas, atesora entre sus ruinas un jardín medieval que evoca los cantares que los trovadores componían al amor cortés. El carácter fronterizo de esta villa se vio reforzado con el lóbrego fuerte Maginot, una ciudad en miniatura escarbada bajo las rocas más altas del pueblo que se ha convertido en museo. Por su parte, el baluarte de Gourdon, convertido en una de las mansiones privadas más lujosas de la Provenza, alberga un museo que ha transformado sus interiores en una exclusiva vivienda decorada en un compendio de art nouveau y art déco.

Por su parte, Tourrettes Sur Loup, la hermosa aldea fortificada que rinde culto a la violeta desde finales del siglo XIX, se ha llenado de inspirados talleres y coquetas galerías que consolidan el espíritu legado por los artistas que en los años 40 lo convirtieron en lugar de encuentro. Y para reforzar este ambiente, una parte de su vetusta fortificación se renovó en los años 70 como sede de varias salas de exposiciones. Pero, además, en esta ocasión el séptimo arte también aportó su magia al lugar, ensalzando en el blanco y negro de algunas viejas películas varios de sus rincones. Luego, en una época en la que la mayoría de los cineastas rodaban todavía frente a decorados interiores artificiales, Marcel Pagnol, gran novelista y dramaturgo, acudió a las cercanías a filmar escenas de sus propios libros, consciente de la potencia evocadora de estos paisajes. Pasada la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos descubren a su vez la alegría de rodar en el Mediodía francés, que empieza ya a convertirse en una especie de Hollywood en miniatura.

Tomada por un notable clan de artistas y artesanos dispuesto a transformar su creatividad en un modo de vida, Saint- Paul -llamado Saint-Paul de Vence-, presenta calles bordeadas de galerías que padecen auténticas invasiones veraniegas durante las cuales los más privilegiados reservan mesa en la mítica Colombe d''Or, un simple albergue a principios de siglo que, para su fortuna, quedó decorado con obras de comensales como Chagall, Bracque, Miró...

A sólo un kilómetro de distancia de la localidad de Saint-Paul, un nuevo hito marca una parada ineludible para los amantes de las ya clásicas vanguardias: la Fundación Maeght, creada en el año 1964 por un marchante de cuadros que hizo afirmar a Malraux que "aquí se había intentado algo que jamás se había hecho: crear un universo en el que el arte moderno podría encontrar tanto su lugar adecuado como ese trasmundo al que antiguamente se llamaba lo sobrenatural".

Pero si de arte se trata, en esta región particular hay que aludir forzosamente a la que es tal vez una de sus manifestaciones menos mencionadas. Porque aquí hay que hablar de un arte propio y específico, de un arte intrínseco e intransferible, dejando de lado la literatura y la pintura, el cine, la escultura y la música, e incluso la gastronomía, y referirse al menos considerado de los cinco sentidos: al olfato. Porque seguramente el arte más representativo de esta agraciada esquina de la Provenza es el de la creación de perfumes.

Para ahondar un poco más en sus misterios hay que dirigirse a la ciudad de Grasse. Quien haya leído el archifamoso best seller de 1986 El Perfume, del bávaro Patrick Süskind, recordará cómo la industria del cuero derivó en la de las esencias olorosas tras el furor que causaría la moda de los guantes y otro tipo de pieles perfumadas. El próspero pasado curtidor de Grasse late aún en la memoria de su céntrica plaza de la Foux, enclavada en torno a la fuente principal que alimentaba los enormes lavaderos de pellejos animales.

La rica historia del burgo y de sus sucesivos ensanchamientos (tanto urbanísticos como económicos) se concentra en su abigarrado casco medieval. Trazada en el siglo XII, la rue Droite, con sus ligeras curvas, es lo más parecido a una recta que se puede encontrar en este tortuoso dédalo de callejuelas y pasadizos esparcidos por la pendiente a los pies de una vieja catedral de marcado carácter provenzal, compacta y austera. En la estrecha y pintoresca calle Répitrel es donde se instalaron, ya en el siglo XVII, los primeros puestos perfumistas de una ciudad que ya desde entonces no hará sino acrecentar su incuestionable fama de capital de los perfumes. Pero a pesar de una floreciente y frenética actividad, tanto con las curtidurías -desde el siglo XII- como luego con el cultivo de rosas, mimosas, y jazmines, Grasse mantiene una fisonomía elegantemente discreta.

Robándole las palabras al dieciochesco personaje central de la novela de Süskind, "se encarama a las montañas y vista desde lejos no causa una impresión de grandiosidad... Parece no necesitar ninguna ostentación. Domina la gran cuenca perfumada que tiene a sus pies y esto parece bastarle. Este lugar a la vez modesto y consciente de su propio valor era desde hacía varios decenios indiscutida metrópoli de la producción y el comercio de sustancias aromáticas, artículos de perfumería, jabones y aceites... La ciudad era una Roma de los perfumes, la tierra prometida de los perfumistas, y quien no había ganado aquí sus espuelas no tenía derecho a llevar este nombre...".

Aunque hoy en día se han modernizado considerablemente las técnicas y se utilizan principalmente elementos sintéticos, Grasse sigue cultivando y festejando sus míticas flores y alentando cotizadas narices que, además de participar en la creación de sublimes fragancias -la rosa de Grasse forma parte del emblemático Chanel nº 5-, dedican sus esfuerzos a la investigación de los aromas aplicados a productos alimenticios y de limpieza. Aquí se trabaja para aromatizar helados, sorbetes, caramelos, pasteles y refrescos, y también detergentes e insecticidas. Las tres casas más importantes de la villa -Fragonard, Molinard, y Galimard, cuyos nombres riman rítmicamente-, han abierto las puertas de sus negocios invitándonos a penetrar en sus enigmáticos universos alquímicos, a conocer de cerca los entresijos de sus fábricas y a pasear por sus bienolientes plantaciones.

Tras olfatear todos los apetecibles productos de sus boutiques, sus maestros perfumeros se prestan a aconsejarnos cómo crear colonias individualizadas a la carta cuya fórmula guardarán para pedidos posteriores. Tal vez sea porque desde antiguo los perfumes han ido indiscutiblemente asociados a los momentos más placenteros de la vida, en esta balsámica comarca resulta inevitable participar de un cierto culto al buen vivir.

Y tal vez en ello resida precisamente la clave oculta del incuestionable magnetismo que ejerce el interior inmediato de la Riviera. Más aún si consideramos que estas agrestes laderas, cuajadas de pueblecitos medievales, aparecen como el verdadero contrapunto perfecto a la renombrada costa, un complemento cultural cargado de historia y de tradiciones que añade a los consabidos lujos marítimos el contacto con las piedras milenarias. Para muchos es precisamente este continuo ir y venir entre el glamour de sus playas y la poesía de la montaña lo que fascina tanto hoy como ayer.