El pueblo que vive 110 días de completa oscuridad todos los años: es la zona habitada más septentrional del planeta y está prohibido morirse o ser enterrado allí
Un asentamiento humano donde el sol desaparece durante más de tres meses al año, donde el frío puede alcanzar los –30 grados y donde las personas han tenido que aprender a lidiar con las exigencias de la naturaleza.

En la novela "Luces del Norte" de Philip Pullman, Lyra soñaba con dirigirse a Svalbard para explorar ese territorio de auroras, osos polares y misterios sin resolver. Lo cierto es que, aunque en el verdadero Svalbard no hay centros secretos con niños recluidos, el panorama descrito en la novela sí que se parece mucho al que nos encontramos si nos dirigimos a este archipiélago noruego.

Las islas de Svalvard están, en su mayoría, desiertas. Solo hay pedazos de tierra habitados: la isla del Oso, Hopen y Spitsbergen. En esta última se encuentra el pueblo con más habitantes de todos –tiene menos de 3.000, tampoco pensemos que aquí aguantan multitudes– y el protagonista de hoy: Longyearbyen.
Cómo es Longyearbyen, la población más al norte del mundo
Situado en pleno océano Glacial Ártico, Longyearbyen ostenta el título de población de más de mil personas situada más al norte del mundo, y alberga, entre otros cargos, al gobernador de Svalbard. Su paisaje se define por el frío mar que lo rodea y sus casitas de colores, que contrastan vivamente con la nieve que casi todo el año ciega al visitante. En verano, el hielo se funde y el paisaje se transforma, descubriendo una discreta ladera de brezo.

La historia de Longyearbyen no es demasiado extensa. Comienza en 1896, cuando una compañía naviera comenzó a organizar viajes turísticos a la zona y construyó un hotel en Hotellneset, que cerró al año siguiente. Poco después, algunas familias y empresas se establecieron aquí de forma esporádica, pero ninguna duró más de dos años.
La verdadera fundación llegó en 1906, cuando el industrial estadounidense John Munro Longyear inició la actividad minera y dio nombre al asentamiento, entonces llamado Longyear City. Desde entonces, el pueblo ha crecido ligado a la minería, la ciencia y la investigación.

El día y la noche en Longyearbyen
La vida aquí está dictada por el cielo. Desde mediados de abril hasta mediados de agosto, el sol de medianoche brilla las 24 horas del día y las temperaturas pueden alcanzar los 16 grados. En cambio, desde mediados de octubre hasta mediados de febrero, llega la noche polar, con temperaturas que descienden hasta los –30 grados y días tan oscuros que las auroras boreales pueden verse incluso durante el día.

Qué ver (y qué hacer) en Longyearbyen
Pese a su aislamiento, Longyearbyen tiene un marcado carácter internacional. Es la sede de la UNIS, el centro universitario más septentrional del mundo, donde estudiantes de más de 25 países cursan estudios de geología, geofísica, ingeniería o biología.
La vida cultural es sorprendentemente activa, con exposiciones, conciertos y festivales, y hay una pequeña oferta de restaurantes donde probar platos locales como reno, urogallo, salvelino, e incluso carne de foca o ballena. También cuenta con una cervecera local, Svalbard Bryggeri, y una de las mayores selecciones de champán de Noruega.
Desde Longyearbyen parten actividades tan singulares como paseos con huskies árticos, organizados por una empresa respetuosas con el entorno, o excursiones de senderismo, aunque está terminantemente prohibido salir del pueblo sin un guía experto, ya que en este territorio hay más osos polares –sí, como en el libro de Pullman– que personas. También se puede visitar el exterior de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, donde se custodia la mayor reserva de material genético de cultivos del mundo, con casi un millón de muestras procedentes de prácticamente todos los países.

Por qué en Longyearbyen no está permitido morirse
Uno de los aspectos más conocidos de Longyearbyen es que no se permite enterrar a los fallecidos desde la década de 1950. El motivo es el permafrost, una capa de suelo permanentemente congelado que impide la descomposición de los cuerpos, favoreciendo la proliferación de microorganismos que pueden extender enfermedades.
Por esta razón, morirse se considera un delito. Las personas gravemente enfermas que residen en la localidad son trasladadas al territorio continental noruego para ser enterradas en un suelo menos conflictivo.
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