El pueblo con el corazón dividido

Dos amores tiene Olivenza, la localidad extremeña encajada en la fina raya que separa España y Portugal.

Noelia Ferreiro
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Foto: Estellez / ISTOCK

El carácter fronterizo ha hecho que su historia, su arte y su personalidad hayan sido dibujados con una amalgama de estilos entre las tierras ibéricas. Influjos entrecruzados que se cuelan por su legado patrimonial, por las costumbres y hasta por el lenguaje. Ya lo dice un viejo cántico popular: Las mujeres de Olivenza / no son como las demás /porque son hijas de España / y nietas de Portugal. 

Así es esta localidad asentada al filo del Guadiana, en la llamada raya entre los dos países. Y así es desde 1801, cuando este bello rincón de Badajoz cambió la cedilla por la zeta, de Olivença a Olivenza, tras una guerra con el país vecino que alumbró también, todo sea dicho, un litigio que pervive hasta nuestros días.

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En Olivenza lo pacense pone el encanto genuinamente extremeño de sus gentes, la tradición que ha quedado plasmada en el Museo Etnográfico González Santana, donde se expone la vida cotidiana de los siglos XIX y XX: utillaje agrícola, molinos de aceite, barberías, talleres de forja... También la gracia, el aire flamenco que se respira en sus casas encaladas.

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Pero el peso portugués es igual de relevante. Ese peso que le confiere el pasado y su correspondiente nostalgia: la ciudadela medieval a la que dio forma el rey Don Dinís sobre los restos de una fortificación templaria; el esplendor del arte manuelino en la Iglesia de la Magdalena y sus columnas entorchadas; la azulejería de la Casa de Misericordia, alicatada hasta el techo en azul y blanco. Eso y el fado que también resuena tras las verjas de hierro. 

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En definitiva, es un alma desdoblada la que exhibe este pueblo, una hermosa idiosincrasia dual que se filtra por su entramado de calles estrechas para luego descender al paisaje de dehesas que se pierde en el horizonte, donde el cerdo ibérico –y el rico jamón- sirven más para hermanar que para distanciar a las dos naciones. 

Descubrir Olivenza supone subir a la Torre del Homenaje para admirar las vistas que se vierten sobre el inmaculado caserío, los restos que quedan de su muralla y las Puertas Reales. También para divisar desde aquí, ya al fondo, entre campos infinitos de olivos, encinas y alcornoques, las ruinas del Puente de Ajuda sobre el río-frontera, que ejerce hoy de agradable merendero donde solazarse con la naturaleza.

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Después, a pie, habrá que discurrir entre Iglesias como Santa María del Castillo, conventos como el de los Franciscanos o las Clarisas y otros muchos monumentos de interés como el Palacio de los Duques de Cadaval, el Cuartel de Caballería o los numerosos baluartes de los tiempos en que Portugal luchó para independizarse de la corona española a mediados del siglo XVII. 

Ayuntamiento de Olivenza

Quedan entonces las pequeñas cosas que son pura fusión de las dos influencias. Las fiestas que alegran en alma oliventina con el Entrudu (o carnaval) y la renombrada temporada taurina. También la artesanía (bordados, cerámica, azulejos con óxido de cobalto…) que sale al paso en cualquier esquina. Y la gastronomía, un híbrido extremeño-alentejano que tiene su postre estrella en la técula mécula, el dulce con nombre de pócima que es todo un pecado goloso.