Una escapada al pueblo más bonito del mundo... según Dalí

Paseamos por la villa marinera de Cadaqués, más allá de la huella del pintor universal

Noelia Ferreiro
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Foto: Héctor Rivas

“Mi paraíso místico comienza en los llanos del Ampurdán y encuentra su plenitud en la bahía de Cadaqués”. Lo dijo Dalí, aún sin su dosis de extravagancia, a propósito del que fuera para él “el pueblo más bonito del mundo”. El lugar donde ya de niño encontró la inspiración y en el que fue esculpiendo una manera de entender la vida a golpe de libertad y rebeldía.

Emplazado en el punto más oriental de la península (“soy el primer español en ver el sol cada mañana”, solía decir también Dalí), Cadaqués debe a su aislamiento, a su semejanza a una isla, la conservación intacta de su esencia. Porque no solo una treintena de endiabladas curvas lo separan del resto del planeta sino que además, como decía Josep Pla, “su única puerta fue el mar”. “Por el mar le llegó todo: las penas y las glorias, los lamentos y la buena vida”, escribió el referente de la literatura catalana.

Así pudo mantenerse tal y como siempre fue: un pequeño pueblo de pescadores al que se ha ido dando, con el tiempo, un barniz artístico y bohemio. Ni siquiera la llegada del turismo logró trastocar su imagen apacible como de legendaria lejanía.

Esencia pura

Cadaqués, que a duras penas logró resistirse a la construcción masiva, sigue siendo un cuadro en azul y blanco reflejado en el Mediterráneo. Un entramado de casas impecables que podría recordar a Ibiza o a Andalucía… o a nada, realmente, porque esta población abigarrada y luminosa es única en su especie.

Cadaqués | xavierarnau / ISTOCK

Siguiendo las palabras de Pla, a Cadaqués hay que llegar por mar. Para eso hay empresas como Restless Spirit, que hacen el trayecto desde Rosas a bordo de románticos veleros que navegan con el azote de la Tramontana. Así aparece la villa de pronto, como un regalo inesperado, encajada entre las montañas del horizonte y el maremágnum de coloridas barquitas que se contonean en la orilla. Es esta imagen, con la iglesia de Santa María elevada sobre la blancura del pueblo y las mujeres que avanzan por el puerto con cántaros sobre sus cabezas, la que retrató Dalí en numerosas ocasiones.

Porque Cadaqués es inevitablemente Dalí. Imposible disociar la vida y obra del artista de este rincón de la Costa Brava. Imposible avanzar un solo paso sin que asalte su recuerdo. Por si fuera poco, además de una escultura en el paseo marítimo, existe un circuito con el que seguir sus cuadros en paneles informativos.

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Intelectuales y artistas

Aquí fue donde el genio pasó los veranos de su infancia en esa casa familiar en cuya ventana retrató a su hermana Ana María en otra de sus obras fundamentales. También aquí fue donde recibió a sus amigos Lorca y Buñuel. Y donde conoció a Gala y quedó fascinado por ella. Y donde finalmente protagonizó la dolorosa ruptura con sus padres porque no entendían el surrealismo.

Cadaqués | Proformabooks / ISTOCK

Pero más allá de Dalí, numerosos intelectuales sucumbieron a los encantos de Cadaqués. Basta pasear por la primera línea del mar para toparse con sus huellas. Aquí está el Bar Meliton, donde el propio artista se reunía con Marcel Duchamp para jugar al ajedrez. Y el emblemático Casino, punto de reunión y de tertulia, en cuyo historial figuran clientes como Santiago Rusiñol, Pau Casals, Max Ernst o Eugenio D’Ors.

Laberinto empinado

Celebridades aparte, hay mucho por descubrir en este pueblo, donde hasta el pavimento rinde homenaje al mar, formado como está con piedras de la orilla. Es la manera de absorber el agua en las callejuelas que trazan el centro histórico, un laberinto de empinadas cuestas que obligan a ejercitar las piernas del viajero.

Cadaqués con la Iglesia de Santa María de fondo | Diabluses / ISTOCK

Hay que dejarse llevar sin rumbo al paso de las innumerables galerías de arte (es el poso que ha dejado la bohemia) y las pequeñas tiendas de ropa donde no faltan las espardeñas y las típicas cestas de mimbre. Y para coger fuerzas, nada como probar los taps dolços en la Pastisseria Can Cabrisas: unos dulces con forma de tapón de cava semejantes a los bizcochos esponjosos.

Calles de Cadaqués | nito100 / ISTOCK

Después, cuando llegue la hora de sentarse a la mesa, habrá mucho donde elegir. Porque a Cadaqués también se viene a comer muy bien, ya sea en un restaurante de toda la vida como es Es Baluard, en plena bahía; o un templo de la alta gastronomía como es el aclamado Compartir, en un patio mediterráneo. Aquí la cocina de Mateu Casañas, OriolCastro y Eduard Xatruch, formados en la cantera de El Bulli, transforma el concepto del pica-pica para brindar platos que se comparten con base tradicional pero marcado estilo vanguardista. El resultado son delicias tales como las sardinas marinadas con mouse de remolacha y el praliné de pistacho o magret de pato de l’empordà con manzana al vino tinto, por poner algunos ejemplos.

Refugio mediterráneo

Así, con el estómago lleno, se llega a la iglesia de Santa María, en el punto más alto. Es el mirador perfecto para apreciar la panorámica de la villa, con los tejados desparramándose hacia el mar y, al fondo, el peñasco del Cucurucuc que tantas veces plasmó Dalí en sus cuadros sobre Cadaqués.

Peñasco del Cucurucuc | imv / ISTOCK

Con Dalí, siempre con Dalí, se empieza y se termina la visita. Porque aún queda el paseo de dos kilómetros a la cala de Portlligat, en la que se instaló con Gala en una barraca de pescadores. Fue el germen de lo que hoy es su casa-museo, donde su universo surrealista alcanza su máxima expresión. Huevos que coronan la fachada, un oso disecado que da la bienvenida, una piscina con forma fálica, sofás que son labios ardientes…

Cala de Portlligat | curtoicurto / ISTOCK

Allí donde descansan las excentricidades que hicieron de él un personaje único, está su refugio mediterráneo, en el que residió desde 1930 hasta la muerte de su esposa en 1982. Ya lo dijo en cierta ocasión: “Soy inseparable de este cielo, de este mar y de estas rocas. Estoy ligado para siempre a Portlligat”.