Praga con los cinco sentidos

Es un tópico arriesgado decir que Praga es la ciudad más bonita de Europa, pero ¿y si fuese cierto? Ciudad de tres pueblos —checos, alemanes y judíos—, es un vivero de fantasmas, una ciudad embrujada cuyos encantos no dejan de fascinar.

Javier Moro
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Foto: Fabrizio Palombieri / ISTOCK

Visitar Praga era para mí una asignatura pendiente. Cuando era niño oí mucho hablar de la capital de Checoslovaquia, así se llamaba entonces el país. En Madrid, donde vivíamos en los años 70, mi familia había entablado amistad con un matrimonio checo. Eran judíos; él, un hombre de negocios, y ella, una antigua actriz de teatro, culta y excelente repostera. Su especialidad era una tarta de moka hecha sin harina, una exquisitez.

Reloj astronómico del Ayuntamiento de Praga | Mindaugas Dulinskas / ISTOCK

Fue de su boca que oí hablar por primera vez de las maravillas de la capital mágica de Europa. A mi hermano y a mí nos invitó varias veces pero nunca pudimos ir. Un día nos enseñó el número que llevaba tatuado en el antebrazo y así supimos que era una superviviente de Ravensbrück, el campo de concentración nazi. En aquel entonces, mis padres se habían hecho amigos de otro matrimonio que vivía cerca, belgas ambos. Todos los años mi madre celebraba su cumpleaños invitando a una copa en casa. Aquellos dos matrimonios instalados en Madrid no fallaban nunca a esa cita anual.

Les gustaba hablar en francés entre ellos, se reían y lo pasaban bien. Además, nos relamíamos todos con la tarta de moka que puntualmente traía nuestra amiga checa. Un día nos enteramos de que el señor belga había sido el jefe de las SS en Bélgica durante la guerra, que había sido juzgado in absentia y condenado a cadena perpetua. Ahora vivía refugiado en Madrid. Nuestra amiga checa acabó enterándose también, pero no por ello dejó de acudir a la fiesta de cumpleaños de mi madre. Así era el Madrid de la época, donde verdugos y víctimas de la guerra se codeaban y hasta se toleraban, aunque solo fuese lo que tardaban en degustar un trozo de tarta de moka.

Casa Danzante, del arquitecto Vlado Milunic | Vladislav Zolotov / ISTOCK

En Praga reinaba entonces el comunismo. Nos decía esta señora checa que la ciudad era oscura por lo negro de las fachadas y muchos edificios necesitaban rehabilitación. La grisura evocaba una miseria socialista muy típica de los países del este. Era normal que la gente no respondiese a un turista pidiendo ayuda en la calle, no por descortesía sino por miedo a ser sometido a un interrogatorio por esbirros de la Seguridad del Estado, siempre vigilante. La ciudad olía a cerveza, a humo de locomotora y a ciénaga fluvial.

La ciudad que lee y escucha

Ahora, bendecida por los fondos europeos desde que el país se integró en la UE, está reluciente, los edificios han sido limpiados y han recuperado los colores de antaño; el turismo ha aportado un maná que las autoridades han sabido emplear en conservar la urbe. Es cierto que la avalancha de viajeros, allá donde se produce, tiende a convertir las ciudades en parques temáticos, y ese peligro planea sobre Praga que al ganar en pulcritud quizás haya perdido en carácter. Para mí, la suerte ha sido visitarla en tiempos de covid. Las pandemias, a veces, tienen esas paradojas: ¿es el mejor de los tiempos para viajar, o el peor? Pues depende.

Interior de la Sinagoga Española | Sergio Delle Vedove / ISTOCK

En este caso, ha sido el mejor porque me he encontrado una Praga auténtica, escasa de visitantes, donde no era necesario dar codazos para cruzar el puente de Carlos, o sea, todo un lujo. Una ciudad que a pesar de todo ha mantenido su intenso calendario de ferias, mercadillos, conciertos, exposiciones, un sinfín de actividades que le dan ese aire de festival perpetuo. Además, me tocó asistir a la Feria del Libro y conocer así a mis lectores checos, lo que ha sido muy gratificante. En Chequia la gente lee bastante, y asiste a las presentaciones de libros con genuino interés. Y escucha música, en salas de concierto, en iglesias, en hoteles y en la calle.

Si algo me atrevo a recomendar, es el festival de música de primavera, que tiene lugar durante tres semanas en mayo y que atrae a orquestas del mundo entero, no solo de música clásica, sino también de jazz, de música moderna, coros y vocalistas. En este último viaje, asistimos mi mujer y yo a un concierto de órgano en la bellísima iglesia de San Wenceslao, decorada con cuadros y piedras semipreciosas, y pasamos una hora fuera del tiempo, casi en trance, a punto de contagiarnos del mal de Stendhal, esa dolencia que describió el autor francés en sus viajes por Italia, provocada por una melancolía ante el exceso de belleza. En Praga, este mal acecha a los visitantes muy por delante del covid.

Lápidas en el cementerio judío de Praga | mofles / ISTOCK

Once siglos de historia

Porque la belleza está en cada esquina, en los jardines escondidos, en las plazoletas, en los templos barrocos, en las iglesias románicas, en su catedral gótica, en sus palacios renacentistas, en sus edificios modernistas y hasta cubistas. La belleza la conforma una combinación única de estilos arquitectónicos que hablan de once siglos de historia. Dirigidos por Jitka, una guía local enamorada de su ciudad y conocedora de todos sus secretos, descubrimos lo moderno también, como la estatua móvil de David Cerny hecha de láminas de acero.

Representa a Franz Kafka, nacido justo al lado, un personaje irremediablemente unido a Praga. Fuimos a visitar la casa donde nació, sus distintas residencias, la oficina donde trabajó una época, el museo Kafka, el café Kafka, vimos las numerosas estatuas que le representan, su tumba… “La mirada no se adueña de las imágenes, son ellas las que se adueñan de la mirada. Inundan la conciencia”, escribió, y esto se puede aplicar a la ciudad que lo vio nacer.

Casa de kafka, en el número 22 del Callejón del Oro | kb79 / ISTOCK

La belleza está también en su geografía. Praga ocupa un emplazamiento privilegiado a orillas del río Vltava [Moldava], donde transitan barcazas y piraguas. Hay cisnes en los meandros que corretean tras las migajas de pan que les lanzan los niños. En lo alto de la colina, dominando el paisaje, se alza la impresionante ciudadela del Castillo, a su vez integrada por antiguos palacios, fortificaciones, jardines y rincones tan pintorescos como el callejón dorado, en cuya casa número 22 Kafka, en 1917, se enfrascó en la escritura de una novela.   

Praga es toda ella una enorme referencia histórica, una ciudad medieval en pleno siglo XXI, cuya energía me recuerda la frase de Lorca: “Nada es tan vivo como un recuerdo”. Un consejo: llevar el calzado más cómodo posible, porque Praga hay que pasearla. Y la mayoría de las calles del centro están cubiertas de gruesos adoquines, lo que ejercita músculos que uno no sabe ni que tiene.

Restaurante en el río Moldova | spinout / ISTOCK

Sorpresas encadenadas

Las numerosas oficinas de turismo facilitan al visitante todo tipo de recorridos, y todos valen la pena, pero recomendaría comenzar por el parque de Letna, con sus jardines llenos de paisajes románticos y sus vistas especulares de la ciudad, lo que permite orientarse para luego bajar hacia el río, hacia el centro. A mí me gusta pasear sin meta y dejar que la ciudad me sorprenda. En Praga las sorpresas se van encadenando como un rosario de descubrimientos: aquí un restaurante, el Bockem por ejemplo, que ofrece los mejores huevos benedictinos que he tomado jamás; allá, los jardines de Wallenstein con sus macizos de flores y sus hileras de setos perfectamente tallados; luego, la torre del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, que alberga un reloj astronómico de mas de 10 siglos de antigüedad que sigue puntuando las horas; luego, una cervecería que permite degustar suculentas pilsen de las 35 fábricas que existen en Praga; sin olvidar el Beer Spa, un spa para bañarse en cerveza y cuidarse la piel.

Denis Olsen / ISTOCK

Cuando acecha el hambre, la oferta es variada, desde el Gran Café de Oriente, con su decorado que evoca el siglo pasado, o el restaurante de la Casa Municipal de estilo art déco, que sirve deliciosa comida internacional; o el famoso Kantyna, templo de la carne, instalado en un antiguo banco y logia masónica, un favorito de los lugareños: goulash de buey, pato al horno, codillo, albóndigas rellenas de frutas, la comida checa es sabrosa y especiada.

Es calórica también porque ayuda a luchar contra el frío. Sobre todo no dejen de probar la repostería local. Una tarde entramos en la pastelería Mysak, un clásico de la ciudad, y allí viví mi momento ‘magdalena de Proust’, cuando descubrí la tarta de moka que hacía nuestra amiga checa de Madrid. Qué subidón. Tan esponjosa, tan ligera, tan sabrosa. Cerré los ojos y regresé al pasado de mi infancia, con la intensidad que solo los sabores y los olores consiguen provocar. Es tan literaria esta ciudad.

KavalenkavaVolha / ISTOCK

Y recordando a la amiga de mis padres, fui a visitar el barrio judío, en honor a su memoria. Los judíos del gueto debían llevar un sombrero de copa alta amarillo cada vez que querían salir del barrio a comerciar. Hablaban yiddish, un idioma viejo de diez mil años, mezcla de hebreo, alemán, francés y ruso. Hoy lo que queda del barrio está poblado por apenas doscientas familias, supervivientes del holocausto, que se dedican a preservar la herencia del judaísmo. De las 37 sinagogas originales sobreviven seis, una de ellas fundada por los judíos expulsados de España en 1492, y que se conoce como Sinagoga Española. 

El cementerio judío más antiguo de Europa

Es magnífica su arquitectura de estilo morisco, su colección de piezas de plata, oro y bronce y la exposición permanente dedicada a los judíos de Bohemia y Moravia que permite conocer el pasado del judaísmo en la antigua Checoslovaquia, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuántas familias fueron deportadas? ¿Cuántas hijas de Praga acabaron con el brazo tatuado, como la amiga de mis padres? ¿Cuántas tartas de moka dejaron de hacerse por la barbarie nazi?

Es sobrecogedor el cementerio judío, el más antiguo de Europa (se remonta a 1439), un lugar apartado, engarzado entre los muros del Museo Judío, en una burbuja que parece estar fuera de la ciudad. Iluminadas por unos tímidos rayos de sol que se abren camino entre el follaje de los árboles, doce mil tumbas emergen de la tierra, chocan entre sí y se entremezclan en un decorado digno de una película de Tim Burton. Cuánta humanidad bajo esa tierra, cuántas historias desde hace cinco siglos… En este barrio conmueve la poderosa evocación de la piedra vieja, estos lugares atravesados por los siglos y donde sobrevivió una población perseguida y estigmatizada.

Tranvía del distrito de Malá Strana, la Ciudad Pequeña de Praga | acmanley / ISTOCK

Hoy es un barrio rico, con la calle Parizska convertida en arteria que acoge las tiendas de marcas de lujo. Pero no se sale indemne de una visita a este barrio, permanecen en el recuerdo las imágenes, los recuerdos, las sombras que encarnan dos mil años de historia de Europa. 

¿Cómo se sobrevive a la belleza de Praga?, me pregunté al salir de otro concierto, con una punta de angustia, deslumbrado por la plaza medieval que se abría ante mis ojos. “¿Cómo, después de toda esta maravilla, enfilar la terrible avenida de América que se adentra en Madrid?”. Entendí bien las palabras de Kafka, que escribió en 1902: “Praga no nos dejará marchar, ni al uno ni al otro. Esta madrecita tiene sus garras”. Praga siempre tuvo fama de seductora y —ojo— es capaz de transformar a los imprudentes que se aventuran entre sus muros.