Poznan, la cuna de la nación

Estar ubicada en un cruce de caminos tiene numerosas ventajas: las mercancías y el dinero fluyen. También tiene algunos inconvenientes: se cruzan los intereses, las ambiciones, las espadas y, si llega el caso, las bombas. La ciudad de Poznan quedó completamente destruida después del año 1945 tras los duros combates por su liberación durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso es ahora la urbe más verde de Polonia: el 25 por ciento de su catastro son parques y jardines, o memoriales de guerra, heridas que nunca han sido restañadas completamente.

La capital de Wielkopolska ("Polonia grande") tiene apenas 570.000 vecinos, y uno de cada cinco estudia en la Universidad (la tercera del país). Es decir, que Poznan da la imagen de ciudad animada y joven, atacada por una envidiable fiebre cultural. Y social: no hay que olvidar que el movimiento Solidaridad empezó aquí y en Gdansk al mismo tiempo. A pesar de lo cual, uno tiene la sensación de estar en la Polonia más profunda, y más discreta: la mayor parte de los tesoros están en sitios cerrados, no al aire libre.

En Poznan nació Polonia. Había, desde luego, una población muy antigua a orillas del río Warta. Pero fue hacia el año 1000 cuando el jefe Mieszko se convirtió al cristianismo y junto con su hijo Boleslao se apropió de territorios como Silesia, inaugurando la dinastía Piast y dando origen a la nación polaca. Los dos están enterrados en la catedral que se alza en Ostrow Tumski, una isla en todos los sentidos. Una especie de oasis empíreo por donde es más fácil toparse con una sotana que con una bicicleta. El centro cívico, el corazón de la ciudad, queda algo alejado de esa isla, y es el Rynek o Plaza Mayor. Poznan es la tercera ciudad más grande de Polonia (tras Cracovia y Wroclaw) y para el que suscribe, la más bonita de todas, o por lo menos la más sugerente. Todavía se respira en ella un cierto aire de inocencia.

Como ocurre en las otras plazas polacas , tiene plantado en medio el edificio del Ayuntamiento (Ratusz), que poco tiene que ver con lo que le arropa: es un Ayuntamiento de muñecas, en estilo italiano, una fantasía de ley que para sí quisiera Disneyworld. Construido en el siglo XIII bajo la supervisión del arquitecto Giovanni Batista Quadro, la gente no se fija demasiado en sus murales y perifollos, ni en los fastos de sus tripas (ahora convertidas en un museo); sólo mira al imponente reloj, donde un par de cabritas se topan cada vez que dan las doce.

Los escorzos que se obtienen desde la plaza parecen verdaderos decorados teatrales. El más resultón, escenográficamente, es el de los Jesuitas, un complejo apabullante de edificios que incluye una iglesia barroca que constituye una pura tramoya sacra. Imposible sacar más partido a materiales baratos. Y no es la única. La iglesia de San Antonio (situada entre la plaza y el castillo) y alguna otra parecen una explosión de pietismo dulzón, algo de esa "delicuescencia de confesionario" de que hablaba José Saramago.

La ciudad polaca de Poznan no se ve desde luego en media mañana. Los operadores turísticos ya se han dado cuenta y empiezan a darle bastante cancha. Pero, más que sus variados museos o monumentos, lo que seduce de Poznan es su pulso, su frenética actividad cultural, su vitalidad, su creatividad sin límites. Una antigua fábrica de cervezas se ha transformado ahora en un deslumbrante centro comercial y de ocio en la calle principal (con firmas españolas incluidas). En los bajos del Palacio Imperial (un capricho neorománico del káiser Guillermo) funciona el mejor de los muchos clubs de jazz de la urbe. Y enfrente, la Feria Internacional es desde hace años la más rutilante tarjeta de visita de la ciudad. En Poznan, la capital de Wielkopolska, está la casa-museo de Sienkiewicz, Premio Nobel de Literatura y célebre autor de "Quo vadis". En la imagen, centro comercial Stary Broward. Abajo, su Plaza Mayor, la tercera más grande del país. V