Pousadas del Alentejo

Como nuestros Paradores, la mayoría de las Pousadas aprovechan castillos y palacios en los que se escribió la historia de Portugal, aunque algunas ocupan edificios modernos plantados en entornos excepcionales. El Alentejo atesora más de una docena de Pousadas con personalidad propia que le ponen difícil al viajero la tarea de decidirse por una de ellas.

Elena del Amo

Aunque las Pousadas más despampanantes ocupan edificios históricos, no todas lo son. Algunas, de nueva planta, se eligieron por su ubicación en plena naturaleza. Es el caso de la de Santa Clara-a-Velha, un luminoso edificio en una serranía a caballo entre el Alentejo y el Algarve que, aislado entre montes, se asoma a un embalse en el que practicar infinidad de deportes náuticos. También pertenecen a las Pousadas de naturaleza la de Santiago do Cacém, en una finca alentejana a tiro de piedra de las playas de la Costa Vicentina, y la de Sousel, alzada en una colina entre olivares y una de las favoritas de los amantes de la caza.

En Marvão aguarda una de las dos Pousadas de charme o con encanto del Alentejo: la de Santa María, que ocupa dos casitas de este precioso caserío medieval que se eleva sobre los campos como un nido de águilas en lo alto de un cerro de granito y, en Elvas, la de Santa Luzia, que más que por su arquitectura destaca por la cocina de su restaurante, en el que, como ocurre en todas las Pousadas, se despachan los platos más señeros.

Y, ya sí, las Pousadas históricas. Sobrias, como la de Beja, en un antiguo convento franciscano en el corazón de la ciudad, o mucho más espléndidas, como la de Vila Viçosa, en el antiguo Real Convento das Chagas de Cristo, y la de Évora, donde hasta las celdas de los monjes del Convento dos Loios que la ocuparon antaño han sido remozadas con ingenio para hospedar a los que peregrinan hoy hasta esta ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad. Y para quienes siempre soñaron con hacer noche en un castillo, la de Alvito, edificada como Pousada real a finales del siglo XV en medio de un jardín de naranjos en el que todavía se conserva una antigua noria, y la aún más monumental de Estremoz, el antiguo palacio que el rey Dom Diniz construyó para su esposa, la reina-santa Isabel, desde cuyas alturas sus huéspedes disfrutan de unas vistas memorables de esta villa y, también, quienes no se alojan en ella, que no se resignan a perdérselas y se hacen con una mesa para comer o tomar un café en los claustros abovedados del castillo o en su terraza.

Pero la remodelación de edificios con solera ha dado un paso más allá en Portugal, gracias a lo cual es posible alojarse en las Pousadas históricas de diseño, en la que se ha echado mano de conocidos arquitectos para transformar estos monumentos en hoteles absolutamente únicos. Si la de Alcácer do Sal, en un castillo que domina el pueblo y los márgenes del río Sado, ya es toda una sorpresa por su luminosidad y el uso atrevido del color, la de Arraiolos marida con increíble acierto los claustros abovedados y los altos muros encalados, los azulejos de su preciosa capilla y las tallas y arcones del convento que fue en el XVI, con el acero, el vidrio y las maderas claras en esta audaz Pousada cuya terraza se vuelca como la proa de un barco sobre los campos de olivos que la cercan por completo, con, al fondo, las murallas que abrazan el caserío de Arraiolos, dominado, cómo no, por un castillo. Salir de este sosegado escondite sería un pecado, si no fuera porque todavía aguarda la más embrujadora: la Pousada da Flor da Rosa, en Crato, que engloba un castillo, un convento y un palacio ducal. El arquitecto João Luis Carrilho da Graça se las ingenió para aliñar con sedas salvajes y una decoración de diseño los elementos góticos, renacentistas, manuelinos y mudéjares que engalanan esta delicia que no ha perdido un ápice del halo místico que debió envolverla cuando los combatientes y al tiempo monjes de la Orden de Malta conspiraban por sus recovecos.