Porto Santo, la isla hermana con nueve kilómetros de playa

Nada extraña en el paisaje de Porto Santo siendo conocedores de su origen volcánico. Otra cosa es que uno no se deje maravillar por la rotundidad de los riscos, que un día emergieron afilados y decidieron instalarse frente a la costa, o por las orillas de las porosas rocas que antes fueron lava incandescente y que ahora parecen diluirse ola tras ola. La isla es pequeña: poco más de cien kilómetros cuadrados. En apenas un rato se puede dar la vuelta entera. No hay mucho terreno por el que pelear, pues la mayor parte es tierra árida. Algunos promotores inmobiliarios ya han visto el potencial de su suelo y empiezan a levantar urbanizaciones casi a pie de una playa con nueve kilómetros de dorada y fina arena. Aunque para ello, la compañía aérea que conecta Funchal con la isla deberá ampliar el número de vuelos. Por ahora es suficiente con un par de idas y otras tantas venidas. Sólo se desplazan hasta Porto Santo los que trabajan en uno o en otro negocio. A saber: el uno es el del urbanismo; el otro, el del turismo. También se puede hacer el viaje hasta la isla en un ferry que en ocasiones organiza fiestas durante la noche. Alemanes e ingleses constituyen el grueso del turismo en Madeira. También en Porto Santo, aunque se les suman los portugueses, buenos conocedores de los encantos de su extensa playa. La mejor época, sin lugar a dudas, es la primavera. Es entonces cuando realmente supone un privilegio poner el pie en esta larga playa, que merece horas de paseo, miles de castillos de arena y centenares de baños en las claras -aunque un tanto frescas- aguas atlánticas. Un pequeño campo de golf inaugurado hace unos años por el golfista español Severiano Ballesteros reclama la atención de todos los amantes de este deporte casi a pie de playa.