Por el reino de los cielos

La exitosa película, dirigida por el afamado Ridley Scott, ha hecho que el castillo de Loarre sea mucho más conocido en todo el mundo. Está en el borde de una antigua frontera entre moros y cristianos, una comarca llamada La Hoya de Huesca que vive en sus fiestas de agosto y en la noche de San Lorenzo un sueño de estrellas fugaces

Carlos Pascual

La manera mejor de explorar la Hoya de Huesca es empezar precisamente ahí, en la capital. Porque es el trampolín para muchas rutas (incluidas excursiones pirenaicas); una de las iniciativas más simpáticas del Patronato de Turismo es un autobús de 1913 (el vehículo nº 48 que se matriculaba allí) que realiza una docena de recorridos cortos por La Hoya (www.huescaturismo.com).

Lo más aconsejable es empezar en el Museo Arqueológico, antigua universidad, donde están englobados restos de palacios reales. Allí se tendrá noticia de la Olscan o Bolskan ibera, que luego se convirtió en la Osca romana; el astuto Quinto Sertorio propuso a los jefes locales, a cambio de mantener las paces, educar a sus retoños en una escuela como Júpiter manda (una manera sutil de tenerlos de rehenes), de ahí el título de "universidad sertoriana" para la de Huesca (que funcionó entre 1354 y 1845). Los árabes se volcaron con la Wasqa de sus amores: había que mostrar al enemigo ultramontano la grandeza de Alá.

De la zuda o palacio muslime tan sólo queda un torreón octogonal. El enemigo ultramontano, o sea, los cristianos, le tenían echado el ojo a aquella preciosidad de plaza, así que decidieron construir el castillo de Montearagón, que se puede ver desde la puerta del museo-palacio. Desde dicho castillo acometieron la conquista. Conseguida la cual levantaron sobre la zuda su propio palacio.

Lo que de él queda está embutido en el museo: una preciosa estancia románica (de doña Petronila) y el Salón del Trono, que da acceso a un sombrío semisótano: allí resonó la célebre campana de Huesca; Ramiro El Monje hizo entrar uno a uno a los cabecillas que conspiraban contra él, con la excusa de mostrarles una campana cuyo tañido escucharía el reino entero, y les segó la cabeza.

La sala está reproducida fielmente en un cuadro monumental que pintó en Roma, en 1880, Casado del Alisal, y que el Museo del Prado tiene cedido al Ayuntamiento, en cuya Sala de la Justicia se exhibe. El Ayuntamiento renacentista, el Colegio de Santiago, pegado a él, o la catedral gótica, que está enfrente (con un soberbio retablo de alabastro de Damián Forment), son parte de la herencia cristiana.

También lo es, y más antigua, la iglesia de San Pedro el Mayor, con restos de pinturas murales y un claustro románico; en una estancia abierta al mismo se encuentra el panteón de los reyes de Aragón (de los primeros: luego se irían con sus huesos Poblet); el sepulcro de Ramiro El Monje es un sarcófago romano, tardío, torpe.

Camino de Loarre, sería pecado no parar en Bolea; aunque el pueblo no prometa gran cosa (aparte de sus cerezas, únicas), el interior de su colegiata es de los que cortan el aliento: un magnífico estuche gótico de arte sacro, con piezas como un retablo de alabastro de Forment y, sobre todo, un retablo mayor pintado al temple que funde lo flamenco con los aires italianos.

El castillo de Loarre queda a un paso. Fascina desde cualquier ángulo que se mire. Enrocado en unos riscos, que aprovecha como zócalo, fue construido por los cristianos para lanzar desde esa guarida la conquista de las feraces llanuras sarracenas. En la película de Scott aparece fugazmente, al principio y al final, y no se aprecia bien el cinturón de murallas con dos puertas que ciñe (caso insólito) a la fortaleza propiamente dicha.

Es tal vez el mejor castillo románico de Europa. Al principio, Sancho El Mayor construyó torpemente la torre del homenaje, la Sala de la Reina y una capilla (siglo XI); una vez conseguida la conquista, Sancho Ramírez adosa, entre otras cosas, ese portento que es la iglesia de San Pedro, con una cúpula tan atrevida como ignota en la sintaxis románica.

A poniente de Loarre siguen apareciendo sorpresas monumentales: sólo que ahora los monumentos son naturales. Entramos en el reino de los mallos. Formaciones que el agua y la erosión han modelado a lo largo de millones de años. Los mallos de Riglos son la estampa más célebre, verdadera tarjeta de visita (junto con Ordesa) del patrimonio natural aragonés.

Esos escarpes caprichosos, de más de 300 metros (tan altos como la Torre Eiffel), no sólo seducen a los estetas; son un must para escaladores (supone un nivel 8-C) y un paraíso para los buitres (más de 2.000) y otras rapaces, atraídas por el festín que suponen los reptiles que aprovechan incautos ese radiador.

Tras dejar a un lado Murillo de Gállego y su altiva iglesia románica (ver recuadro) y el pueblo de Ayerbe, donde pasó su infancia Ramón y Cajal (la casa paterna es un lieu de memoire), se llega a Agüero, agazapado bajo otros mallos no menos pintorescos que los de Riglos. Hay otros mallos y también otras sorpresas en pocos kilómetros a la redonda: ni antes ni ahora La Hoya de Huesca se deja conquistar así como así.