Polonia en clave natural: el país de los paisajes de cuento

¿Sabías que esconde un bonito catálogo de bosques, ríos, lagos y montañas?

Noelia Ferreiro
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De su convulsa historia queda un legado de majestuosos castillos, palacios medievales y cicatrices de guerra ya cerradas. De sus vibrantes ciudades, bellos entramados donde rendirse a su gastronomía y su agitada vida cultural. Pero en Polonia también la naturaleza se hace hueco con un generoso catálogo de bosques, ríos, lagos y montañas. Un paisaje único se esconde en este país, uno de los más verdes de Europa. Aunque Polonia no emergió como destino natural hasta la caída del comunismo, son muchas las posibilidades que brinda a los amantes del aire libre. Puede que las variadas rutas de sus 23 parques nacionales sean su máxima expresión, pero allí donde uno se mueva el marco siempre será el campo omnipresente.

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En total son 2.000 kilómetros de senderos los que atraviesan sus espacios protegidos, todos bien señalizados y la mayoría de las veces, también equipados con refugios. Otro tema, claro, son las condiciones meteorológicas, impredecibles en las montañas. Pero eso es algo que se soluciona con una buena equipación para el frío. Así las caminatas pueden ser desde sólo una hora hasta de semanas enteras. Pero más allá del senderismo, existen decenas de actividades: esquí, ciclismo, escalada, exploración de cuevas…

La magia de los Tratas

No existe en Polonia otro lugar con semejante diversidad paisajística como la que exhiben los Tatras, la cordillera más elevada de los Cárpatos, con cimas que superan los 2000 metros y se yerguen sobre lagos helados. Un universo alpino que conforma la región más salvaje y deshabitada del país. Tal vez por ello sus moradores han conseguido preservar su modo de vida tradicional, ocultos entre bosques con cierto aire de cuento. Los Tatras, que se emplazan a unas dos horas por carretera desde Cracovia, propician múltiples excursiones en sus 300 kilómetros de caminos. La vegetación va cambiando a cada paso, mientras asalta, si hay suerte, la fauna del lugar: ciervos, corzos, marmotas, rebecos… y más esquivo, el oso pardo, del que apenas quedan ejemplares.

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Un pie aquí y otro allá

En este lugar existen tantas rutas que la elección es difícil. Para los menos expertos, tal vez la parte occidental resulte más apropiada, con sus montes bajos y suaves y sus caminos más seguros. Es el reino de los densos bosques, ideales para disfrutar en familia de una merienda campestre. Desde las alturas de los Tatras, las nubes, de vez en cuando, permiten vistas fantásticas. Otras lo cubren todo, aunque nunca empañan esa magnética sensación de encontrarse en un lugar único. Hay tramos en los que se puede tener a la vez un pie en Polonia y otro en Eslovaquia. 

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Gigantes del sur

Otra cordillera polaca también se lleva la palma entre los paisajes más deslumbrantes del Viejo Continente. Nos referimos a los Sudestes, la cadena montañosa que se extiende en paralelo a la frontera checa. Aquí se oculta un rincón fascinante: los Montes Stolowe o Montes Mesa, que son fantásticas formaciones rocosas cortadas por desfiladeros y barrancos. Hay quien dice que se trata de gigantes que se cuelan entre intrincados bosques de abetos y hayas. Una senda, a veces muy estrecha, discurre entre las piedras de los Stolowe, moldeadas a capricho por el agua y el viento. Algunas alcanzan hasta doce metros de altura; otras se unen en sus extremos trazando psicodélicas bóvedas. El resultado es un laberinto de pasadizos con cierto aire fantasmagórico.

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Tradiciones ancestrales

También el sur del país regala estampas como la del Castillo de Niedzica, levantado a orillas del río Dunajec junto a la cadena montañosa conocida como Los Pieniny. Más allá de su curiosa leyenda (la de que esconde un tesoro de los incas depositado por un descendiente de Tupac Amaru), su panorámica, simplemente, resulta espectacular. Entre tanta naturaleza, no hay que perderse unas poblaciones montañesas que destilan autenticidad. Su aislamiento ha servido para conservar las tradiciones en su estado más genuino. Como la de hacer queso artesanal en cabañas desperdigadas en la inmensidad de los bosques. Es, en definitiva, una cultura arraigada con la mejor esencia de Polonia. 

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